El Covid-19 logró que la mano del Estado sea más visible, pero necesita un buen control

La oportunidad que tienen los gobiernos de tener una mayor participación en la economía nacional no debería dar lugar al nepotismo, amiguismo y corrupción

A donde vayamos hoy vemos desinfectantes de manos. Antes era un producto de nicho, ahora se los promociona como una de las medidas de protección más efectivas contra el coronavirus. Pero eso es símbolo de un cambio mucho más amplio: en la pandemia, la mano invisible del mercado está dando paso a la mano visible del Estado.

La gran pregunta no es si el Estado volverá, sino qué forma tomará su presencia. ¿Será una mano atenta, que brinde asistencia económica y social sin dañar a la actividad empresaria privada, o una mano apropiadora de elites oligárquicas, que éstas usarán en su propio beneficio económico y político?

La respuesta no es tan clara como debería ser. La caída del comunismo en los '90 demostró sin duda que esos estados no habían logrado dirigir una economía moderna. La solución lógica era adoptar el modelo occidental de economía basada en el sector privado, donde la principal función del Estado era establecer instituciones para que el mercado funcionara.

Desde entonces, la crisis financiera y la recesión de 2008, la creciente desigualdad económica y la crisis del cambio climático generaron el deseo de que el Estado tuviera un rol más importante en la economía. En las encuestas realizadas en 2017-20 en las economías poscomunistas, el 45% de los consultados se mostraron a favor de que haya más empresas estatales.

El Covid-19 ha acelerado esta tendencia y quizás haya cambiado las preferencias de manera permanente. Quedó demostrado que las anteriores epidemias redujeron la confianza de la población en las instituciones que sustentan las economías de mercado y la democracia, mientras que los que llegan a la edad adulta en medio de grandes recesiones tienden a tener opiniones más positivas sobre la propiedad pública y la redistribución de los ingresos. Los que entran en la adultez durante una epidemia están cerca de 2 a 4 puntos porcentuales menos dispuestos a apoyar la propiedad privada.

Cuando los gobiernos apuntalan a las empresas privadas en dificultades adquiriendo participaciones en el capital o la totalidad de las mismas, surgen serias preocupaciones. ¿La mayor participación del Estado politizará los cargos gerenciales de esas empresas? ¿Llevará al nepotismo y creará intereses personales que más adelante impida que sean privatizadas de manera transparente?

Los bancos estatales son cada vez más importantes en muchas economías de las regiones donde opera el Banco Europeo para la Reconstrucción y Desarrollo (BERD). El Banco Nacional de Egipto, el PKO de Polonia y el Sberbank de Rusia son actores poderosos en sus regiones, y en algunos casos más que poderosos. Muestran mayor interés por asumir riesgo, por ejemplo, otorgando crédito a compañías jóvenes rechazadas por el sector privado. Pero algunos son susceptibles de la intromisión política, lo que puede llevar a que el crédito sea direccionado hacia las localidades donde el partido gobernante enfrenta elecciones muy reñidas.

Por lo tanto, es urgente mejorar la gestión de las empresas estatales y de los bancos estatales. No deberían recibir un apoyo financiero indirecto que les confiera una ventaja sobre los competidores privados: ni financiación ni tratamiento fiscal preferencial, ni restricciones presupuestarias blandas, ni insumos subvencionados (como la energía o el agua). Las empresas estatales con poder de regulación sobre su sector deben ser eliminadas (por ejemplo, en los sectores de la electricidad y el gas). Las transacciones entre las empresas públicas deben hacerse basadas en términos puramente comerciales. De lo contrario, la expansión de la propiedad estatal inclinará el campo de juego frente al sector privado.

Las consecuencias de la mayor participación del Estado dependerán fundamentalmente de la calidad de las instituciones y de la gobernanza pública. Los países con instituciones débiles, podrían dirigirse hacia un cóctel tóxico de corrupción, nepotismo y privatización entre amigos, como ocurrió con el comunismo. En los casos en que mejoren, la mano atenta del Estado puede guiar la transición hacia una economía ecológica, prestando un apoyo esencial de manera transparente y adoptando políticas con vistas al futuro.

Una vez más, las economías de las regiones del BERD se encuentran frente a un dilema: las decisiones sobre sus políticas e instituciones definirán cuál será el camino que tomen en las próximas décadas.

 

Traducción: Mariana Oriolo

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