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La energía alternativa tiene el poder

Los combustibles fósiles cuentan con la ventaja de que el actual sistema de energía gira en torno a ellos, pero el clima reclama

Alguna vez dejaremos de usar combustibles fósiles? La pregunta importa porque los combustibles fósiles son los principales responsables del cambio climático. Si bien encontrar mejores formas de producir cemento, de combatir la deforestación, o hasta de reducir las flatulencias de las vacas y ovejas sería muy bienvenido, nuestra única esperanza de reducir drásticamente las emanaciones de gas de efecto invernadero está puesta en descubrir métodos de generación de energía más limpios.
No será fácil. El carbón, el gas y el petróleo son preciosas fuentes de energía concentradas, que sintetizan en forma eficiente eones de radiación solar. El fallecido profesor David MacKay, autor del notable Sustainable Energy -Without the Hot Air (2008) (Energía sustentable -sin cháchara), subrayaba esa verdad con la dedicatoria de su libro a "aquellos que no tendrán el beneficio de las reservas de energía acumuladas por dos mil millones de años". La naturaleza concentrada de los combustibles fósiles hace que las fuentes de energía alternativa compitan contra una formidable ventaja; la ventaja de que todo nuestro actual sistema de energía gira en torno al combustible fósil.
Pese a todo eso, hay dos escenarios evidentes en los que se podrían reemplazar los combustibles fósiles por fuentes de energía alternativas por razones meramente comerciales. El primero es triste: empezamos por agotar los combustibles fósiles y se encarecen mucho como para usarlos como fuente de energía a gran escala. El segundo -más benigno-, que las fuentes de energía alternativas se abaratan tanto que son más competitivas que el carbón, el gas y el petróleo a casi cualquier precio. Tal como comentó una vez el ex ministro de Petróleo saudita Sheikh Yamani, la Edad de Piedra no llegó a su fin porque se agotaron las piedras.
El escenario triste es improbable, porque es poco probable que se agoten los combustibles fósiles en el corto plazo. Según BP Statistical Review of World Energy, ya usamos todas las reservas de petróleo probadas que existían en 1980, aunque tenemos más que con lo que arrancamos. Las reservas de gas tampoco están cayendo. (Las reservas de carbón sí, pero parten de niveles inmensos). Eso no debería sorprender demasiado: las "reservas probadas" son recursos que han sido identificados, medidos y parece rentables. A medida que las reservas viejas se agotan, se buscan nuevas que las reemplacen y, hasta ahora, hemos tenido pocos problemas para encontrar más combustibles fósiles cada vez que nos lo propusimos.
Otra manera de analizar ésto es observando el comportamiento económico. Si la oferta de petróleo fuera limitada y conocida, ser dueño de un yacimiento petrolífero sería como tener cualquier otra inversión. Los productores tendrían que decidir cuándo exactamente vender sus barriles de petróleo, cuya cantidad es limitada, y el único camino lógico que podría tomar el precio del crudo sería una moderada tendencia alcista, coincidiendo con la tasa de retorno sobre otros activos como las acciones o bonos. (Cualquier otro camino que tomen los precios sería contraproducente: un precio más bajo mañana provocaría una corrida para vender en forma inmediata; un precio mucho más alto mañana implicaría que hoy no se vendió petróleo.) Esta famosa teoría, demostrada por el economista Harold Hotelling en 1931 se contrapone, por supuesto, con el actual comportamiento de los precios del gas y del petróleo: los productores de combustibles fósiles claramente no están tratando al petróleo y al gas como si fueran recursos no renovables.
Pero el escenario más simpático, en el que se abaratan en gran medida las fuentes de energía de bajo carbono, quizás también sea poco probable. A primera vista, las señales son prometedoras. Dinamarca, Alemania y Portugal informaron que en algunos momentos de este año toda su red eléctrica estaba siendo alimentada con fuentes de energía renovables. Y la energía solar fotovoltáica, en particular, bajó abruptamente de precio, mayormente debido a la simple razón de que China ha subsidiado en exceso la producción de paneles, que ahora vienen en kits de fácil instalación.
Pero es demasiado temprano para cantar victoria. Desde el punto de vista comercial, no es suficiente con que las fuentes de energía renovables compitan y les ganen a los combustibles fósiles en términos de precio. El sol y los vientos generan energía cuando el sol brilla y el viento sopla. Los combustibles fósiles ofrecen energía cuando la gente la necesita. Esta es una gran ventaja.
Y porque los combustibles fósiles guardan mucha energía en un pequeño espacio, son ideales para transportar. Los autos eléctricos no son competitivos. Un reciente estudio publicado en el Journal of Economics Perspectives elaborado por los economistas Thomas Covert, Michael Greenstone y Christopher Knittel estima que las actuales pilas de combustible serían sólo más baratas que la nafta a un precio del petróleo de u$s 425 el barril, ocho vez más que los actuales niveles. Las pilas de combustible por supuesto que van a bajar de precio, pero esa cifra da una idea de la escala del desafío.
¿Y la energía nuclear? El economista Lucas W Davis, otra vez en el Journal of Economics Perspectives, concluye que hay pocas posibilidades de un renacimiento nuclear debido a que las estaciones de energía nuclear simplemente son demasiado caras de construir. Para ver un regreso de la tecnología a escala se necesitaría un salto enorme en el precio de los combustibles fósiles, sin mencionar un cambio en los vientos políticos.
En general, hay pocas chances de que se agoten los combustibles fósiles, y es poco probable que las fuentes de energía alternativas los superen. Y sin embargo debemos hacer un giro o nos arriesgamos al catastrófico cambio climático. Nuestras reservas de combustibles fósiles quizás no sean una limitación, pero sí lo es la capacidad de la atmósfera de absorber dióxido de carbono.
Hay cierto optimismo. Las fuentes de energía renovables ya no son excesivamente costosas. Tampoco lo es la energía nuclear, a pesar de que los costos se movieron en la dirección equivocada. No podemos esperar que el mercado haga el cambio sin ayuda -pero la brecha ya no es tan amplia como para que una política sensata no pueda superarla. Esa política debería principalmente aumentar el precio de las emanaciones de dióxido de carbono usando impuestos, o su equivalente, coordinados a nivel internacional. Ese impuesto haría más atractivas las fuentes de energía renovables -y fomentaría tecnologías y comportamientos de bajo consumo de energía. Las fuerzas del mercado pueden hacer el resto. La energía de bajo carbono no es gratis -pero vale la pena pagarla.

Traducción: Mariana I. Oriolo