Estados Unidos e Irán juegan a la ruleta nuclear en el Golfo

Teherán amenaza con no cumplir con sus obligaciones, en un momento en que Washington intensifica la presión enviando bombarderos y otros 1500 soldados a la región

Con Teherán anunciando esta semana que superará el límite de uranio enriquecido fijado por el acuerdo nuclear de 2015, y Washington enviando otros 1000 soldados a la región, la situación empieza a parecerse peligrosamente a la ruleta nuclear.

La escalada comenzó con la decisión del presidente Donald Trump el año pasado de retirar unilateralmente a Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto. Rigurosamente negociado durante años —con EE.UU., Francia, Alemania, Reino Unido, China y Rusia— y ratificado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, este avance diplomático restringía el programa nuclear de Teherán en el mediano plazo con una supervisión internacional intrusiva. A cambio, Irán sería liberado de la cuarentena económica, lo que le permitía reincorporarse al mundo.

Si bien el presidente norteamericano parece no querer una guerra, algunos de sus asesores encabezados por John Bolton -su extremista asesor en seguridad nacional- hace tiempo que presionan para que haya un cambio de régimen que destituya a los mullahs y paramilitares que conducen la República Islámica.

Irán había cumplido estrictamente los términos del acuerdo de 2015, incluso durante un año posterior a que EE.UU. rompiera su compromiso y dos años después de que Trump en Riyadh esencialmente pidiera a Arabia Saudita que lidere una jihad sunita contra la Irán chiíta. Eso despertó aún más las guerras de poder que desfiguran la región.

El riesgo siempre fue que Washington liberara a Teherán de su compromiso de detener la mayor parte de su programa nuclear, a cambio de un alivio en las sanciones económicos que no se ha materializado. Ese momento ahora llegó, en medio de la escalada norteamericana y supuestas represalias iraníes.

En abril, EE.UU. catalogó de "organización terrorista" a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, los pretorianos de élite del régimen dentro del país y su fuerza expedicionaria en el exterior. Luego, puso fin a las exenciones legales que gozaban los países que aún compraban petróleo y gas a Irán, como China, India y Turquía, con la intención de reducir a cerolas exportaciones petroleras del país y que su economía se ponga de rodillas.

El mes pasado, con Bolton y Mike Pompeo, el secretario de Estado norteamericano, citando inteligencia de un mayor nivel de amenaza proveniente de Irán en la región, Washington envió al Golfo una fuerza especial naval, bombarderos B-52 y otros 1500 soldados.

Como si fuera una señal, hubo cuatro ataques a buques petroleros (dos de ellos sauditas) cerca del Estrecho de Ormuz y ataques con drones a oleoductos sauditas. La semana pasada, hubo dos ataques más serios a barcos petroleros en el Golfo de Oman. EE.UU., junto con Israel, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, señalan con el dedo a Irán.

Mientras tanto, en Irán el presidente Hassan Rouhani dijo en mayo que a menos que los demás firmantes del acuerdo nuclear, pero principalmente los europeos, cumplan con sus compromisos y encuentren maneras de evitar las sanciones estadounidenses, Teherán empezará a incumplir con sus obligaciones.

Este lunes su autoridad de energía atómica informó que la semana próxima superará el límite de 300 kilogramos para la reserva de uranio enriquecido fijado por el acuerdo nuclear. Eso es provocativo, pero mucho peor fue la amenaza de enriquecer uranio más allá del actual tope de pureza de 3,67% a 20%, un salto hacia la pureza de 90% requerido para las armas. Eso sería entrar en una peligrosa espiral de otro orden.

En una región plagada de teorías conspirativas, igual hay un motivo legítimo para preguntarse si los actores externos no están echando leña al fuego. No hay evidencia concreta. EE.UU. publicó un video en el que muestra a miembros de la Guardia Revolucionaria iraní retirando una mina adherida al casco de uno de los buques afectados y que, al parecer, no llegó a hacer explosión. Con ello pretende culpar a Irán del ataque a los petroleros. Sin embargo, los propietarios japoneses del buque sostienen que el ataque provino del aire.

El escepticismo es generalizado, salvo en el Reino Unido, que apoya la versión de EE.UU.

Los ataques a los buques del mes pasado posiblemente hayan sido obra de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, si bien los ataques con drones sauditas fueron casi seguramente realizados por los hutíes, un grupo insurgente chiíta heterodoxo que cuenta con apoyo iraní en Yemen. Ambas fueron formas de demostrar que Irán tiene una serie de alternativas para responder de manera asimétrica en cualquier conflicto.

Pero el ataque al petrolero nipón se produjo justo en el momento en que Shinzo Abe, el primer ministro de Japón, se reunía con el ayotollah Ali Khamenei, el líder supremo iraní. ¿Por qué Irán trataría de sabotear una iniciativa diplomática que, si bien no es especialmente prometedora, la habían impulsado Teherán y Washington?

Trita Parsi, activista Iranía-norteamericano, dice que si los intransigentes hubieran querido debilitar la diplomacia, habrían actuando cuando Abe estaba reunido con Rouhani, que es su adversario, y no con Khamenei, su protector.

Trump quizás imagine una foto con Rouhani, del tipo que logró con el líder norcoreano Kim Jong Un, hasta ahora una victoria de estilo por sobre la sustancia. Pero, definitivamente, así no es cómo gira la rueda de esta ruleta.

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