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Bienvenidos a "Trumpworld"

La ciudadanía de Estados Unidos le dio a Trump el mandato de alejarse del orden mundial de posguerra. Con un Congreso solidario, su agenda nacional podría desarticular rápidamente el legado de Obama

Bienvenidos a

La victoria de Donald Trump no es un shock común. Sin lugar a dudas se merece el término "sísmico". En el plano interno, fue un rechazo del establishment estadounidense encarnado en la figura de Hillary Clinton… de la misma manera que la conquista de Trump de la nominación republicana dio vuelta la página de la era Bush.
Para un país que hierve de indignación ante las formas oligárquicas de Washington, no podía haber piñatas más tentadoras que las principales dinastías de Estados Unidos. Los Clinton y los Bush quedaron atrás. La victoria de Trump también marca una ruptura tajante con más de 70 años de liderazgo mundial de Estados Unidos, un papel que fue criticado durante décadas. Tras la toma hostil del Partido Republicano, Trump arremete de la misma manera contra el gobierno federal de Estados Unidos. Dejando de lado la capacidad de la democracia para sorprender, la victoria de Trump marca un corte con casi todo lo que el mundo dio por sentado sobre Estados Unidos.


Las primeras víctimas del martes por la noche son las élites bipartidistas que dirigieron el país durante décadas. Eso es tan cierto de los republicanos como de los demócratas. Prácticamente todos los líderes del gobierno de George W. Bush, excepto Dick Cheney, el ex vicepresidente, firmaron una carta en la que rechazaban a Trump tildándolo de "desconsideradamente irresponsable".


Así lo hicieron también quienes se opusieron a la nominación de su partido. Ted Cruz, el subcampeón, lo llamó "mentiroso patológico". "El hombre es completamente amoral", señaló Cruz. Marco Rubio, senador de Florida, dijo que Trump era un "individuo errático" a quien no se le pueden confiar los códigos nucleares. Mitt Romney, el candidato republicano de 2012, describió a Trump como "extraordinariamente peligroso para el corazón y el carácter de Estados Unidos". El día de las elecciones, la familia Bush reveló que no había votado por Trump.
En pleno auge de la campaña, Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, se negó a aparecer en el escenario con el candidato de su partido, describiendo sus comentarios sobre las mujeres como "enfermizos". Y la lista sigue. Lejos de ser atípica, la opinión de Hillary Clinton de que Trump era "psicológicamente incapaz" para gobernar guardaba plena similitud con la creencia generalizada de los republicanos. A Estados Unidos no le importó o no escuchó.


Ya se dijo mucho sobre cómo las encuestadoras, los intelectualoides y tantos otros pudieron hacer una lectura tan errada del ánimo de Estados Unidos. Las pistas permanecieron ocultas a simple vista. Durante años, la mayoría de los estadounidenses dijeron que creían que el país estaba en el camino equivocado y que sus hijos estarían peor que ellos. Este pesimismo tan antiestadounidense viene aumentando desde principios del siglo.
De un modo muy diferente, la elección de Barack Obama en 2008 fue una señal drástica de que Estados Unidos anhelaba un cambio radical. Obama dejará la presidencia con niveles relativamente elevados de aceptación. Pero las elecciones del martes fueron un repudio a su legado político.


La familia estadounidense promedio terminará los ocho años de presidencia de Obama con un ingreso menor que cuando esta empezó. Precisamente lo mismo sucedió con Bush: fue la primera vez que la clase media de Estados Unidos terminó un ciclo económico más pobre que cuando lo inició. Por otra parte, la expectativa de vida media de los empleados y obreros -el bloque más dogmático de votantes de Trump, y también el más iracundo- fue cayendo desde principios del siglo. La brecha entre la expectativa de vida promedio de los deciles de ingresos más ricos y más pobres de Estados Unidos aumentó a más del doble en la última generación. No puede haber una medida más grave de la desigualdad que esta. El aumento de las tasas de suicidio, una epidemia de opiáceos y comunidades postindustriales fragmentadas son ingredientes críticos de la toma hostil llevada a cabo por Trump.

