Entre vanidades y visión de futuro, llega la nueva revolución tecnológica

Los grandes popes de las empresas de tecnología se embarcan en ambiciosos proyectos futuristas con visos de extravagancia

Cultivar hamburguesas en tubos de ensayo. Explotar metales preciosos en asteroides. Hacer un viaje supersónico a nivel de la superficie de Los ngeles a San Francisco en menos de 30 minutos.
Las ideas futuristas que surgieron en los últimos tiempos de la fértil imaginación de algunos de los empresarios de tecnología más ricos de los Estados Unidos -y que, en algunos casos, se financian con sus propios millones- empiezan a sonar casi extravagantes.
Pero quizás esa sea exactamente la cuestión. Poner a prueba su ingenio -y su fortuna- contra las fronteras de la tecnología se convirtió en una marca de orgullo para los nuevos millonarios de la industria de la tecnología, muchos de los cuales ganaron su dinero en los entornos de tecnología relativamente baja de Internet. Empresarios como Jeff Bezos de Amazon, Elon Musk, que hizo su primera fortuna en PayPal, y Sergey Brin, cofundador de Google, pasaron a encarnar una nueva era de ambición tecnológica.
"Al tipo de gente que está asumiendo los grandes desafíos globales les interesa pensar a lo grande", dice Peter Diamandis, cofundador de Planetary Resources, el emprendimiento de minería de asteroides, y creador del premio X Prize para el primer vuelo espacial suborbital financiado con fondos privados.
Ahora que ya desbarataron industrias completas, se "interesan por el problemas más importantes del mundo", dice Diamandis. Los desafíos más importantes del mundo también son las oportunidades de mercado más importantes del mundo.
Resulta irónico que esta erupción de ambición llega en un momento en que muchos en Sillicon Valley comenzaron a preguntarse si la era de oro de la innovación tecnológica ya terminó.
Hace dos años Tyler Cowen, académico estadounidense, resumió el pesimismo: señaló que los frutos maduros de la revolución digital ya se habían recogido y que estaban haciéndose pocos esfuerzos en pos de próximos grandes avances
Tecnócratas como Peter Thiel, otro ejecutivo de PayPal de la primera hora que también fue el primer inversor exterior de Facebook, se hicieron eco del tema. Tocó el talón de Aquiles de Silicon Valley con la queja de que los capitalistas de riesgo ya no se sienten atraídos por ideas para cambiar el mundo, sino que prefieren ir a lo más seguro e invertir en pequeños avances en materia de aplicaciones para celulares y redes sociales.
Aún así, titulares recientes sugieren que esto es demasiado pesimista.
La semana pasada le tocó a Brin de Google hacer alarde de uno de los productos de esta nueva unión entre la ciencia avanzada, la riqueza personal masiva y la ambición indómita. Se trató de la primera degustación pública, en Londres, de carne vacuna cultivada en laboratorio, un proyecto financiado mayormente con la fortuna de u$s 23.000 millones del propio Brin.
"Si algunas personas no consideran que lo que estamos haciendo es ciencia ficción, es probable que no sea lo suficientemente transformador", afirmó en un video en el que explica el proyecto una declaración que podría resumir la ambición de los nuevos aventureros científicos.
El resultado final, según los partidarios de esta búsqueda de nuevos grandes avances tecnológicos por parte de de millonarios, será una era de descubrimiento que crea las industrias del futuro: exploración del espacio privado, nuevas formas de transporte, robótica, nuevos medicamentos y materiales de avanzada. Pero también podría concluir como una era definida por el orgullo desmedido de una generación de multimillonarios.
Creo que habrá algunos fracasos fenomenales pero si no se fracasa, no se está pensando a lo grande", dice Diamandis, que admite que los reveses inevitables podrían crear dudas en cuanto a la eficacia de este enfoque de resolución de problemas a gran escala.
Según la elite de la tecnología, mayormente ubicada en la costa oeste de EE.UU., no queda alternativa más que pensar bien a lo grande. Lo que puede considerarse orgullo desmedido es una respuesta necesaria a una pérdida peligrosa de ambición que se ha instalado en el resto de la clase política y empresarial.
