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BREXIT: Europa bajo acecho

La votación en el Reino Unido planteó dudas en cuanto a la subsistencia de la Unión Europea en medio del descontento de los votantes, el auge del populismo y solicitudes de más referéndums. En este contexto, el apoyo a la expansión no hizo más que desvanecerse

BREXIT: Europa bajo acecho

Semanas antes de la votación en Gran Bretaña para dejar la Unión Europea (UE), los líderes de partidos de centro-derecha se reunieron en Luxemburgo para escuchar un discurso de Donald Tusk. El primer ministro de Polonia es el presidente del Consejo Europeo, que reúne a los líderes de los gobiernos nacionales del bloque. Ahora que Gran Bretaña está a punto de dejar la UE, el discurso de Tusk ofrece en retrospectiva algunas nociones resonantes y hasta proféticas del modo en que los 27 estados miembro restantes intentarán delinear el futuro del bloque.
Tusk advirtió a sus colegas que los ciudadanos comunes de Europa no compartían el entusiasmo de algunos de sus líderes por "una utopía de Europa sin estados nación, una utopía de Europa sin intereses y ambiciones en conflicto, una utopía de Europa que impone sus propios valores al mundo exterior, una utopía de unidad euro-asiática". Luego refirió que los políticos y legisladores de la UE deberían bajar sus ambiciones.
"Quienes se hacen oír cada vez más son aquellos que cuestionan el propio principio de una Europa unida. El fantasma de un quiebre está acechando a Europa y la idea de una federación no me parece que sea la mejor respuesta", manifestó Tusk.
A lo largo y ancho de Europa, la reacción al resultado del referéndum de Gran Bretaña va más allá de la conmoción y la tristeza que, por primera vez desde el Tratado de Roma de 1957 en virtud del cual se fundó la UE, un socio se vaya del club. En España, por ejemplo, está estimulando la aprehensión de que el ímpetu revitalizado de independencia de Escocia luego de la votación para dejar la UE en Gran Bretaña, inspire a separatistas de la región de Cataluña. En Irlanda, el resultado de la votación en el Reino Unido sigue causando preocupación por la resiliencia del acuerdo de paz de Irlanda de Norte.
En sentido más amplio, la reacción de la UE refleja la opinión de Tusk de que la respuesta adecuada no debería ser proseguir con planes de gran integración sin importar la opinión pública. "No debemos caer en el frenesí", dijo Frank Walter Steinmeier, el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, en una reunión del fin de semana de los seis países fundadores de la UE.
En vistas de las tensiones inmediatas dentro de la UE, Steinmeier viajará a Praga para explicar a sus pares de Europa central y oriental la razón por la que no fueron invitados al encuentro del sábado.
La decisión llega tras las promesas de Angela Merkel, la canciller alemana, de incluir a los 27 estados en los debates. Luego de la votación en Gran Bretaña, su prioridad es prevenir más divisiones y, a tal fin, Merkel recibirá a Matteo Renzi, el primer ministro italiano, Tusk y François Hollande, el presidente de Francia, en Berlín.
De todos modos, Tusk y Steinmeier no hablan en nombre de nadie. El día de la votación del referéndum británico, José Manuel García Margallo, el ministro de Relaciones Exteriores de España, publicó un artículo en El País, el principal diario local, titulado "Pase lo que pase, más Europa".
Para algunos ministros importantes de Francia e Italia, esto significa un esfuerzo para fortalecer y profundizar la unión monetaria de 17 años de Europa, que apenas surgió en la segunda mitad de 2012 a partir de una crisis bancaria y deuda soberana que amenazó su existencia. Pier Carlo Padoan, el ministro de Finanzas de Italia, propone un presupuesto común para los 19 estados de la eurozona y un plan de seguro de desempleo conjunto. Emmanuel Macron, ministro de Economía del gobierno socialista de Francia, apoya un tesoro común, supervisado por una asamblea de la eurozona independiente del Parlamento Europeo, y mecanismos de transferencia permanentes para enviar fondos de países más ricos a países en problemas.
En forma similar, el año pasado en Bruselas surgió un modelo de unión económica, financiera, fiscal y política en sentido restringido denominado "Informe de los cinco presidentes" que se completaría para 2025. Los presidentes en cuestión son Tusk y los líderes de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo, el Eurogrupo -que une los ministros de Economía y Finanzas de la eurozona- y el Parlamento Europeo.

