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El proteccionismo no es un motivo de alarma mundial

Pese a las numerosas advertencias sobre un inminente ataque desde la crisis financiera global, el perro del tradicional proteccionismo comercial se quedó en su jaula, emitiendo sólo ocasionales gruñidos.
Finalmente, quizás haya algunas señales de que el sabueso se esté moviendo. Los actuales mecanismos que permiten un limitado nivel de proteccionismo, pero que esencialmente mantienen a la bestia con la correa puesta, todavía felizmente parecen estar funcionando.
Esta semana la Organización Mundial de Comercio (OMC) publicó su habitual informe de seguimiento del comercio en el G20. Mostró el mayor incremento de nuevas medidas proteccionistas desde 2009, año en que la OMC empezó a elaborar ese ejercicio de monitoreo. Además de la marcada desaceleración en el crecimiento del comercio mundial en relación con la expansión general del PBI global en los últimos años, la extrema retórica proteccionista proveniente de gente como Donald Trump es un motivo de preocupación.
Sin embargo, una mirada más profunda a las cifras sugiere que el aumento de las medidas proteccionistas se concentra en mecanismos bien establecidos como derechos aduaneros antidumping y aquellos que recaen sobre importaciones subsidiadas por el estado. El aumento está dentro de los límites normales dado el estado de la economía mundial. Los gobiernos deberían usar la discreción que tienen para limitar el uso de tales medidas, pero deben evitar que formas de proteccionismo más traicioneras y encubiertas distorsionen el comercio.
Los datos de la OMC indican que en los siete meses hasta mediados de mayo de 2016, las economías del G20 introdujeron 145 medidas restrictivas del comercio, la cifra más alta desde 2009. De ese total, 89 fueron las tradicionales medidas "de defensa comercial", principalmente antidumping y aranceles compensatorios apuntados a importaciones con precios injustamente bajos o subsidiados por el estado.
Eso no sorprende. Las caídas en los precios de las materias primas durante los últimos dos años, particularmente de productos como el acero donde hay una evidente sobreabundancia global, ayudaron a los productores locales a justificar que ellos se ven perjudicados por las importaciones y, por lo tanto, merecen protección. Sin embargo, éste es un fenómeno habitual que, si bien es lamentable, no necesariamente tiene implicancias mayores para el proteccionismo y el comercio mundial.
Definitivamente, el episodio pone en relieve las fortalezas y debilidades de las leyes antidumping locales que aplican varios países. Estados Unidos, por ejemplo, tiene normas que legalmente son libres de gravámenes pero tienden a derivar en enormes aranceles antidumping. El mes pasado el Departamento de Comercio anunció un arancel de más de 200% sobre el acero resistente a la corrosión proveniente de China.
La Unión Europea cuenta con un mecanismo más opaco que, sin embargo, tiene más sentido económico, ya que permite a las autoridades tener en cuenta el efecto de los aranceles antidumping y, por lo tanto, las importaciones más caras en toda la economía europea.
Las medidas de defensa comercial, si bien tienen menos sentido para los economistas, cumplen la función de válvula de seguridad política y probablemente sean una necesidad lamentable. Pero de alguna manera los gobiernos deberían usar la discreción que tengan para limitar su uso. En el caso de Estados Unidos, si bien la naturaleza legalista de su régimen antidumping no va a cambiar, la administración podría al menos dejar de tratar de defender sus aspectos más indignantes de la disputa legal en la OMC. Los gobiernos deberían evitar el exceso de confianza en la que se confinó el proteccionismo. Por un lado, hay muchos cambios regulatorios sutiles que se pueden usar para mantener alejados a los productores extranjeros. Pero las herramientas tradicionales de defensa comercial se han utilizado más o menos como se esperaba. Las barreras a las importaciones siempre son una causa de preocupación pero no son, tal como están las cosas, un motivo de gran alarma.