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JUEVES 21/02/2019

La Unión Europea no rescatará a Gran Bretaña del caos del Brexit

La aprobación del "plan B" en el Parlamento británico le servirá de poco a Theresa May a la hora de enfrentar la inflexibilidad del bloque de 27 países para renegociar el acuerdo ya firmado

La Unión Europea no rescatará a Gran Bretaña del caos del Brexit

Tenía la intención de dirigir una tímida apelación a los socios europeos de Gran Bretaña. Incluso a esta altura, la EU-27 debería mostrarse tolerante con las artimañas del Brexit en Westminster. El premio de una separación en buenos términos -o, en el mejor de los casos, un cambio de opinión en un segundo referéndum- valía la pena. Mi titubeante resolución se derrumbó tras el último volantazo que dio Theresa May. Hoy se podría perdonar a la UE sencillamente por arrojar a Gran Bretaña por la borda.

El abrazo de la primera ministra a los miembros del ala dura de su partido que votaron a favor del Brexit fue impresionante en su cinismo. Hace apenas unas semanas se mostraba inmutable frente a las disposiciones del acuerdo de retirada de la UE respecto de la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda. Ahora promete tratar de reescribir el acuerdo en función de los prejuicios de su partido. ¿Qué hay con el Acuerdo de Belfast, el tratado que sentó las bases para la paz en la isla de Irlanda? Al parecer, ocupa el segundo lugar en el apaciguamiento de los partidarios del Brexit, entre ellos Boris Johnson y Jacob Rees-Mogg.

El mandato que la primera ministra afirma haber recibido para reescribir el backstop irlandés es inútil e inconcebible. Es inútil porque todas las demás alternativas a la frontera irlandesa se analizaron en forma exhaustiva -y se descartaron- durante las negociaciones del artículo 50. Es inconcebible porque los miembros del ala dura que le brindaron apoyo esta semana no quieren un acuerdo. Apoyar a May ahora fue una distracción. La verdadera estrategia es que el reloj llegue a su fin con un Brexit sin acuerdo.

Desde el momento en que reemplazó a David Cameron en Downing Street, May se vio obligada a hacer elecciones con respecto a la salida de Gran Bretaña de la UE. Una opción podía ser priorizar la unidad de los conservadores inclinándose ante el fundamentalismo teológico del ala nacionalista inglesa del partido. Otra podía ser tratar de construir una coalición más amplia con todos los partidos para lograr una versión más flexible del Brexit.

Desde la fijación de sus primeros "límites", May optó por lo primero. El último pacto faustiano era un destino lógico. El partido se antepone al país.

Independientemente de las consecuencias para la nación, May está lista para dejar la UE el 29 de marzo. Lo considera su deber. El tono mesiánico llevó a algunos altos cargos del gabinete a concluir que May preferiría que Gran Bretaña terminara en un Brexit desordenado antes de quedar grabada en la historia como la que dividió a los conservadores.

Los socios europeos de Gran Bretaña no son ciegos ni estúpidos. Al observar las payasadas de la Cámara de los Comunes, entienden bien que ganar una única elección con una delgada mayoría de 16 votos no le dio a la primera ministra nada que se parezca a un mandato de negociación sostenible. Los miembros del ala dura mantendrán su apoyo mientras les convenga.

Entretanto, a Berlín, París, Bruselas y al resto se les pide que abandonen el gobierno irlandés y apuesten por la paz, todo ello para garantizar a May los votos del Partido Unionista Democrático (DUP) en el Parlamento y preservar la unidad de los conservadores. La primera ministra se molesta ante la acusación de que a ella no le importa la paz. No obstante, su postura no admite otra interpretación. Por su parte, el DUP fue la única gran agrupación política de Irlanda del Norte que se opuso al Acuerdo de Belfast.

Lo que debe ser doblemente molesto para los negociadores de la UE es la suposición entre tantos diputados conservadores de que los acuerdos irlandeses fueron diseñados permanentemente para encerrar a Gran Bretaña en una relación comercial estrecha. Nada más alejado de la verdad. Los gobiernos de la UE temen que el backstop -en caso de llegar a implementarse- le conceda a Gran Bretaña una ventaja injusta: acceso único al mercado europeo sin ninguna responsabilidad. La EU27 desearía tanto como cualquier partidario del Brexit garantizar que dicho régimen sea de corta duración.

Sin duda, incluso ahora, podrían llegar a introducirse ajustes que facilitarían que un socio político de confianza en Londres ganase el apoyo parlamentario para el acuerdo de retirada. Los funcionarios de Bruselas buscan la manera de recalcar la intención de la UE de evitar de ser posible el backstop. Michel Barnier, el principal negociador de la UE, debería hacer todo lo que esté a su alcance.

Sin embargo, el gobierno británico ya no puede considerarse un socio de confianza. Si hay algo que la última mezcla de engaño y fantasía dejó claro es que realmente no hay nada que los socios europeos puedan hacer para salvar a Gran Bretaña del rumbo intempestivo fijado por May. Los únicos que pueden accionar los frenos son los propios políticos de la nación.

La Cámara de los Comunes votó en contra de un Brexit desordenado. No obstante, hasta ahora se negó a armarse con los medios necesarios para llevar a la práctica su decisión. Jeremy Corbyn, el líder laborista, fue tan caprichoso como May en sus maniobras. Se jacta de que el Brexit es irrelevante. Su destino político es construir socialismo.

Esta situación deja a un tendal de parlamentarios proeuropeos en medio de la división entre los tories y los laboristas, entre ellos la base para una mayoría, aunque alejada de los dirigentes partidarios. El diputado Tory Dominic Grieve y Yvette Cooper del Partido Laborista fueron valientes al atreverse a desafiar la línea partidista. Cuentan con aliados igualmente valientes, aunque hasta ahora no lo suficiente.

La dinámica podría cambiar. El primer paso podría ser una moción vinculante para plantear un atraso en el calendario. El segundo, votaciones sucesivas para explorar alternativas de un Brexit más suave. Presiento que, cuanto más rápido corra el reloj, más probable es que Gran Bretaña termine en una elección inesperada. Y el siguiente paso podría ser un segundo referéndum. Pero primero hay que detener a May.

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