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El triunfo de Macron transmite esperanza a Francia

El triunfo de Macron transmite esperanza a Francia

El entusiasmo que mostraron los líderes europeos al felicitar a Emmanuel Macron por su enfática victoria lo dijo todo. El presidente electo es un asiduo defensor de la apertura y el internacionalismo. Es un pro europeo comprometido; se subió al escenario el domingo a la noche al son del himno de la Unión Europea y en su primer discurso prometió defender los valores del continente y reconstruir sus lazos con los ciudadanos. Por sobre todo, él no es Marine Le Pen.

Sin embargo, el alivio generalizado tras su triunfo electoral -obtuvo el 66% de los votos, más de lo que preveían las encuestas- hay que atemperarlo con realismo.

El logro de Macron, convertirse en el ocupante más joven del Palacio Elíseo sin nunca haber sido antes electo para un cargo y sin la maquinaria de apoyo proveniente un partido político tradicional, es sorprendente. Se vio beneficiado por la implosión de sus rivales republicano y socialista. Y también lo ayudó, por suerte, la gran mayoría de franceses que todavía rechaza el poder de la extrema derecha aunque le disguste la alternativa.

Macron demostró que es posible diseñar una respuesta liberal y de centro a la política populista de identidad nacional y proteccionismo. Lo hizo no adoptando una versión diluida de las ideas del Frente Nacional, sino apelando a la inteligencia de los votantes. Se negó categóricamente a aceptar la representación que hacía su opositora de una nación destinada a declive o a competir con ella prometiendo lo inalcanzable.

Es tranquilizador ver que todavía hay una audiencia para el argumento racional _y que los votantes no parecen haber sido influenciados por los temores a la seguridad, o por los dudosos intentos de desacreditar a Macron online durante los últimos días de campaña. Los políticos convencionales prevalecieron en Holanda y en las elecciones de Austria. La votación en Francia ofrece a Europa motivos para tener esperanzas de que la insurgencia populista haya llegado a su pico máximo.

Las batallas del presidente electo son sólo apenas el principio, por supuesto. Él mismo fue el primero en reconocer eso, advirtiendo a sus seguidores sobre la "inmensa" tarea que tiene por delante.

Es deprimente que sea causa de festejo una elección donde más de una tercera parte de los votantes apoyó a la líder de un partido abiertamente xenófobo de origen antisemita. Le Pen obtuvo casi dos veces la cantidad de votos que recibió su padre hace 15 años. Ahora ella se considera la oposición oficial. Una cuarta parte del electorado se quedó en su casa y gran cantidad optó por anular su voto. Macron tiene un inmensa tarea por delante si es que quiere recuperar la fé en la posibilidad de que Francia sea vital, democrática y próspera.

Su promesa de dedicar sus cinco años de mandato a asegurarse de que ninguno de quienes votaron por los extremos tenga motivos para volver a hacerlo. Eso requerirá reformas _económicas, laborales y del sector público_ del tipo que otros presidentes han intentado hacer y no lograron sostener.

Una ventaja del repudio de Macron a la política partidaria es que no está maniatado por promesas hechas a su facción o durante al campaña. Fue sincero en cuanto a sus intenciones generales. Pero para actuar sobre ellas, necesitará legislar. Quizás cuente suficiente empuje para que su movimiento En Marche! se convierta en el partido más grande de la Asamblea Nacional en las próximas elecciones legislativas el mes próximo pero, con la reagrupación de los partidos tradicionales, es difícil ver cómo hará para conseguir una mayoría rotunda.

"No voy a permitir que ningún obstáculo me detenga", declaró Macron el domingo a la noche. Esperemos que lo logre.

Si lo consigue, podría liberar a Francia de su tan arraigado malestar y recuperar al país como fuerza de reforma y renovación de todo Europa. Si fracasa, la próxima vez Le Pen estará de vuelta.

 

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