A algunas áreas de investigación avanzada se les quitó la financiación del gobierno. Y las organizaciones que alguna vez podrían haber llenado el hueco -antiguos grupos innovadores de investigación tales como Bell Labs, creado por AT&T- se atrofiaron a medida que la creciente competencia destrozó a los monopolios que alguna vez estuvieron tranquilos y debilitó su capacidad de financiar ideas a plazo más largo.
Sin embargo, otros argumentan que los incentivos a las innovaciones revolucionarias no cambiaron significativamente, y que la historia de los avances tecnológicos, como el teléfono y el telégrafo, demuestra que siempre se dejó en manos de empresarios individuales introducir cambios realmente importantes en las reglas de juego.
Los gobiernos se preocupan por investigaciones en el congreso, se preocupan por el fracaso, afirma Diamandis. Las grandes empresas se preocupan por la cotización de las acciones.
Desmedidamente orgullosos, idealistas, o ambas cosas, los tecnócratas se ven a sí mismos como los responsables de presentar adelantos a gran escala para resolver los males sociales y económicos del mundo. A Brin, por ejemplo, le atraía la idea de cultivar carne vacuna en tubos de ensayo por los beneficios ambientales de reducir la población vacuna mundial, así como la preocupación por el bienestar animal.
Está comenzando una era en la que hablar de cosas que parecían imposibles es muy importante, señala John Seely Brown, ex director del afamado centro de investigación de Xerox de Silicon Valley, a quien se atribuyen muchos de los adelantos que derivaron en la invención de la computadora.
A medida que Internet o la competencia global desbaratan las viejas industrias, la ventaja competitiva de una nación avanzada tal como EE.UU. está estrechamente vinculada con su capacidad de lograr grandes avances tecnológicos, según esa opinión.
Sin embargo, si bien la riqueza de naciones puede en última instancia estar en juego, la tendencia de pensar a lo grande se convirtió en una suerte de marca personal de orgullo para la clase de tecnócratas multimillonarios.
Esta semana Musk, que logró alcanzar el éxito con autos eléctricos y exploración del espacio privado, fue un paso más allá en el reino de la ciencia ficción con su propuesta de hyperloop: un tubo elevado y sellado por el que pueden circular cápsulas con pasajeros a 700mph. Dicho sistema de transporte sería mucho más económico para construir y más atractivo para los pasajeros que un tren bala propuesto para unir San Francisco y Los ngeles, sostuvo.
Algunos expertos afirman que la historia de la tecnología llega a un momento peculiar cuando avances inimaginables parecen casi rutina, lo cual hace que la ambición desenfrenada y la fortuna de los tecnócratas multimillonarios de hoy tengan un impacto duradero en el mundo.
Es un momento más que oportuno, sostiene Seely Brown. Cosas que me hubieran parecido impensables hace cinco años se hicieron realidad, añade, como el vehículo sin conductor desarrollado por la investigación de seguridad avanzada de Google y el brazo de desarrollo de la empresa, Google X.
Nuevas herramientas que se utilizan en la investigación científica han acelerado el proceso de descubrimiento, afirman los investigadores. La capacidad de analizar grandes conjuntos de datos y el uso de aprendizaje profundo en los sistemas informáticos que se pueden adaptar a la experiencia, en lugar de depender de un programador humano, han permitido grandes avances. Estos van desde el descubrimiento de fármacos, el desarrollo de nuevos materiales hasta robots con un mayor conocimiento del mundo que los rodea.
En ningún ámbito la ambición de los nuevos empresarios ha sido más evidente que en la carrera espacial privada, a partir de que algunos de los magnates de Internet se movieron para llenar el vacío que quedó desde el retiro de fondos para la exploración del espacio por parte del gobierno de EE.UU.
