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El establishment de Washington se acerca a la política exterior de Trump

La diplomacia de la Casa Blanca comenzó a mirar con ojos menos críticos al presidente luego del bombardeo a Siria, una acción más próxima a la tradición norteamericana que a Vladimir Putin

Usualmente no suele ser motivo de celebración cuando EE.UU. lanza ataques con misiles en Oriente Medio. Pero no se disimuló el alivio y el placer con que la clase dirigente saludó la decisión de la administración Trump la semana pasada al desencadenar un ataque con misiles de crucero sobre Siria. Los columnistas de los periódicos liberales, los senadores de línea dura y los embajadores aliados se unieron en su aprobación.

Su reacción reflejó una repulsión generalizada por el uso de armas químicas por parte del régimen de Assad contra civiles y niños. Pero una razón subyacente crucial para el zumbido de satisfacción en Washington es la esperanza de que las acciones del Presidente Donald Trump demuestren que el policía del mundo está de vuelta.

El establishment que monopoliza la política exterior de Washington - grupo a menudo ridiculizado en la Casa Blanca de Barack Obama- sostiene que la disposición a usar el poder militar es crucial tanto para la posición global de EE.UU. como para la estabilidad del orden mundial. El fracaso de Obama en utilizar la fuerza para respaldar una "línea roja" estadounidense sobre el uso de armas químicas en Siria en 2013 generó un malestar generalizado entre el grupo. Y la retórica aislacionista de la elección de Trump condujo a algo cercano a la desesperación y a los temores de una abdicación completa del poder de EE.UU.

Así que la repentina conversión de la Casa Blanca de Trump a la intervención militar en Siria ha sido aclamada como un punto de inflexión. Mientras tanto, los más ardientes defensores nacionalistas de Trump están horrorizados. Ann Coulter, autora de "In Trump We Trust", tuiteó su consternación preguntando: "¿Por qué involucrarse en otra catástrofe musulmana?"

Los ataques en Siria han cristalizado una creciente sensación de que las políticas extranjeras y de seguridad perseguidas por el gobierno de Trump podrían resultar más convencionales de lo que sus críticos temían, y de lo que sus nacionalistas partidarios esperaban.

En las últimas semanas, las señales de un cambio hacia el pensamiento convencional se han acumulado. Trump ha fracasado notoriamente en el cumplimiento de algunas de sus más radicales promesas de política exterior. No ha eliminado el acuerdo nuclear de Irán. No ha movido la embajada estadounidense en Israel a Jerusalén. Ha cambiado su postura de hostilidad abierta hacia la UE a un apoyo cauteloso. No ha celebrado una cumbre "bromántica" con Vladimir Putin.

Apenas un par de días antes de los ataques Siria, se anunció que Steve Bannon, estratega principal del presidente y mayor promotor del nacionalismo "Primero EE.UU." en la Casa Blanca, perdió su escaño en el Consejo de Seguridad Nacional. El general Michael Flynn, quien comparte muchos de los instintos radicales de Bannon, fue despedido como jefe del NSC en febrero. Ha sido reemplazado por el Teniente General HR McMaster, un hombre que es venerado por la clase dirigente. Algunos de los nombramientos en los niveles inferiores del NSC también enviaron un mensaje interesante. La nueva directora para Rusia y Europa en el NSC es Fiona Hill, una destacada crítica de Putin, que proviene del Brookings Instution, un centro de estudios centrista.

Los ataques en Siria ocurrieron mientras Trump recibía a Xi Jinping, su homólogo chino. El resultado de la primera cumbre entre EE.UU. y China de los años Trump fue, una vez más, mucho más convencional que su retórica de campaña. Durante las elecciones, como candidato Trump acusó a China de "violar" a EE.UU. y amenazó con elevar los aranceles punitivos sobre los productos chinos. Prometió que no invitaría a los líderes chinos a comidas de lujo, sino que los llevaría a McDonald's. Durante la visita, Trump ofreció a Xi pescado con salsa de champán en Mar-a-Lago y salió de la cumbre ronroneando sobre la maravillosa relación que había establecido con el líder chino. Las discusiones sobre aranceles y enfrentamientos marítimos dieron paso a los habituales y aburridos compromisos de establecer grupos de diálogo y estudio. Los chinos tenían muchas razones para estar contentos, aunque un poco perplejos.

Algunos en Washington, no obstante, esperan que la coincidencia entre los ataques en Siria y la cumbre de Xi pueda servir a un propósito útil: enviar un mensaje a Corea del Norte, Rusia, China y otros de que EE.UU. tiene nuevamente un líder que se siente cómodo con el uso de la fuerza militar.

Pero los tradicionalistas de la política exterior deben tener cuidado al celebrar la aparente conversión de Trump. Los ataques en Siria podrían ser un punto de inflexión, en la dirección equivocada. Se presentan tres riesgos particulares. En primer lugar, el cambio de postura de Trump sobre el régimen de Al-Assad demuestra su volatilidad. Si puede cambiar un año de retórica sobre Siria en 24 horas, podría fácilmente cambiar de parecer nuevamente en respuesta al próximo evento impactante.

En segundo lugar, hay un riesgo de que el presidente, que está obsesionado con la percepción de las encuestas, se dé cuenta de que los ataques han impulsado su popularidad y desarrolle el gusto por este tipo de cosas. Pero el uso posterior de la fuerza, en Corea del Norte o en otros lugares, podrían ser mucho más riesgosos que lanzar unos misiles de crucero a una base de la fuerza aérea siria.

Por último, existe el evidente peligro de una escalada en Oriente Medio. Hay pocas señales de que Trump haya pensado en los pasos a tomar después del ataque con misiles de crucero. Pero los riesgos y las contradicciones de la acción militar en Siria son evidentes, y van desde una respuesta militar rusa hasta ganancias para los yihadistas del Estado Islámico. Por ahora los miembros del establishment relacionado a la política exterior deberían poner el champán de vuelta en la heladera y permanecer atentos.