Cimientos inestables

En muchas capitales nacionales, esta propuesta generó un entusiasmo tibio, mayormente porque se la consideró incompatible con el clima social y político en demasiados estados de la eurozona. Según Lorenzo Codogno, ex director general del Tesoro de Italia y fundador de LC Macro Advisers, una consultora de Londres, la votación del Reino Unido difícilmente cambie este ánimo de cautela.
"Es difícil imaginar que el resto de la UE cerrará filas y se encaminará hacia una mayor integración pronto. Sencillamente, no hay voluntad política. Por cierto, el riesgo que se corre es precisamente el opuesto, es decir, que fuerzas centrífugas prevalezcan y dificulten la integración aún más," sostiene Codogno.
"Luego de la crisis [financiera], Europa está cada vez más dividida y sumida en peleas internas -que el ciudadano de a pie no comprende- con una falta casi total de perspectiva, a pesar de débiles intentos recientes del informe de los cinco presidentes."
Además de Tusk, al menos otro autor de dicho informe parece dudar de que una pronta integración de la eurozona sea aconsejable. Jeroen Dijsselbloem, el ministro de Finanzas holandés que preside el Eurogrupo, dijo a una audiencia en Berlín dos días antes de la votación en Gran Bretaña: "En la eurozona, hay quienes propugnan la finalización de la unión monetaria mediante la creación de una plena unión política, un gobierno económico europeo o incluso un presupuesto europeo. Para mí es obvio: precisamos fortalecer lo que tenemos y terminarlo, pero no construyamos más ampliaciones a la casa europea mientras su situación sea tan inestable."
Dijsselbloem sostiene que determinadas iniciativas, tales como completar la unión bancaria de la UE, establecer una unión de mercados de capitales y profundizar el mercado único del bloque, son aconsejables y están al alcance de la mano. Sin embargo, el plan de la unión bancaria está sembrando la discordia. La reticencia de Alemania a aprobar un plan de seguro de depósito común, con el fundamento de que la eurozona no hizo lo suficiente para limitar los riesgos excesivos en el sector financiero, significa que uno de los pilares de la unión bancaria está bloqueado.
En cuanto a una unión de mercados de capitales, aún falta ver cuánto se avanzará después de la salida de Gran Bretaña, sede del prestigioso centro financiero de Europa en Londres, y después de la renuncia el sábado de Lord Hill, comisionado británico de la UE responsable del proyecto.
Podría decirse que un conflicto más grave es el de la disconformidad de Alemania con las políticas monetarias del BCE durante el mandato de Mario Draghi, su presidente. Estas incluyen tasas de interés ultrabajas, que en Alemania se consideran un daño a los ahorristas, y el programa de compra de activos del banco central, en Berlín, que se considera que, con seguridad, abrirá las compuertas un día a la inflación.

