Lunes  16 de Octubre de 2017

Cómo acabar con el populismo en Europa

Cómo acabar con el populismo en Europa
Crecí en una Europa de certezas contrapuestas. Una de ellas imaginaba que estaríamos por siempre al borde de la guerra nuclear con la Unión Soviética. La otra sostenía que si solo se pudiese evitar una destrucción mutua garantizada, la democracia y el mercado asegurarían la prosperidad. Cada generación sería más rica que la anterior.

Tal como se dieron las cosas, la segunda certeza contribuyó a falsificar la primera. El fracaso económico derrotó al comunismo. Los hombres de gris en limusinas Zil de la época del secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética Yuri Andrópov podrían equiparar el misil termonuclear de Estados Unidos con el misil termonuclear. Las personas que tenían prisioneras tras un muro empezaron a darse cuenta de que el modelo occidental ofrecía una vida bastante mejor.

Para las democracias europeas, la Guerra Fría aportó un propósito compartido y una coartada. La lucha contra el comunismo fue una excusa para hacer la vista gorda a las numerosas guerras de poder libradas por Washington y Moscú en África y América Latina. Una vez que el imperio soviético colapsó, parecía evidente que el mundo más amplio tomaría a Europa como modelo.

Eso fue solo hace 25 años. La promesa actual de progreso ininterrumpido parece inestable. Para algunos, esto se debe a los cambios de poder a nivel mundial: el reajuste del equilibrio entre el este y el oeste, el norte y el sur implica que los estados emergentes ahora establecen los términos de la globalización. Pero, como en el caso del comunismo soviético, el mayor peligro está adentro. China no acabará con la democracia europea. Europa quizás.

La explicación más convincente de los crecientes motivos de queja y la pérdida de confianza en el antiguo orden político se encuentra en la encuesta de opinión en la que se pregunta a las personas si esperan una vida mejor para sus hijos. Ahora es más probable que los votantes digan que no. Creen que el avance hacia el progreso terminó.

Una vez que se llega a esta conclusión, el presente se convierte en un lugar mucho más oscuro. ¿Por qué soportar las dificultades y las iniquidades del aquí y ahora si el futuro sigue siendo sombrío? El dolor se agudiza cuando una pequeña minoría logra de hecho legar mucho poder y riqueza a sus hijos.

Esta caída en el pesimismo es en parte cíclica, un reflejo de casi una década de dificultades desde la crisis financiera mundial. Con esta medida a ella se aferran los optimistas, un buen período de crecimiento económico y mayores ingresos pondrán las cosas en orden. La eurozona está creciendo nuevamente y el desempleo está cayendo. Hay otro análisis que sostiene que los beneficios de la globalización y las tecnologías digitales eran irremediablemente desiguales mucho antes de la caída de Lehman Brothers. Los salarios medios se habían estancado y los banqueros se venían llenando los bolsillos desde la década de 1990. Si a esto le sumamos la desintegración cultural por la creciente migración, la puerta estaba abierta para que los populistas sembraran ira en el lugar de la esperanza perdida. Las élites apenas podían consigo mismas.

Otros seguirán diciendo que estamos ante una crisis existencial en que el capitalismo de Estado autoritario acabará con la democracia. Creo que ya pasamos por esto.

La lección que los líderes políticos de posguerra de Europa aprendieron a partir del colapso social de la década de 1930 fue que los excesos del mercado destrozaron el equilibrio sostenible entre democracia y capitalismo. Los ciudadanos no estaban dispuestos a aceptar un modelo de mercado que trasladaba todos los beneficios a las élites y los costos a los pobres.

En Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, entonces presidente, respondió con el New Deal. Europa esperó hasta que el continente quedó reducido a escombros en 1945 para construir lo que los británicos llamaron el estado de bienestar y los gobiernos continentales llamaron el modelo social europeo. La prosperidad económica y la estabilidad política fueron las recompensas.

La generación actual de políticos debería aprender de la experiencia. Defender un status quo que es evidentemente injusto en términos de distribución de riqueza y oportunidades sirve solo para poner las armas en manos de los populistas. Para recuperar la confianza es preciso que los líderes políticos vuelvan a imaginar la relación de la democracia con el capitalismo y la adapten a una era en la que la globalización y la tecnología generan profundas inseguridades económicas.

Socialistas anticuados como Jeremy Corbyn, dirigente del partido laborista británico, ya no tienen más respuestas que la derecha xenófoba representada por actores como el Frente Nacional de Marine Le Pen. El socialismo nacional fue puesto a prueba hasta su destrucción. Pero en la actualidad como después de 1945 los límites entre lo público y lo privado deben cambiar.

Generar confianza es sencillamente una cuestión de comportamiento. Las élites actuales deberían preguntarse desde cuándo es aceptable que los políticos pasen directo del cargo público a la sala de directorio; que los directores de bancos centrales se vendan a los bancos de inversión estadounidenses, y que los dirigentes empresariales cobren lo que se les antoje.

Una manera de volver a trazar los límites sería enfrentar a los grandes monopolios corporativos que evitaron la creación de riqueza para conseguir más ingresos; obligar a monstruos digitales como Google y Apple a que paguen algo más que sumas simbólicas de impuestos; garantizar que la inmigración no lleve a una reducción de los salarios, e implementar una formación seria y mercados flexibles.

Muchos europeos están enojados; otros, temerosos. No creo que quieran una revolución. Solo un equilibrio más justo y sentir que los políticos tradicionales están al menos de su lado. Podría decirse que lo que necesitamos es una economía social de mercado.

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