Financial Times: Sin Trump para detestar, empezarán las peleas entre los demócratas

Joe Biden tendrá que elegir a qué facción dentro de su partido va a decepcionar. Nunca estuvo claro si su triunfo electoral implica la restauración del liberalismo pre 2016 o una oportunidad para la verdadera izquierda

Mientras los seguidores de Joe Biden  festejaban su victoria electoral cerca de la Casa Blanca hace dos fines de semana, un periodista fotografió a uno de ellos envuelto en una bandera de la OTAN. Esa imagen sobre un fondo azul contrastaba con los grafitis izquierdistas que se veían por ahí.

Los que aprecian la alianza armada estaban junto a quienes pintaban símbolos de la paz contra el presidente Donald Trump . También confluían los ricos cosmopolitas y los socialistas que les cobrarían impuestos. Además, se podía ver a liberales estrictos y los críticos del liberalismo como excusa para el racismo inconsciente. En los últimos cuatro años, Trump reunió a algunas personas inverosímiles.

Incluso antes de su partida formal, su efecto adhesivo en la izquierda estadounidense se está debilitando. Los demócratas moderados aseguran que los resultados desiguales que obtuvo el partido en el Congreso son culpa de quienes tienen posiciones más radicales, porque ahuyentan a los votantes. Los acusados, entre los que se encuentra la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, responden que fueron electos los candidatos que presentaron el "Medicare para todos" y otras políticas estatistas. Quienquiera que tenga razón, estas recriminaciones han comenzado incluso antes de que se asienten las realidades del poder presidencial: las esperanzas frustradas, las irritantes disyuntivas. Cada una de ellas tiene el potencial de poner a los demócratas en contra de los demócratas.

Mucho se ha dicho sobre el futuro del partido republicano después de Trump. Pero su salida es un acontecimiento igual de perturbador para los demócratas. La urgencia por vencerlo los mantuvo unidos durante los últimos años, pese a la inestable combinación de facciones que componen su partido. Sin él, son libres de pelearse. Un republicano muy cínico directamente no pondría en duda el fracaso electoral de Trump, sino que lo echaría para precipitar las próximas peleas demócratas.

Biden tiene que armar un gabinete, y luego diseñar políticas, que sean del agrado de un partido integrado tanto por ex ejecutivos de Wall Street hasta socialistas declarados como tales. Dado que la bancada demócrata será más chica en la Cámara de Representantes, el segundo grupo -aunque es reducido en su número absoluto- ganará en peso relativo. Y también en firmeza. La izquierda consintió las herejías centristas de los Nuevos Demócratas en los '90 porque el partido había estado mucho tiempo fuera del poder. Ahora, a sólo cuatro años del último presidente demócrata, no existe nada de esa docilidad.

A Biden al menos lo consuela que con la política económica, su prioridad inmediata, se dividen las diferencias. Pero mucho menos negociable es el conflicto de valores subyacentes.

Si este año dejó alguna lección más allá de la pandemia de Covid-19, es que arde una -o quizás "la"- guerra cultural dentro de la izquierda, no entre la izquierda y la derecha. Por un lado están los liberales que definen la justicia como igualdad ante la ley. Por el otro lado, están aquellos que ven este ideal republicano como una farsa, y en cambio prefieren los derechos grupales según las líneas étnicas y de género. La discusión si "desfinanciar o no a la policía" es apenas un detalle en este argumento sobre lo que significa ser progresista. Está agitando la política interna de los periódicos, universidades y editoriales. Amenazó con afligir al Partido Demócrata durante el verano de protestas. Al final, la misión de derrotar a Trump ayudó a mantener la disciplina. A partir de enero, el partido ya no contará con él.

Incluso la visión de Biden sobre la posición que ocupa EE.UU. en el mundo es susceptible de generar discusión dentro del partido. Si por "Estados Unidos ha regresado", se refiere a un nuevo compromiso con el acuerdo climático de París y otros similares, se saldrá con la suya. Pero si prevé un liderazgo mundial más firme (Barack Obama bombardeó siete países en sus últimos años), puede recibir el rechazo de una generación de demócratas que tiene pocos recuerdos felices de las fuerzas estadounidenses en el extranjero.

Todos los partidos exitosos en todas las democracias son alianzas de algún tipo. Pero con su vasta población y su sistema bipartidista, EE.UU. lleva el concepto a un extremo. Cerca de 330 millones de personas tienen que elegir entre los demócratas o los republicanos, obligando a cada partido a abarcar un rango épico de visiones e intereses. Los demócratas deben representar a Oregon, que votó despenalizar la posesión de drogas duras, y a los miembros del sindicato de la ley y el orden en el centro del país.

Es demasiado sugerir que van a extrañar al presidente Trump. Pero no se puede soslayar el hecho de que fue él quien manejó el partido demócrata durante cuatro años, fue quien lo disciplinó con una eficacia inimaginable. Sin él, Biden tiene que elegir a qué parte de su fraccionado partido va a decepcionar. Nunca estuvo claro si su triunfo electoral implica la restauración del liberalismo anterior a 2016 o una oportunidad para la verdadera izquierda. Al ver a ambos bandos retozando en la capital se percibe que uno de ellos sufrirá una dolorosa decepción.

Traducción: Mariana Oriolo

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