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Electores tímidos: el secreto del éxito de Trump

El votante con mayor nivel educativo se mostró reticente a revelar su intención de voto, pero ahora muestra optimismo

Electores tímidos: el secreto del éxito de Trump

La semana pasada, UBS publicó una encuesta a 1200 de sus clientes estadounidenses sobre su actitud frente a las elecciones en su país. Reveló algunos aspectos sorprendentes: después de las elecciones, por ejemplo, la proporción de inversores optimistas acerca de las acciones de Estados Unidos aumentó de 25% a 53%, mientras que la proporción de quienes eran optimistas acerca del crecimiento aumentó de 39% a 48%. Sin embargo, hubo un detalle aún más importante: 36% de los encuestados no le contaron a su familia y amigos a quien habían votado para "evitar discusiones o juicios".

Sí, leyeron bien. A más de un tercio de estos clientes ricos y (probablemente) educados de UBS los ponía demasiado nerviosos o les daba demasiada vergüenza revelar su elección. Podríamos hablar de una plaga de silencio aprensivo.

Lamentablemente, UBS no tiene datos de largo plazo contra los cuales se podría comparar este resultado (lo verifiqué) y dado que la muestra es pequeña, podría ser muy parcial. Pero sospecho que el resultado apunta a un patrón mayor... uno que puede ayudar a explicar por qué ganó Trump, en marcado contraste con las predicciones de los encuestadores.

Cuando estuve en Estados Unidos el año pasado, muchos profesionales de clase media me decían -con una sonrisa un poco avergonzada- que "entendían" el atractivo de las promesas de Trump sobre el cambio. Sí, sus comentarios generalmente también reflejaban desagrado hacia la personalidad y las palabras agresivas de Trump, basta con mirar su arremetida contra el programa Saturday Night Live para saber por qué sus tuits hacen avergonzar a la gente. Pero lo que me llamó la atención fue que a la gente que pensaba votar a Hillary Clinton no le daba vergüenza admitirlo. En vez de eso, estaban resignados o eran obedientes. En términos políticos, votar a Clinton era como comer espinaca. Votar a Trump, sin embargo, era como desayunar helado con whisky... algo que la gente del establishment no quería admitir.

Sospecho que esta reticencia durará algún tiempo. La semana pasada, viajé a Minneapolis (para asistir a la reunión anual de la Asociación Antropológica de Estados Unidos) y descubrí que los medios locales debatían cómo manejar las reuniones familiares en medio del veneno político que desató la victoria de Trump.

Algunas personas están tan enojadas que están tomando medidas radicales. "Envié un e-mail a un pariente político para decirle que su genial amigo de hockey y partidario de Trump ¡ya no era bienvenido para festejar el Día de Acción de Gracias!" revelaba una columna en la primera plana del periódico Star Tribune de Minnesota.
Sin embargo, la mayoría de los escritores -y columnistas- tomaron un rumbo diferente y decidieron, al igual que los encuestados de UBS, que sería mejor evitar peleas provocadas por un exceso de honestidad en el Día de Acción de Gracias y Navidad. En otras palabras, intuyo que debe haber muchos silenciosos cargados y diplomáticos en torno a la mesa, al igual que los que rodeaban a los encuestadores.

Esto tiene tres consecuencias importantes. En primer lugar, sugiere que cualquiera que pretenda adivinar el resultado de las próximas elecciones en Francia, Italia y los Países Bajos debe tener cuidado a la hora de confiar en las encuestas. Quizás los electores europeos sean menos tímidos en relación con sus elecciones no tradicionales, pero lo dudo.

Una segunda lección es que la industria de las encuestas debe repensar las preguntas que formula. Por ejemplo, llama la atención que la encuesta que fue más exacta que la mayoría fue llevada a cabo por la consultora política de derecha Trafalgar Group. En forma temprana, en esa encuesta se llegó a la conclusión que las personas mentían sobre sus intenciones de voto. Entonces, se empezaron a hacer preguntas tales como el sentido del voto de los vecinos de los encuestados. No solo que esto arrojó un resultado distinto, sino que permitió a Trafalgar predecir el resultado tanto en Pensilvania como en Michigan.

La tercera, y más importante, lección es que los encuestadores y los expertos políticos deben ir más allá de su obsesión por los modelos matemáticos complicados y participar en investigaciones más etnográficas de las tendencias culturales sutiles similares a las que llevan a cabo los antropólogos (sobre el problema de la vergüenza, por ejemplo). Desde ya, embarcarse en tamaña tarea no será fácil. La investigación etnográfica lleva tiempo y no puede insertarse bien en planillas de cálculo. Y si bien la reunión anual de la Asociación Antropológica de Estados Unidos reveló un trabajo de base sorprendente que los antropólogos están llevando a cabo para comprender la cambiante cultura del país, también me recordó por qué tan pocos que no son antropólogos conocen estos aportes: estos académicos suelen ser muy tímidos para hacer circular sus análisis al público general en forma oportuna, especialmente cuando se trata de política.

En todo caso, las elecciones en Estados Unidos nos demostraron que es imperativo que todos volver a aprender el arte de escuchar... a antropólogos, inconformistas, detractores y, sí, a personas que opinan diferente. Espero que los antropólogos se inserten más en el mundo de las encuestas. Pero también espero que los electores "tímidos" de ayer en los próximos meses empiecen a hablar más abiertamente sobre los motivos por los que no les gustó el status quo. Solo entonces Estados Unidos estará listo para el cambio, con o sin vergüenza.