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El largo ocaso de las grandes petroleras

Las asambleas anuales de accionistas que se hicieron la semana pasada en algunas de las compañías petroleras más grandes del mundo se parecieron a sesiones de terapia para una industria que sufre angustia existencial. El objetivo internacional de sostener el incremento de las temperaturas globales “por debajo” de los 2ºC, acordado en la cumbre climática de París el año pasado, implica la obsolescencia de toda producción de combustibles fósiles dentro de las próximas décadas. Los grupos petroleros todavía no aceptan lo que eso significa exactamente.
Si los gobiernos mantienen ese compromiso, las compañías de combustibles fósiles tendrán que buscar maneras de que sus productos no emitan gas de efecto invernadero, o cambiar a la energía renovable, o salir del negocio. En las asambleas anuales de los grupos petroleros, incluyendo ExxonMobil y Royal Dutch Shell, esa perspectiva fue discutida por ejecutivos y accionistas sin un resultado concluyente.
Al menos en su presentación pública los grupos europeos, entre ellos Shell y Total, están más dispuestos a enfrentar la amenaza del cambio climático que sus rivales norteamericanos. Si bien aceptan las conclusiones de las ciencias climáticas, Exxon y Chevron recalcan la importancia de la seguridad energética y de que sea razonable el costo de reducir las emisiones.
El pedido de los inversores para que las compañías norteamericanas evalúen cómo les iría a sus operaciones cumpliendo con la política del alza de la temperatura de 2ºC recibió el rechazo de sus directorios y los accionistas votaron en contra, si bien con un sustancial apoyo minoritario. Las principales petroleras europeas comenzaron a publicar sus visiones de cómo tales restricciones las afectaría, pero siguen reacias a explorar en detalle qué significaría ese panorama para sus decisiones de inversión y futuras ganancias.
Las simulaciones publicadas por la revista Nature el año pasado sugieren que para mantenerse dentro del límite de 2ºC, cerca de una tercera parte de las reservas mundiales de crudo y la mitad de las reservas de gas tendrían que no quemarse. Eso no significa que las petroleras tengan que abandonar todas sus inversiones en producción futura. Las distintas reservas tienen diferentes posibilidades, dependiendo de los costos de producción. El shale oil en Estados Unidos, por ejemplo, probablemente tenga más potencial de crecimiento que las arenas bituminosas de Canadá.
Sin embargo, en general el mensaje es difícil de escuchar para los inversores y equipos gerenciales: el margen de crecimiento es limitado, y en el largo plazo la producción tendrá que disminuir más que aumentar.
Una opción para escapar de esas limitaciones es que las grandes petroleras mismas formen parte de la transición energética. Total, que tiene los planes de diversificación más ambiciosos, se fijó la meta de tener en 2035 el 20% de sus activos en energía de baja emisión de dióxido de carbono.
Pero décadas de emprendimientos poco exitosos en energía alternativa -como la iniciativa Beyond Petroleum de BP- sugieren que es poco probable. Los fuertes cambios en otras industrias, desde las computadoras hasta los taxis, en general son encabezadas por nuevos participantes y no por los existentes.
En vez de invertir en proyectos de petróleo y gas que podrían vararse, o apostar a tecnologías nuevas que no comprenden en su totalidad, sería mejor que las petroleras sigan devolviendo dinero a los accionistas a través de dividendos y recompras de acciones.
El compromiso que asumieron Chevron, BP y la mayoría de los otros grupos de mantener sus dividendos durante la crisis, aunque tengan que endeudarse para eso, es un reconocimiento alentador de esa realidad, aún cuando las compañías no lo digan en esos términos.
En vez de despotricar contra las políticas climáticas, o hablar de la boca para afuera mientras en voz baja las desafían con decisiones de inversión, las compañías petroleras servirían más dignamente a los inversores y a la sociedad si aceptaran las limitaciones que enfrentan, y abrazaran un futuro de declive en el largo plazo.