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Ciberataques rusos, un dilema para Washington

Si las afirmaciones del gobierno estadounidense son correctas, Rusia ha estado intentando interferir de manera inaudita en el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas. El robo hace cuatro meses de un inmenso tesoro de datos provenientes de computadoras que utilizan el Comité Nacional Demócrata y otras organizaciones políticas supuestamente fue obra de grupos rusos de hackers. Sin embargo, desde entonces la información sustraída apareció en WikiLeaks mediante una serie de filtraciones difundidas en momentos cuidadosamente elegidos, y ahora se la atribuye al gobierno ruso, según el Departamento de Seguridad Nacional y el Director de Inteligencia Nacional.
Washington enfrenta la crucial decisión de cómo responder. Estados Unidos ha estado en el extremo receptor de una creciente cantidad de ataques cibernéticos provenientes de hackers respaldados por estados, desde la Guardia Revolucionaria de Irán, hasta los estados chino y norcoreanos. Los gobiernos occidentales intensificaron sus propias capacidades, desarrollando malware capaz de desplegarse contra adversarios y de inutilizar redes de computadoras de otros países. Desde 2009, Estados Unidos hasta tiene una unidad militar _el Cibercomando_que se dedica exclusivamente a esas actividades.
Pero las consecuencias de desplegar agresión cibernética en esta instancia están plagadas de incertidumbre. Hay muchas supuestas formas de atacar. En manos equivocadas, el malware podría utilizarse para interrumpir el funcionamiento de infraestructura crítica como el abastecimiento de energía o para inutilizar el sistema de control de tráfico aéreo, con efectos letales. Gracias a la información filtrada, sabemos que Estados Unidos se dio el gusto de cometer ataques cibernéticos. Estuvo detrás del gusano informático Stuxnet que infectó el programa nuclear iraní de 2010.
Los últimos supuestos ataques provenientes de Moscú combinan la habilidad tecnológica y las capacidades de reunir inteligencia que tienen los sofisticados hackers del siglo XXI con el arte de la propaganda común desde la guerra fría. Solamente cambió el adversario, antes era el estado soviético burocrático pero previsible y ahora es el errático presidente Vladimir Putin.
No hay alternativas fáciles. La opción "suave" de invocar sanciones contra el Kremlin es asimétrica en su naturaleza y, por lo tanto, hay menos probabilidades de que escale a una guerra cibernética. Pero tiene sus problemas. Cuando salga a buscar apoyo internacional, la Casa Blanca podría quedar presionada a corroborar sus afirmaciones. Y la atribución exacta de la responsabilidad de los ataques informáticos sigue siendo más un arte que una ciencia.
El despliegue de armas cibernéticas norteamericanas también conlleva peligros. Como nunca se establecieron normas para el intercambio informático, no hay garantía de que Estados Unidos pueda provocar daño a Rusia sin que éso escale de manera tal que pueda convertirse en perjudicial para los intereses norteamericanos.
Por ahora, el principal esfuerzo de Estados Unidos _y de otros estados occidentales_ debe estar puesto en fortalecer su resiliencia y apuntalar las defensas, que todavía son demasiado débiles en muchas partes del gobierno y del sector privado.
Sin embargo, Estados Unidos también debe dejar claro a los rusos, como lo hizo con los chinos, que no va a tolerar este tipo de actividades. Con China existe una relación económica desarrollada que le da a Washington cierta ventaja. Con Rusia, tras la incursión de Putin en Crimea, la relación nunca ha sido peor y los lazos económicos están mayormente cortados. Eso hace que para Norteamérica sea difícil contraatacar, a menos que ajuste el régimen de sanciones que ya rige, y si es necesario en forma unilateral.
Lo que deben recordar las tres naciones es que la agresión informática es una nueva forma de guerra, y que no hay que permitir que sus consecuencias se descontrolen. Todavía parece difícil que se firmen acuerdos internacionales que restrinjan los ataques cibernéticos. Sin embargo, de alguna manera hay que encontrar la voluntad de hacer un nuevo esfuerzo.

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