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El socialismo francés quiere reconstruirse

Conferencia en la que Manuel Valls anuncia que será candidato en 2017

Conferencia en la que Manuel Valls anuncia que será candidato en 2017

En todo Europa, los partidos de centroizquierda están en declive. Crece la enemistad entre su liderazgo –a menudo dominado por liberales urbanos– y sus tradicionales seguidores de clase trabajadora. La falta de respuestas a las preocupaciones de su núcleo de votantes explica el avance de los movimientos populistas. En ningún lugar eso es más evidente que en Francia.

La decisión de François Hollande de no presentarse a una reelección llegó como un alivio para su partido. El presidente tenía niveles de aprobación pésimos. Además, no logró devolverle el dinamismo a la economía ni mejorar el estándar de vida en las regiones desfavorecidas y desindustrializadas donde los votantes obreros están cada vez más atentos a la retórica proteccionista euroescéptica de Marine Le Pen.

Sin embargo, las decepciones de la presidencia de Hollande son, como todo, el resultado de no haber modernizado el partido socialista para convertirlo en una fuerza coherente para hacer reformas. Como secretario del partido, dedicó una década a mantener unidas sus dispares facciones. Como presidente, pasó su primer año en el cargo cumpliendo las promesas que había hecho a la izquierda dura durante su campaña. Cuando luego dio un giro más amigo de los negocios, enfrentó una rebelión entre los miembros del parlamento, perdió su mayoría parlamentaria y terminó forzando reformas claves.

Pero con su salida, el partido socialista ahora tiene una verdadera oportunidad de debatir sus diferencias y definir su identidad. Es importante que lo hagan –en vez de buscar mantener un consenso superficial– para verdaderamente contrarrestar a una derecha francesa cada vez más enérgica.

Las primarias para elegir al candidato presidencial del partido en enero van a ser muy peleadas. Los dos postulantes ofrecen visiones distintas y llevarían al partido en direcciones diferentes.
El ingreso de Manuel Valls a la carrera es un hecho bienvenido. El fervor por la reforma orientada al mercado que mostraba el primer ministro saliente y la dura postura de ley y orden van en línea con el giro hacia la derecha del electorado francés. Sin embargo, Valls podría tener problemas para superar su vinculación con el fallido mandato de Hollande. Y está repleto de enemigos en su partido después de haber cuestionado políticas centrales como la semana de 35 horas. Arnoud Montebourg, uno de los rebeldes que abandonaron el gobierno en 2014, es un evidente representante de la izquierda del partido. Él podría también ser una elección más natural para los votantes de la clase trabajadora tentados por huir hacia Le Pen.

El que gane las primarias enfrentará después una elección mucho más dura, con el voto socialista también dividido por los desafíos provenientes de Jean-Luc Mélenchon –un ex ministro socialista que armó su propio partido radical– y Emmanuel Macron, un centrista cuyas políticas no están lejos de las de Valls, si bien se presenta como candidato independiente.

La principal habilidad de Hollande era la construcción de consensos. Y ha dejado al partido en crisis. Su sucesor debe determinar qué representan los socialistas si es que el partido quiere volver a ser una fuerza en centro de la política francesa.