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Donald versus Hillary, empieza la batalla por la Casa Blanca

La pelea por alcanzar la presidencia de EE.UU. se desarrollará entre los insurgentes y el populismo nacionalista frente al establishment y el internacionalismo convencional

Donald versus Hillary, empieza la batalla por la Casa Blanca

La política norteamericana nunca será igual. Hace menos de once meses, Donald Trump lanzó su candidatura presidencial. El resto de nosotros nos moríamos de risa. Ahora es el nominado del Partido Republicano.
Por primera vez en la historia moderna, uno de los dos partidos elegirá a una persona que explícitamente se opone a la globalización y al libre comercio. Rara vez en la historia demócrata un partido de fuertes raíces ha invertido totalmente su visión del mundo, ni hablar de la celeridad.

En la noche del martes, efectivamente, empezó la elección general de Estados Unidos. Está en juego el lugar que ocupa Norteamérica en el mundo. La contienda entre Trump y Hillary Clinton hará añicos numerosos precedentes.
Olvidemos la competencia entre republicanos y demócratas. La pelea será entre insurgentes y el establishment, entre hablar sin pensar y la corrección política, entre disrupción y seguir como siempre, y entre el populismo nacionalista y el internacionalismo convencional.

En particular, también será una contienda entre un candidato que nunca obtuvo un cargo electivo contra otro que durante toda su vida se preparó para este momento.
En el planeta Tierra, el resultado debería ser obvio. Trump insultó en forma serial a muchos grupos de norteamericanos que juntos representan la mayor parte del electorado estadounidense, una mayoría aplastante si se agregan a las mujeres.

Además, ningún candidato presidencial estuvo cerca de ganar una elección general.
No se puede confiar en ninguno de los parámetros habituales. El manual de reglas políticas señala que un candidato sólo puede obtener la nominación de su partido si cuenta con múltiples apoyos de pesos pesados, una fenomenal maquinaria de recaudación de fondos y un equipo de asesores experimentados. La campaña de Trump triunfó pese a no tener nada de eso. Ahora habrá que ver con qué rapidez incorpora esos elementos.

Olvidemos la campaña #NeverTrump (Nunca Trump) respaldada por tantos republicanos del establishment. Los profesionales saben cuándo se viene una tendencia popular. Y ya hay señales de que está cambiando a #HelloDonald! (Hola Donald).

Olvidemos también el fantasma de los disturbios en las calles de Cleveland. La posibilidad de una convención republicana ajustada desapareció en Indiana en la noche del martes. Por el contrario, será la coronación de Trump.
Ahora hay que concentrarse en las graves debilidades de ambos presuntos nominados.

La cruz más pesada que lleva Clinton es su bajo índice de confianza, la mayoría de los norteamericanos simplemente no califica su integridad. Algunos miembros de su campaña están debatiendo la idea de que ella pronuncie un discurso en el que enfrente ese déficit de confianza, de la misma manera que John F. Kennedy abordó explícitamente su catolicismo en 1960 y que Mitt Romney hizo con menos éxito en relación a su mormonismo en 2012. Cualquiera sea el formato, Clinton tendrá dificultades para abrirse camino en otros temas si desconfían de ella aún antes de que abra la boca.

El problema más grande de Trump es la demografía. Tras alentar a sus seguidores para que acosen a los activistas afro-americanos, demonizar a los inmigrantes hispanos ilegales y hacer repetidos comentarios despectivos sobre las mujeres, Trump empezará la carrera con una desventaja matemática enorme. Tendrá que obtener una elevada porción de los votos de ciudadanos blancos (algo improbable) para tener alguna posibilidad de ganar en noviembre. Pero este año ya han sucedido cosas más extrañas.

Como el posible perdedor de la carrera, Trump mantendrá una constante ventaja de imprevisibilidad. Estará encantado en hacer tropezar a Clinton cada vez que pueda. También la hará blanco del tipo de insultos que eran tabú en la política norteamericana tradicional hasta que él llegó.

En resumen, no confiemos en el sentido común. Los antiguos remedios secretos perdieron importancia. Los próximos seis meses quizás nos ofrezcan la saga política más fascinante de la era posmoderna.
"Vamos a convertirnos en un hermoso país amoroso otra vez", dijo Trump el martes a la noche tras las primarias en Indiana. Intuyo que él en eso se equivoca.