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La agonía de Aleppo pone a prueba la determinación de Europa

Con cada día que pasa, la crisis migratoria en Europa se profundiza.
En las últimas semanas, los gobiernos de la Unión Europea (UE) intentaron pero no lograron disminuir el flujo de refugiados provenientes de Medio Oriente, los Balcanes y el norte de África suspendiendo algunos acuerdos Schengen y volviendo a implementar controles fronterizos.
El mes pasado, 61.000 migrantes cruzaron de Turquía a Grecia, 35 veces más que enero de 2015. Si eso no fue suficiente para que suena la alarma en las capitales de Europa, el ataque del régimen de Assad a la ciudad siria de Aleppo, ayudado por ataques aéreos rusos, amenaza con empeorar aún más las cosas.
El bombardeo ya obligó a más de 100.000 personas a escapar hacia el norte, hacia la frontera turca, implorando que les permitan cruzar. Los temores a que Aleppo, donde llegaron a vivir 2 millones de personas, esté por quedar totalmente sitiada intensifica el miedo a que el flujo de migrantes se incremente. Es poco probable que se logre algo con algún tipo de pedido humanitario al presidente Vladimir Putin para que disminuya los ataques aéreos. El líder ruso parece empeñado en destruir a los rebeldes que se oponen a Assad con la misma crueldad que él y sus sustitutos mostraron una vez en Chechenia.
Estados Unidos y sus aliados europeos mostraron poco interés por confrontar militarmente con régimen de Assad. Por lo tanto, a Occidente le quedan pocas opciones.
No obstante, los líderes de la UE no deberían descuidar la necesidad de forjar un acuerdo entre ellos sobre cómo manejar la cantidad de migrantes que llegan a suelo europeo. Lamentablemente hasta ahora han fracasado.
Angela Merkel y otros líderes de la UE reconocen que para poder manejar los flujos de refugiados, deben convencer a los vecinos de Siria _a Turquía en particular_ de que den cobijo a los migrantes en su propio territorio, en vez de permitirles seguir viaje hacia Europa.
La UE comenzó a transferir 3000 millones de euros a Ankara para ayudarlos con esa tarea. Eso crea para Turquía la obligación de registrar correctamente los nuevos arribos, distinguiendo entre la gente que huye de la persecución y los migrantes económicos que no pueden pedir asilo.
Sin embargo, Europa también tiene responsabilidades. Turquía y otras dos naciones que están albergando refugiados sirios _Jordania y El Líbano_ no pueden ser tratadas como algo más que corrales para los migrantes.
Las 28 naciones de la UE deben demostrar que esos refugiados con reclamo válido de asilo serán aceptados en estados europeos. La cantidad de migrantes que han sido reubicados en todo el bloque hasta ahora es lamentablemente reducida.
Debería implementarse la propuesta holandesa que consiste en que los estados miembros de la UE acepten anualmente hasta 250.000 personas ubicadas en Turquía.
Dada la intranquilidad sobre la inmigración en todo Europa, el plan holandés exige un grado de coraje político que los líderes de Europa todavía no han mostrado. Optaron por medidas populistas, la mayoría con planes para levantar una barrera entre Grecia, un estado miembro de la UE, y Macedonia para detener la descontrolada migración por la frontera. Eso es poco práctico porque los migrantes encontrarán otras rutas para ingresar a Europa. Esa iniciativa también enfureció a Grecia, que condena con razón la medida como el primer paso que da Bruselas para remover al país del sistema Schengen.
Mientras miran el bombardeo ruso a Aleppo, los líderes de la UE deben reconocer qué es lo que está en juego. Putin no sólo está desplegando sus aviones para reafirmar el poder ruso en Medio Oriente. También está alimentando una crisis de refugiados que ha fracturado la unidad europeo, ha fortalecido el populismo y que corre riesgo de debilitar a una canciller alemana que le hizo frente por su intervención en Ucrania.
Los 28 estados miembros de la UE deben superar sus divisiones internas y unirse en torno a una política migratoria común antes de que Putin los divida aún más.