Error histórico de Clinton

La victoria de Trump también fue impulsada por la creciente división racial, geográfica y educativa de Estados Unidos. Al igual que la ola populista que entregó la presidencia a Andrew Jackson en 1828, el apoyo de Trump se aglutinó alrededor de un odio compartido de las élites. Se cimentó en el apoyo de personas sin títulos académicos, que viven en pueblos pequeños y en el Estados Unidos rural, y que son en gran medida hombres blancos y una cantidad desproporcionada de varones. Frente al tono xenófobo de la campaña de Trump, sería fácil identificarse con la descripción de Clinton cuando los tildó de "deplorables", un error histórico en su remota y desconectada campaña.


Sin embargo, el electorado de Trump también incluía a personas que votaron por Obama y una sorprendente proporción de votantes hispanos. La mayoría de la gente había asumido que los latinos serían repelidos universalmente por la forma en que Trump denigró a los inmigrantes ilegales de México. Quizá pasaron por alto el grado de resentimiento que sienten quienes entraron legalmente en el país -y pagaron sus impuestos- hacia los que entraron por la puerta trasera. También cometieron el error de meter a todos los hispanos en una misma bolsa.


Lo mismo se aplica a las mujeres. Junto con los medios de comunicación, el establishment estadounidense proyectó sus suposiciones sobre el electorado femenino, gran parte del cual despreciaba tanto la corrección política como los obreros masculinos.


¿Y ahora qué pasa? Trump asumirá como el presidente más poderoso de Estados Unidos en la historia reciente. Esto no solo se debe a que los republicanos controlan ambas cámaras del Congreso. También es porque Trump habla a favor de su partido de una manera que ningún otro republicano electo puede afirmar que lo ha hecho. Esto se aplica especialmente a Ryan, cuya filosofía del pequeño-gobierno se asemeja tan poco al nacionalismo populista de Trump como la agenda progresista de Clinton.


El único punto en el que la agenda de Trump se une con la opinión generalizada de los republicanos es el de los recortes drásticos de impuestos. Prometió una reducción histórica de los impuestos a la renta sobre las personas y las sociedades que es muy probable que el Congreso promulgue. También prometió designar a nombres provida a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Eso también contará con la aprobación de su partido.


La elección como vicepresidente de Mike Pence, uno de los conservadores cristianos más importantes de Estados Unidos, consolidará los vínculos de Trump con los miembros evangélicos del partido. Los republicanos también estarán de acuerdo en abolir el Obamacare, revisar la reforma Dodd-Frank de Wall Street -posiblemente descartarla- y otras medidas. Si los senadores demócratas optan por dilatar proyectos de ley que no les agradan, Mitch McConnell, líder de la mayoría del Senado, podría invocar la "opción nuclear" que le permitiría aprobar proyectos de ley por fuera del presupuesto con una mayoría simple.


Pero en muchos sentidos la visión económica de Trump implica una gran desviación de la ortodoxia republicana. Según la conservadora Tax Policy Fundation, sus planes fiscales, tal como son, sumarán u$s 10.000 millones a la deuda pública estadounidense en los próximos años. Los asesores económicos de Trump, dirigidos por Stephen Moore, experiodista del Wall Street Journal, y Larry Kudlow, el presentador de televisión, se preocupan poco por el conservadurismo fiscal. Su agenda es una versión mucho más grande de los recortes fiscales del lado de la oferta de la era de Ronald Reagan.


Si se le suman los grandes planes de gastos de Trump en infraestructura y su promesa fundamental de dejar intacto el gasto en programas de ayuda social de Estados Unidos, se llega a la receta para un gran salto en el déficit fiscal del país. Muchos economistas pronostican que el gran estímulo de Trump dará lugar a un auge a corto plazo seguido de una recesión. Su agenda también complicará drásticamente la decisión ampliamente esperada de la Reserva Federal de Estados Unidos de aumentar las tasas de interés en su próxima reunión en diciembre. Al igual que el Banco de Inglaterra después del Brexit, la Fed se enfrentará con un enigma de pánico de mercado y efectos impredecibles sobre el crecimiento. Quizá ahora sea difícil avanzar con lo que tenía previsto.


