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Después de la tormenta, un indicio de normalidad

Theresa May ha mostrado tener la crueldad necesaria para ser primera ministra. Apenas horas después de haber asumido el cargo, despidió a algunos de los miembros más ilustres del gabinete de David Cameron, particularmente el ministro de Hacienda George Osborne.
Habiendo tomado el control, ella ahora enfrenta la crucial tarea de darle forma al nuevo rol que tendrá Gran Bretaña en Europa y el resto del mundo.
Semanas después del referéndum, este dejo de gobierno firme es bienvenido. La decisión del Banco de Inglaterra de mantener las tasas ha sido, en retrospectiva, también sensata. Aporta a la sensación de que se está recuperando cierto grado de estabilidad, aunque el banco central las recorte el mes próximo.
May ofrece una visión de una Gran Bretaña más inclusiva que "trabaja para todos" y no para "los pocos privilegiados". Sus palabras reconocen el enojo del pueblo con el establishment que se cristalizó durante el referéndum de la UE. Será difícil conocer sus ambiciones, dado el pobre estado de la economía, el nivel de incertidumbre y su limitada mayoría de 12 bancas en la Cámara de los Comunes.
La primera ministra prometió cumplir con el Brexit. Pero ella también recalcó, y con razón, la importancia de mantener unido al Reino Unido. Eso implica que, cualquiera sea el acuerdo que llegue con la UE, tendrá que consultar a Escocia _que quiere quedarse en la UE_ sobre los términos del divorcio.
Brexit implica la revisión más profunda de que hace Gran Bretaña de su política exterior desde los años sesenta. El firme inicio de May no puede ocultar la escala del desafío que enfrenta. En ausencia de un plan concreto diseñado por la campaña por el Brexit, ella debe armar una estrategia que no divida su partido y que no paralice la economía. Debe confraternizar con los socios de la UE preocupados de que el Brexit contagie el continente.
El equipo de política exterior de May está encabezado por detractores de la UE. Eso hace de la necesidad una virtud, pero también es una medida política inteligente. Quienes lideraron la campaña por el Brexit ahora son los responsables de aplicar la política que ellos tan fervientemente querían para el país.
El nombramiento de Boris Johnson como ministro de Relaciones Exteriores fue el mayor foco de atención. El extravagante ex alcalde de Londres es responsable de una serie de metidas de pata y escandalosas declaraciones. Tiene mucho terreno por recuperar si es que quiere ganarse la confianza en el ámbito internacional.
Johnson es una voz resonante de un mayor coro de política exterior. David Davis, un eterno euroscéptico que fue nombrado ministro para la Salida de la UE, será el responsable directo de negociar con la Unión Europea. Liam Fox, el ministro de Comercio Exterior, tiene la poco envidiable tarea de firmar una serie de acuerdos comerciales con socios no miembros de la UE. May y la Oficina del Gabinete Ministerial tendrán la primera y la última palabra.
En política nacional, May con sensatez combinó continuidad con un par de manos seguras. Philip Hammond, el ministro de Hacienda, ya prometió relajar la austeridad para desviar el shock económico que provocó el referéndum a favor del Brexit.
La mayor incertidumbre gira en torno la visión de May de una economía más inclusiva. Combinado con sus anteriores promesas de incluir trabajadores en los directorios de las empresas y echarse encima del salario de los altos ejecutivos, ésto sugiere que está decidida a ocupar el centro político, aunque eso implique sacar ideas de la centroizquierda. Ella no debería perder de vista lo que hace que el Reino Unido sea globalmente competitivo: su mercado laboral flexible y abierto.