Donald Trump cometió un acto de vandalismo diplomático

La decisión del presidente Donald Trump de cumplir con su promesa de campaña de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y, eventualmente, trasladar la embajada estadounidense a esa ciudad, es un acto de vandalismo diplomático. Lo más curioso es que es muy probable que nadie se beneficie de ello, o al menos nadie interesado en la paz. Ni siquiera el propio Trump.

Ha logrado que todos se unan en su contra, incluyendo a sus aliados más cercanos de la región; provoca indignación entre los musulmanes; alimenta la retórica de los extremistas; y, no por primera vez, ha disminuido a Estados Unidos a los ojos del mundo. Tampoco ha servido a los intereses de Israel, aunque algunos israelíes podrían estar en desacuerdo.

Jerusalén ha estado en el centro de los esfuerzos de pacificación en Medio Oriente desde la partición en 1947 cuando las sensibilidades en torno al estatus de la ciudad (y su importancia como lugar sagrado para judíos, musulmanes y cristianos por igual) llevaron a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a tratarla inicialmente como una entidad separada del Estado judío.

Aunque Israel siempre ha reclamado que la ciudad santa sea su capital, ningún país hasta ahora la ha reconocido como tal.

Y es por una buena razón; la misma razón por la que otros presidentes estadounidenses se negaron a cumplir la ley del Congreso de 1995 que obliga a Estados Unidos a trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Reconocer el reclamo de Israel en cuanto a la ciudad no sólo obstaculizará las esperanzas de los palestinos de reclamar su propia capital en Jerusalén oriental ocupada, también rompe un acuerdo dentro del tratado de paz de Oslo de 1993, que sostiene que el estatus final de la ciudad se resolvería mediante la negociación. También unirá a los musulmanes en contra de Israel en un momento en que el sentimiento anti-israelí era relativamente moderado.

Al jefe de Estado norteamericano se le advirtió sobre esto en términos muy claros. Los turcos han amenazado con romper relaciones diplomáticas con Israel. Saeb Erekat, el negociador de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), dijo que la medida descalificaría a Estados Unidos para desempeñar "cualquier rol en cualquier iniciativa para lograr una paz justa y duradera".

Hamas, el grupo islámico que controla la Franja de Gaza, ha amenazado con una nueva intifada. El rey Abdullah de Jordania, que tiene firmado un tratado de paz con Israel, advirtió que reconocer a Jerusalén como la capital de Israel permitiría a los terroristas "difundir sus ideologías".

Además, aunque Trump ha afirmado que no está adoptando una postura con respecto al estatus final de la ciudad, perjudicó sus propios planes de intermediar un acuerdo entre Israel y los palestinos al resolver uno de los asuntos más explosivos en favor de Israel.

Para alguien que se jacta de ser el sumo negociador de acuerdos, es extraño que haya jugado esta carta antes de que las conversaciones hayan comenzado.

Es raro también porque complica la vida de Arabia Saudita, los interlocutores elegidos por él mismo en la región, que también se oponen firmemente. Tienen pocas alternativas. El rey saudita es el autodenominado líder del islam sunita y la mezquita al-Aqsa en Jerusalén es considerada el tercer sitio más sagrado en el islam, después de las mezquitas en La Meca y Medina.

Y constituye un golpe para el príncipe heredero Mohammed bin Salmán, que viene actuando como intermediario entre los palestinos y Jared Kushner, yerno y enviado de Trump para la región. Sobre todo, al tomar partido en un tema central en el conflicto entre Israel y Palestina, el presidente norteamericano ha eliminado cualquier noción residual de que Washington puede actuar como intermediario honesto.

El estatus de Jerusalén siempre ha sido una bomba de tiempo. Ahora el temor es que el presidente de Estados Unidos ha encendido la mecha.

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