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Draghi lucha por mantener la credibilidad del BCE

El encuentro del consejo de gobierno del Banco Central Europeo (BCE) esta semana fue notable no tanto por lo que el BCE no hizo, sino por lo que no dijo. La decisión de mantener la política monetaria sin cambios por el momento es razonable, dado que la mayoría de las proyecciones económicas no registraron cambios y hay una serie de datos que sugieren que el crecimiento de la Eurozona siguió siendo sólido durante el verano boreal.
Sin embargo, es preocupante que Mario Draghi no se haya explayado sobre qué acciones tomará el BCE si fuera necesario aplicar un mayor estímulo en los próximos años.
El BCE comparte el dilema que enfrentan todos los grandes bancos centrales: cómo encontrar fuentes nuevas de estímulo cuando ya han colocado la política monetaria en terrenos desconocidos.
Su política de tasas de interés negativas está siendo efectiva, pero recibe la feroz oposición de los bancos cuyas ganancias se ven amenazadas. No hay sobre la mesa opciones más radicales.
El rumbo más evidente que tendría que tomar el BCE, si necesitara ablandar aún más la política, sería ampliar su actual programa de flexibilización cuantitativa.
El problema es que podría tener problemas para cumplir incluso con su actual compromiso _el de comprar activos por 80.000 millones de euros mensuales hasta marzo de 2017_, a menos que suavice sus criterios sobre los activos que cumplen con los requisitos.
Habrá una oposición política fuerte, en particular desde Alemania, a cualquier cambio de normas que pueda exponer a los bancos centrales a incurrir en pérdidas, o al desvío de las compras de activos hacia los bonos de países más endeudados.
Había una especulación antes de la reunión de esta semana en torno a que Draghi podía sin embargo anunciar el compromiso de extender la duración de la flexibilización cuantitativa. Por el contrario, el presidente del BCE reconoció los problemas técnicos con el diseño del programa, el cual está bajo evaluación de comisiones internas; pero aseguró que no hay dudas de la voluntad, la capacidad y la habilidad que tiene el BCE para tomar medidas.
Tales afirmaciones quizás sirvan para satisfacer la necesidad inmediata, pero no serán sostenible en el largo plazo a menos que el BCE también pueda explicar cuál es el próximo paso que tomaría.
Draghi tiene motivos para asegurar que el estímulo del BCE está funcionando: las políticas que persiguió desde 2012 han apuntalado a sostener la recuperación que ahora se ve impulsada por el gasto de los consumidores y no por la demanda de exportaciones, que es poco constante. Sin embargo, el crecimiento sigue muy por debajo del nivel necesario para impulsar mejoras sostenidas en los estándares de vida.
Además, si bien la inflación va a subir, los pronósticos del BCE muestran que el índice de aumento de precios está a punto de quedar por debajo de la meta, sin que haya "ninguna tendencia al alza convincente" en las presiones de precios. Muchos economistas esperan que el BCE se vea obligado a actuar.
Cada vez es más difícil para el Banco Central sostener que las expectativas de inflación siguen ancladas.
Draghi puede sentir cierto consuelo con las expectativas razonablemente estables provenientes de los pronosticadores profesionales, pero también se vio obligado a admitir que las novedades de la economía real, como el lento crecimiento de los salarios en Alemania, son preocupantes.
El estímulo del banco central está teniendo un efecto; y necesita apoyo político, demanda que no sea obstaculizado. La Eurozona estaría en una mejor posición ahora si el BCE hubiera podido avanzar más – y hacerlo contando con el apoyo a la política fiscal proveniente de los gobiernos en condiciones de brindarlo.

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