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Colombia: un acuerdo cruzado por intereses políticos

Colombia: un acuerdo cruzado por intereses políticos

Las muertes que se producen durante un cese del fuego se encuentran entre las más tristes. El 2 de octubre, los colombianos votaron en contra de un acuerdo de paz que se había sellado tras cuatro años de conversaciones entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Desde entonces, los negociadores de Santos y las FARC volvieron a la mesa para incorporar muchas de las reservas del bando del No, especialmente las de su líder, el ex presidente colombiano Álvaro Uribe. La semana pasada, Santos presentó un acuerdo revisado; esta semana sus negociadores se reunieron con Uribe para tratar de zanjar cualquier otra diferencia. Lamentablemente, Uribe y su equipo encontraron inaceptable el acuerdo revisado.

Más de una docena de personas murieron en el intervalo. Este frágil cese del fuego a un conflicto que ya se cobró 250.000 vidas podría desmoronarse. Si así fuera, todas las partes tendrán la culpa.
Santos, un presidente con muy baja popularidad, apuesta su presidencia a ponerle fin al conflicto más antiguo del hemisferio occidental. Pero, como perro tras un hueso, su valiente propuesta a veces se ha traducido en su único objetivo de lograr un acuerdo de paz –y los críticos dirían a cualquier costo. La percepción de que Santos quiere un lugar en la historia es un proyecto de vanidad –ya recibió el premio Nobel de la Paz– que sólo agudiza las críticas de sus opositores.

Además, ha impulsado los primeros esfuerzos de Uribe y su partido de la oposición por recuperar la presidencia en las elecciones de 2018, cosa que hacen mayormente desacreditando los esfuerzos de paz de Santos.

Mientras tanto, las FARC han tardado mucho en comprender el odio que les tiene la mayoría de los colombianos y, por lo tanto, la importancia de obtener el apoyo del pueblo para el acuerdo. Este reconocimiento y los temores a que el presidente electo norteamericano Donald Trump ofrezca un menor respaldo al proceso de paz que el presidente Barack Obama, podría explicar la rapidez con la que acordaron las revisiones. Entre ellas se encuentran algunas concesiones, como el requisito de que las FARC declaren todos sus activos –algunos de los cuales provienen del tráfico de drogas– para compensar a las víctimas. Sin embargo, los líderes de las FARC no cedieron en otros temas, como su habilitación para ocupar cargos políticos.

Esta es una línea roja para Uribe que, como muchos colombianos, llama a las FARC "narco terroristas". Sin embargo, los votantes pueden optar por no elegir a los líderes de las FARC que se postulen en elecciones parlamentarias, donde de todas formas es poco probable que su partido se convierta en más que una presencia menor. Además, la participación política ocupa el centro de todo proceso de paz; de hecho, reemplazar armas por votos es su raison d’être.

El impasse enturbia lo que sucederá después. Por ahora, Santos decidió seguir presionando. Firmará hoy el nuevo acuerdo con las FARC. En vez de llamar a un segundo referéndum, lo enviará al Congreso. Como su coalición tiene mayoría, el acuerdo probablemente se aprobará. Eso llevará a la desmovilización de unos 7.000 rebeldes de las FARC. También brindará a Uribe una plataforma desde la cual criticar el acuerdo, y por consiguiente a Santos. Sin embargo, hará poco por la legitimidad del pacto –un aspecto crucial dado que gran parte de su implementación se llevará a cabo en el próximo gobierno, quienquiera que lo encabece.

Hacer la paz requiere de un fuerte esfuerzo y el tipo de compromisos que dejan a todos insatisfechos. Hay que decir a su favor que Santos transformó un intenso conflicto que se libraba en el interior de Colombia en una fuerte batalla política en la capital del país.

El único indicador de su éxito será si se mantiene así. Sin embargo, eso ahora depende mayormente de Uribe que, en su búsqueda táctica de objetivos políticos lejanos, se arriesga a pasar de ser un crítico constructivo del proceso de paz a un opositor a la mismísima paz.

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