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Comey mostró los límites de la lealtad en Washington

Comey mostró los límites de la lealtad en Washington

El presidente de Estados Unidos tiene un impresionante poder. No es el jefe de una empresa familiar. El hecho de que Donald Trump no comprende esta distinción básica estuvo presente en cada aspecto de las declaraciones que hizo ayer James Comey ante el Senado norteamericano.

Lo que el ex director del FBI presentó ante el selecto Comité de Inteligencia no alcanzó a comprobar que hubo una obstrucción de la justicia. Según admitió Comey, Trump no le ordenó abandonar ninguna parte de la investigación sobre la intromisión rusa en las elecciones de 2016. Él simplemente expresó la esperanza de que el FBI lo deje de molestar.

Sin embargo, lo que queda claro es que la enorme preocupación de Trump era proteger su propia posición. Su actitud hacia las obligaciones y las normas que define el cargo de presidente se ubica en algún lugar entre la ignorancia y la indiferencia. En particular, quería lealtad personal por parte de su director del FBI.

En una cena para dos comensales en la Casa Blanca, el presidente informó a Comey que había otras personas con deseos de ocupar el máximo cargo del FBI y que él "esperaba lealtad". En la Oficina Oval, otra vez uno a uno, expresó su esperanza de que Comey "deje ir" la investigación del ex asesor de seguridad nacional Mike Flynn, a quien se vio obligado a despedir por tergiversar sus contactos con Rusia. También presionó al director del FBI para que reconfirme públicamente que él mismo no era el foco de la investigación. Comey, al ver que titilaba una una luz roja, inmediatamente decidió llevar un registro escrito de cada una de las conversaciones.

El director del FBI reporta al presidente por medio del departamento de Justicia. Al mismo tiempo, la necesidad de que el orden público sea independiente está más allá de toda duda. Desde J Edgar Hoover esta independencia ha sido fuente de fricción recurrente con la Casa Blanca, En este caso, la relación fue mala desde el día uno. La culpa es de Trump.

El presidente busca cultivar una relación de apoyo, dijo Comey. La sospecha de que Comey fue despedido por no aceptar el rol de cliente fue confirmada días después por las propias insensatas palabras del mandatario. Lo que es más sorprendente es que el ex director del FBI admitió que él mismo organizó una filtración de su conversación con Trump con la esperanza de que derive en la designación de un abogado especial para las acusaciones rusas.

Nada refleja mejor la ruptura total de la confianza entre el presidente y su máximo agente del orden público y, por lo tanto, dentro de las instituciones del gobierno norteamericano.

Que Comey haya hablado directamente con Barack Obama en dos oportunidades en los dos años y medio que él ocupó el cargo de jefe del FBI, y nueve veces con Trump en unos pocos meses, subraya aún más a anormalidad de Trump.

Los republicanos, encabezados por Paul Ryan, el vocero de la Cámara de Representantes, buscó quitarle importancia al significado del testimonio de Comey. En las propias palabras de Ryan, Trump "es nuevo en esto. Él es nuevo para el gobierno. Nadie puede negar que Trump es realmente un principiante en Washington. Sin embargo, para saber que el presidente no debería entrometerse en una investigación que toca a la Casa Blanca no se necesita un doctorado en política.

¿Qué significará el testimonio para la suerte política de Trump? Por si solo, probablemente poco. Su falta de respecto hacia las tradiciones de la política norteamericana y del establishment político fue lo que le permitió ganar las elecciones. Sus principales seguidores no se verán para nada conmovidos.

Lo que realmente importa ahora es cómo el relato de Comey encaja en la investigación sobre Rusia. Esa tarea debe seguir adelante sin ningún obstáculo. Trump haría bien en mantenerse a distancia. Su imagen recibió un terrible golpe; todavía es posible proteger su presidencia.

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