Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar
DÓLAR
/
MERVAL

El rol geopolítico de los acuerdos comerciales a menudo se exagera

Ignorar la diferencia entre los pactos y el intercambio de bienes lleva a sobrestimar la importancia de lo que dicen los funcionarios contra lo que hacen los empresarios

El rol geopolítico de los acuerdos comerciales a menudo se exagera

Cuando los líderes del toda la región Asia-Pacífico se reunieron en Lima el pasado fin de semana, hubo un tema que dominó el encuentro: la amenaza de Donald Trump de abandonar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés).

El presidente electo dice que comenzará su administración notificando que Estados Unidos ya no pertenecerá al pacto comercial, al cual describe como "un desastre para nuestro país". Sus planes avivaron los temores en toda la región de que la era de la hegemonía de Washington sobre el comercio –y su influencia geopolítica en términos generales– esté llegando a su fin. En Lima, una China claramente entusiasmada aseguró que estaría más que contenta si asumiera como principal conductor de la política comercial.

Pero si bien Trump podría provocar serios daños con otra de sus amenazas –inmensos aranceles a las importaciones provenientes de China y México–, la historia sugiere que suele exagerarse la importancia que tienen los acuerdos bilaterales y regionales en la forma que va tomando el comercio mundial. Tampoco parece que los pactos comerciales sean necesariamente la causa, y no una consecuencia, de la influencia geopolítica.

El temor a que el modelo norteamericano de vanguardia sea reemplazado por un sistema más simple de normas chino es exagerado. Beijing no tiene un significativo cuerpo de leyes rivales para propagar. Su acuerdo comercial favorito, la Asociación Económica Integral Regional, es conocido entre los negociadores como "la abrochadora". No hace mucho más que reunir acuerdos bilaterales y regionales vigentes y tiene poco contenido más allá de rebajas a los aranceles sobre las mercaderías.

El "modelo chino" no es un nuevo y alarmante desvío de la dirección hacia una mayor integración económica: esencialmente es el statu quo. Si el TPP fracasa, Estados Unidos habrá desperdiciado la oportunidad de liberalizar parte del comercio de servicios y evitar que las empresas estatales distorsionen los mercados. Pero es una oportunidad perdida, no una catástrofe.

En términos más generales, ignorar la diferencia entre los acuerdos oficiales y el verdadero comercio internacional de bienes y servicios lleva a sobrestimar la importancia de lo que dicen los funcionarios, en contraposición a lo que hacen los empresarios.

La rápida integración de los mercados asiáticos en los últimos 25 años, a menudo con el fin de unir cadenas de abastecimiento orientadas hacia Estados Unidos, fue impulsada mayormente por las mejoras técnicas en la comunicación y digitalización, no por acuerdos bilaterales o regionales formales. Estados Unidos no firmó ningún acuerdo significativo en Asia desde que la Ronda Uruguay de conversaciones multilaterales finalizó en 1994, además de los bilaterales con Corea de Sur y Singapur. Su influencia proviene de las empresas y de los consumidores norteamericanos, no de los burócratas.

En cambio, la liberalización más importante fue la ola de rebajas unilaterales de aranceles por parte de las economías emergentes a principios de los noventa, seguida de un acuerdo abierto voluntario sobre productos vinculados a la tecnología informática, no un acuerdo comercial convencional. Los gobiernos que quieren abrir sus mercados seguirán haciendo eso, incluso sin que el TPP los coaccione.

En cuanto al rol geopolítico de los acuerdos comerciales, pueden actuar como consumaciones simbólicas de una relación de política exterior, pero no necesariamente profundizar lazos entre ellos. Por ejemplo, Washington mostró solidaridad con los gobiernos mexicanos orientados al mercado a fines de los ochenta y principios de los noventa incluyendo a México en el Nafta. Dos décadas después, el Nafta no está visiblemente reforzando los lazos. En cambio, se ha convertido –quizás injustamente– en un denostado símbolo de la desindustiralización norteamericana, frecuentemente criticado por Trump.

Esto no es para restarle importancia a las preocupaciones sobre el futuro de EE.UU. en la región Asia Pacífico. Si EE.UU. decide retirarse de su rol de seguridad en la región, socavaría el prestigio del país como la "nación indispensable". Pero la situación está casi totalmente desconectada de si un acuerdo comercial en particular tiene éxito o no. Hay muchas otras inquietudes sobre las políticas comerciales de Trump. Pero la historia de los pactos comerciales como instrumento de política exterior sugiere que el rol de Norteamérica en Asia –y las ambiciones de China de reemplazarlo– lo definirán factores muy alejados del TPP.