El argentino es un mercado liliputiense

Cada vez que la presidenta Cristina Fernández va a la televisión para contarle al país otro plan para que los bonos reestructurados argentinos se liberen del embargo impuesto por los tribunales norteamericanos algo que hace a menudo interpreta un papel. Es el rol de la soberana indignada de un gran país con un gran mercado: se ubica detrás de un escritorio, sentada sobre una amplia silla ornamentada con la bandera que cae a un lado y dicta una clase magistral.

Pero si observamos a las compañías más grandes de la Argentina, lo que esa imagen muestra está bastante lejos de la realidad. Sólo trece tienen un valor empresa superior a u$s 1.000 millones, según muestran datos de S&P Capital IQ. Hay una enorme diferencia entre YPF, la petrolera con un valor empresa de u$s 22.000 millones, y el siguiente grupo más grande, Telecom Argentina, valuada en u$s 4.900 millones. En sexto lugar (en u$s 2.500 millones) se ubica Arcos Dorados Holdings, que es la mayor franquicia de McDonalds en América latina.

Este es un mercado liliputiense. Su capitalización es reducida porque desde el extranjero no pueden o no quieren abastecerlo de capital, especialmente de deuda, mientras el soberano se mantenga aislado. Los holdouts pueden bloquear sus intentos de adquirir préstamos en el exterior. Eso también deja a las grandes compañías en una posición vulnerable. YPF, que es del gobierno, tiene una rentabilidad del capital de 12,5%. Telecom Argentina, que pertenece mayormente a un fondo de pensión nacional, debe pagar cerca de 14%. No hace falta decir que podrían financiar sus deudas por mucho menos. (Actualmente Telecom Argentina no tiene deuda).

Por lo tanto, es tentador apostar a que las acciones rápidamente subirán de valor si la Argentina resuelve su default arreglando con los holdouts. El obstáculo para acceder al mercado de deuda es artificial. Pero hoy la pregunta es si lo va a resolver y no cuándo lo hará. El último plan de la presidente es pagar los bonos reestructurados en su país. Eso implícitamente es renunciar a los mercados internacionales, y se corre el riesgo de que estalle una crisis cambiaria si los fondos de dólares estadounidenses se ponen más difíciles. Las compañías se beneficiarían si terminara el aislamiento. Pero esa es tarea del soberano.

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