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Hillary paga el precio de mantener su privacidad

La mayoría de las personas es propensa a un ocasional cansancio. La neumonía es una enfermedad común. Pero si uno es candidato a ocupar el cargo más poderoso del mundo _una tarea que exige la resistencia de un maratonista_, los votantes tienen derecho a conocer la historia clínica completa de ese individuo. Las dos páginas con los antecedentes médicos de Hillary Clinton contienen más detalles que el párrafo que reveló el médico de Donald Trump. Sin embargo, apenas se acerca a lo que sería una divulgación razonable.
Después de que Clinton quedó grabada en un video desmayándose en Nueva York el domingo, su estado de salud de repente se convirtió en el centro de la campaña presidencial. Varias horas después se supo que el viernes le habían diagnosticado neumonía. Bien puede estar sana, tal como ella y su médico aseguran; pero debe deshacerse de ese poco saludable instinto de mantener su privacidad. Cuanto menos saben los votantes, más probable es que crean en teorías conspirativas armadas por sus enemigos.
Desafortunadamente, su tendencia a guardarse información está fuertemente arraigada. Este último susto que le jugó su salud es un buen ejemplo de lo contraproducente que puede ser. Mientras era Secretaria de Estado en 2012, Clinton se cayó y sufrió una contusión cerebral que la apartó de su agenda laboral por semanas. Luego se supo que le tomó seis semanas recuperarse de un episodio que incluía un coágulo cerebral menor. En 2009 sufrió una trombosis que no dio a conocer y un episodio similar en 1998 cuando era primera dama.
En cada uno de esos casos, su deseo de privacidad era comprensible. Sin embargo, se arriesga a darle crédito a los rumores venenosos provenientes de los enemigos de Clinton, que van desde que padece Alzheimer hasta un cáncer. El precio habría sido muy inferior si ella hubiera informado que tenía neumonía y cancelado los eventos del fin de semana.
Sin embargo, ninguna de esas equivocaciones debería llevar a los votantes a perder de vista los errores mucho más serios de Trump. Hasta ahora, todo lo que reveló su médico es el risueño informe que señala que sería "el individuo más sano que haya sido electo presidente". Como hombre de 70 años con predilección por la comida chatarra, Trump debe dar a conocer su historia clínica completa. A diferencia de Clinton, tampoco hizo públicos sus antecedentes fiscales.
Son sorprendentes vacíos de conocimiento que tenemos de una persona que nunca fue funcionario y la campaña de Clinton hace bien en denunciarlo. Pero ahí está la trampa. Hasta tanto Clinton no abrace la transparencia, y todos lo vean así, tendrá problemas para exponer a Trump y redireccionar el foco de atención hacia sus deficiencias. Sin embargo, es difícil para sus seguidores digerir que los niveles de confianza que genera son apenas superiores a los de Trump. La mayoría de los norteamericanos consideran deshonestos a ambos candidatos.
Por lo que sabemos de Clinton, ahora cerrará los tambuchos y esperará a que la tormenta pase. Fue lo que hizo cuando se supo que usaba un servidor de email privado como secretaria de Estado. Fue contraproducente. El precio siempre es superior a una divulgación temprana. ¿Aprenderá la lección? El resultado de esta elección podría depender de eso.