Por otra parte, Trump prometió en la campaña electoral disparar contra Janet Yellen, presidenta de la Fed. También amenazó con renegociar las obligaciones soberanas de Estados Unidos. Lo que sea que Trump diga en los próximos días -sea para tranquilizar o para enviar una señal de seguir a toda marcha- podría impulsar una espiral de los mercados en direcciones opuestas. No hay precedentes para esto.

"La madre de todas las luchas de poder"

Lo mismo se aplica a los planes de Trump para el resto del mundo. Muchos esperan que el multimillonario de Manhattan simplemente haya fingido en la campaña para lograr un efecto populista. Es casi seguro que están equivocados. Como demostró Thomas Wright de la Brookings Institution, Trump viene expresando opiniones aislacionistas desde hace casi tres décadas. En 1987 pagó u$s 95.000 para sacar un anuncio de página completa en el New York Times en el que despotricaba contra los aliados oportunistas de Estados Unidos y afirmaba que Estados Unidos estaba siendo despojado por Japón. Cambiemos a China por este último y el mensaje mercantilista de Trump hoy sigue siendo prácticamente el mismo. La agenda comercial de Estados Unidos tal como la conocemos está muerta.


Trump se alejará de la Asociación Transpacífica. Es casi seguro que las negociaciones paralelas con Europa también morirán. Además de estas sacudidas, Trump tendrá los poderes como presidente para sacar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte e imponer gravámenes a las importaciones de China y México. Una vez más, queda por ver si llevará a cabo estas amenazas. La mera posibilidad será perjudicial para el orden mundial.


También pondrá a Washington patas para arriba. Más que nada, la agenda "Estados Unidos primero" de Trump socava tanto la cosmovisión republicana como la demócrata. El excepcionalismo estadounidense -la noción de que Estados Unidos tiene una responsabilidad única de mantener el orden mundial y difundir los valores universales- será reemplazado por una versión cruda del transaccionalismo nixoniano. Esto pondrá a Trump contra los aliados más cercanos de Estados Unidos, las élites bipartidistas de Washington y el complejo militar-industrial. Cualquier persona que prediga cómo terminará esto está disparando en la oscuridad.


"Lo que vamos a presenciar es la madre de todas las luchas de poder en Washington", afirma Wright. "No son solo republicanos; el Pentágono también jugará un papel importante en la medida que los altos funcionarios intenten convencer al presidente electo de la necesidad de establecer alianzas".


Entre otras promesas, Trump dijo que se apartará del acuerdo climático de París, renegociará el acuerdo nuclear de Obama con Irán y extenderá la mano de la amistad a la Rusia de Vladimir Putin. Las aspiraciones de Ucrania pueden ser una de las primeras víctimas de la administración de Trump. La OTAN también se pondrá en duda.

"Me encantan los que tienen poca educación"

¿Podría Trump cambiar de postura? Buena parte de la respuesta será revelada en las personas que designe para desempeñar los cargos más elevados. Se espera que Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York, Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey, y Newt Gingrich, exorador republicano, asuman cargos importantes. Los tres son boxeadores políticos que comparten el disgusto de Trump por el antiguo régimen.


Las inciertas consecuencias del gobierno de Trump estarán expuestas semanas antes de que jure en su cargo. Más adelante este mes tomará el lugar de la defensa ante los tribunales en una demanda colectiva contra la Trump University. No hay paralelo en la historia de los Estados Unidos. Según un análisis de USA Today, hay más de 70 juicios pendientes contra varios negocios de Trump. La capacidad de Trump para influir en la ley -su poder sobre el Servicio de Recaudación Interna, la Oficina Federal de Investigaciones y otros organismos de aplicación de la ley- plantea un conflicto de intereses sin precedentes en la historia de Estados Unidos.


Los últimos 18 meses han sido vertiginosos. Trump hizo añicos el reglamento, le hizo el gesto del dedo medio al establishment estadounidense y prometió que él solo puede solucionar los problemas de Estados Unidos. "Me encantan los que tienen poca educación" fue quizá su línea más reveladora en el camino hacia el poder.
El martes por la noche, Trump llevó a las élites educadas de Estados Unidos a estrellarse contra la tierra. Terminó la noche extendiendo una rama de olivo a la mitad de Estados Unidos que votó en su contra. El futuro de la república quizá dependa de que haya sido sincero.