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El gobierno de Brasil espera que este sea un año de reactivación económica

Los escándalos de corrupción y tragedias en las cárceles alteraron la vida de los brasileños, pero la opinión pública aún tiene esperanzas de crecimiento

El gobierno de Brasil espera que este sea un año de reactivación económica

Una serie de terribles motines carcelarios marcaron un lamentable comienzo de 2017 para el presidente brasileño Michel Temer. Y la fallida respuesta ante los disturbios no hizo mucho por reparar su menguante popularidad, a la vez que el anticipado repunte económico no se materializa y los empleos siguen perdiéndose a un ritmo alarmante.

La amenaza de una crisis de seguridad incrementó la presión sobre su administración conforme se apresura a pasar impopulares reformas pro-crecimiento a través de un Congreso infamemente obstructivo. Hasta ahora, sin embargo, el gobierno se anotó una serie de éxitos en el programa legislativo. Los analistas esperan que la ausencia de cualquier rival creíble ayude a Temer a seguir adelante con la implementación de reformas más difíciles a pesar de la carencia de un mandato popular.

Al menos 97 presos murieron en tres incidentes en cárceles superpobladas y caóticas al norte de Brasil. Los analistas culparon directamente al sistema penitenciario.

El año pasado el Ministerio de Justicia reservó u$s 751 millones en 2016 para llevar a cabo mejoras en las prisiones, pero no los desembolsó, según Contas Abertas, una organización no gubernamental que monitoriza el gasto público.
El primero de los disturbios ocurrió en la ciudad amazónica de Manaos la noche del 1 de enero. Fue sólo hasta el 5 de enero que Temer hizo declaraciones públicamente, calificando la masacre como un terrible "accidente" y provocando escarnio en las redes sociales.

La situación empeoró cuando un joven secretario le dijo a un bloguero del grupo de medios O Globo: "Deberían haber matado más. Deberían tener una masacre cada semana". El secretario fue retirado de su cargo.

Pero si bien esa insensibilidad era demasiado extrema para el gobierno, concuerda con una opinión popular en Brasil de que el único buen bandido es un bandido muerto; el gobernador del estado de Amazonas señaló que "ningún santo" había muerto en las masacres.

"El gobierno es claramente inepto y la élite liberal está horrorizada, pero en el fondo la población no está preocupada por lo que sucede en las cárceles", comentó Oliver Stuenkel de la Fundación Getúlio Vargas (FGV) en San Pablo.
Si la guerra de pandillas carcelarias se volcara a las calles -como sucedió en 2006- sería diferente. Por el contrario, una preocupación popular más inmediata es el fracaso de la economía en recuperarse después de contraerse cerca de un 8% durante los últimos dos años.

Cuando a mediados del año pasado el Congreso destituyó a Dilma Rousseff, un sinnúmero de personas supusieron que las cosas mejorarían rápidamente. Pero el crecimiento esperado no sucedió. Para este año cayó la estimación del 1,4% en septiembre al 0,5% actual, según una encuesta del Banco Central.

Los más recientes datos muestran que se perdieron 116.000 empleos en noviembre, muchos más de los que se anticipaban. Los analistas de Itaú Unibanco señalaron que "el mercado laboral continúa deteriorándose, incrementando el desempleo. Es probable que esta tendencia continúe durante los próximos meses".

También cerniéndose sobre el gobierno se halla la colosal investigación de corrupción "Lava Jato". En su más reciente etapa, 77 empleados del grupo constructor Odebrecht han entrado en negociaciones con los fiscales. Las filtraciones a los medios locales sugieren que Temer puede estar implicado, pero él lo niega.

Entre los miembros del gobierno de Temer que, en conjunto, hicieron expulsar a Rousseff por alterar las cuentas públicas, numerosos se consideran personalmente mucho más corruptos que ella. De hecho, varios están bajo investigación, mientras que pocas personas, si acaso existe alguna, acusan a Rousseff de haberse enriquecido.
Sin embargo, a pesar de los aspectos de mala reputación de la administración, junto con la ineptitud y la caída de la popularidad – el 77% de la población desaprueba a Temer y sólo el 15% lo aprueba, según la más reciente encuesta – mientras que las crisis de seguridad y de corrupción se mantengan contenidas, es improbable que la economía derroque a Temer como lo hizo con Rousseff.

Porque el gobierno ha demostrado que puede obtener resultados. David Fleischer, un politólogo, enumera 13 iniciativas legislativas significativas que fueron aprobadas (como un tope en el gasto público), parcialmente aprobadas (una mayor supervisión de los contratos públicos), o que se encuentran en etapas avanzadas de preparación (como la extremadamente necesaria reforma de la seguridad social).

"Incluso con todos sus errores, son operadores", agregó Stuenkel. "Saben cómo hacer funcionar la maquinaria".
Temer puede sentirse aliviado de saber que pocos brasileños tienen la fortaleza para enfrentarse a otro traumático cambio de gobierno, especialmente sin un "salvador" evidente en espera de tomar el mando. En cualquier caso, él dimitirá después de las elecciones de octubre del próximo año.

Tal y como le declaró Wellington Moreira Franco, un alto secretario gubernamental, al Financial Times: "Ninguno de nosotros estará en el gobierno después de 2018. Sabemos que tenemos una labor que realizar: arreglar la economía".
Con la elección aproximándose, 2017 será el año para que cumplan con esa tarea. Es una pena que haya comenzado tan desfavorablemente.

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