Bezos, que tomó un rumbo de economía tradicional la semana pasada con la compa del Washington Post en u$s 250 millones, comprometió parte de sus miles de millones para hacer los viajes espaciales más accesibles. Contó con el respaldo de los multimillonarios de Google Larry Page y Eric Schmidt, que respaldan el emprendimiento de Diamandis de lanzar cohetes para extraer recursos de los asteroides que pasan cerca de la Tierra.
Por su parte, Musk puso la mira en Marte, donde ya construyó, con su compañía SpaceX, el primer cohete privado para alcanzar la órbita y acoplarse a la Estación Espacial Internacional.
Los empresarios espaciales tienen mucho en común con una generación de exploradores muy anterior, afirma Paul Saffo, un futurista radicado en San Francisco. El espacio comercial es igual a la gran era de los descubrimientos allá por el año 1500, sostiene. Una vez que alguien se aventura más allá de los límites de la exploración previa y vuelve con éxito, otros inevitablemente lo siguen, lo cual da paso a una carrera en post de nuevas riquezas que antes parecían imposibles de alcanzar.
Incluso los avances que suenan más inverosímiles son más posibles de lo que podrían parecer, según sus seguidores. La idea del hyperloop de Musk, por ejemplo, fue objeto de debate en los círculos científicos por décadas y se basa en tecnología existente.
Saffo, que realizó un estudio sobre el concepto del hyperloop a principios de 1980, dice que la gente sólo se rió de la idea en el momento. Con el apoyo de un empresario audaz que puede demostrar su éxito en otros campos, sin embargo, el aire de incredulidad que rodea una idea se puede disipar.
A menudo, la arrogancia funciona, sostiene Jeffrey Pfeffer, profesor de la Escuela de Posgrado de Negocios de la Universidad de Stanford, en Silicon Valley. Si uno lo dice muchas veces, la gente lo creerá. Eso puede hacer fluir dinero y talento hacia una idea que en otro momento podría haber parecido absurda.
Lo que uno cree se hace realidad, sostiene.
Diamandis espera que una dinámica similar se afiance con su plan de explotación de asteroides. Al igual que otros soñadores tecnológicos ambiciosos, afirma que no hacen falta grandes avances tecnológicos para que su idea se haga realidad, y que el capital fluirá cuando haya suficientes inversores que consideren posible alcanzar el objetivo. Como en el caso del hyperloop de Musk, todo depende del ingenio y la ejecución.
Al igual que con el advenimiento de la perforación en aguas profundas en la década de 1980, afirma Diamandis, los beneficios potenciales de la explotación de asteroides será visto como algo tan grandioso que inevitablemente se encontrarán los recursos necesarios para superar los desafíos técnicos. Algunos de estos asteroides equivalen a miles de millones de dólares en activos. ¿Sucederá? Absolutamente.
Los nuevos magnates de Internet no son los primeros multimillonarios en asumir asuntos mundiales apremiantes aunque no caben dudas de que sus métodos y la escala de su ambición los separa. El cofundador de Microsoft, Bill Gates, con el respaldo de Warren Buffett, invirtió miles de millones de dólares de su propio dinero en la lucha contra la mortalidad infantil, junto con esfuerzos para desarrollar vacunas para conquistar enfermedades debilitantes como la malaria.
Tal como los magnates que les antecedieron, Gates y Buffett utilizaron su dinero para buenas obras, afirma Saffo. Sus sucesores de la industria tecnológica, sin embargo, planean otra cosa: Esta generación de híper-empresarios quiere crear nuevas industrias.
Hasta que los nuevos sueños tecnológicos ambiciosos de los magnates de Internet no hayan seguido su curso, será imposible saber el dinero de quién fue el que mejor se gastó.
Investigación - Modelo evoluciona desde el Beagle a Google
Charles Darwin se habría sentido como en casa en un mundo donde los avances en las ciencias avanzadas dependen cada vez más de la generosidad de los magnates.
Como hijo de un inversor ángel que hizo su fortuna durante la revolución industrial, el joven Darwin fue beneficiario de una fuente similar de patrocinio personal, sostiene

Traducción: Viviana L. Fernández