Ascenso de la derecha

Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas de Alemania, llegó a culpar en abril a Draghi por el aumento del apoyo al partido populista de derecha Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), que desde agosto de 2014 logró obtener escaños en ocho de 16 asambleas federales de Alemania. AfD, que nació como un partido antieuropeísta pero hoy se define más por sus posturas en contra del Islam y los inmigrantes, está listo para dar un paso adelante con el que ganaría escaños en el Bundestag por primera vez en las próximas elecciones nacionales de Alemania, previstas para septiembre de 2017.
El surgimiento de AfD es una de las razones para esperar que Berlín se muestre prudente, por el momento, con respecto a las grandes iniciativas para profundizar la unión monetaria de Europa. Otra de las razones radica en las sospechas de gran parte de la opinión pública alemana acerca de la dirección hacia la que se encamina la unión monetaria. Para muchos, se está transformando en una "unión de transferencias" en la que Grecia y otros países vulnerables no solo se benefician del apoyo financiero de Alemania, sino que, mediante el BCE, socavan el manejo económico prudente que sustenta el éxito de posguerra de Alemania.
En Francia, donde el Frente Nacional de extrema derecha tiene mucha más popularidad que el AfD de Alemania, y donde el presidente Hollande goza de las calificaciones más bajas de todos los jefes de Estado de la Quinta República en 58 años de historia, las condiciones políticas son igualmente propicias para grandes iniciativas en el escenario de la UE. Lo que más preocupa al partido Socialista de Hollande y la oposición de centro-derecha es asegurarse que Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, que celebró la decisión del Brexit y volvió a pedir el fin de semana que Francia vote con respecto a la pertenencia a la UE, sea derrotada en los elecciones presidenciales en dos etapas que se celebrarán en abril y mayo próximos.
Renzi es un ferviente partidario de una eurozona más integrada, y propuso en abril que el bloque emitiese bonos comunes para financiar las políticas destinadas a hacer frente a la crisis de refugiados de Europa. Tales ideas despiertan hostilidad en Alemania y otros países del norte de Europa que preferirían ver más esfuerzos concertados para hacer frente a las debilidades de la economía de Italia, que apenas ha crecido desde el lanzamiento del euro en 1999, y su sector bancario, que está luchando bajo una pesada carga de préstamos incobrables.
La carrera del primer ministro italiano corre el riesgo de naufragar en las rocas, si pierde un referéndum en octubre sobre las reformas constitucionales radicales que prácticamente convertirían al Parlamento en una legislatura unicameral. Las élites políticas, financieras e industriales de Italia son muy proeuropeístas, pero otros gobiernos de la UE están molestos por partidos italianos no tradicionales, como el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte, que nunca fueron tan fuertes.
Se expresan preocupaciones similares en torno de España, la cuarta mayor economía de la eurozona, donde ayer se esperaba que de una elección general surgiera otro Parlamento fracturado y un gobierno de minorías o una coalición frágil.
En Europa central y oriental, por su parte, los gobiernos nacionalistas conservadores de Hungría y Polonia están sembrando la alarma entre las capitales de Europa occidental de que la propia democracia está en tela de juicio permanente en la mitad poscomunista de Europa. Pocos políticos de la UE esperan con gusto el referéndum al que Viktor Orban, primer ministro de Hungría, convocó para el otoño a votar sobre el rechazo de las cuotas fijadas por la Unión Europea para el asentamiento de refugiados.
Estas tensiones no descartan algunas iniciativas de la UE, especialmente en zonas que no están directamente relacionadas con la integración de la eurozona. Por ejemplo, las normas de derecho de autor comunes y una iniciativa para unir el fragmentado mercado de las telecomunicaciones de Europa son objeto de debate.

Ciclo de desintegración

Con respecto a las cuestiones militares, que no constituyeron históricamente una fortaleza de la UE, un documento del gobierno alemán sugiere tanto la creación de un consejo permanente de ministros de defensa de la UE como la promoción del uso compartido de equipos y una coordinación más eficiente de la producción. Lograr una mejor cooperación de la UE contra el terrorismo es otro de los proyectos cercanos a los núcleos de algunos gobiernos después de los ataques terroristas de noviembre y marzo en París y Bruselas.
Tales iniciativas se llevarán a cabo en un contexto de ansiedad y amargura, en algunas capitales de la UE, por el hecho de que los votantes británicos hayan puesto en marcha un ciclo de desintegración en una organización que, desde hace 60 años, ha encarnado el espíritu y la esencia de la cooperación europea posterior a la segunda guerra mundial.
El viernes, Manfred Weber, el líder alemán del Partido Popular Europeo, el grupo al que Tusk habló el 30 de mayo, dejó en claro este estado de ánimo. Exigió que la UE y Gran Bretaña iniciaran de inmediato conversaciones sobre los términos y las condiciones de la salida de Gran Bretaña, sin esperar a que el Partido Conservador elija al sucesor de David Cameron. El primer ministro del Reino Unido anunció su dimisión después del resultado del referéndum, pero sugirió que podría permanecer en el cargo hasta octubre. "El continente europeo no debe ocuparse de un debate tory interno. Irse significa irse", sostuvo Weber.
Comentarios tan impregnados de frustración subrayan el riesgo de que se lleven a cabo conversaciones sobre la salida en un ambiente de acritud entre un nuevo gobierno del Reino Unido, cuya legitimidad nacerá del veredicto del referéndum de la semana pasada, y una UE decidida como nunca antes a asegurar su propia supervivencia. Cuanto más tiempo insuman las conversaciones, más terminarán desviando la atención, desde el punto de vista de la UE, de otros temas más urgentes.
En el clima de nativismo, populismo y sentimiento antieuropeísta que, en diversas medidas, impregna a la mayoría de los países de la UE, la presión de que se realicen referendos similares al de Gran Bretaña en relación con la pertenencia a la UE puede llegar a extenderse más allá de los círculos de extrema derecha que ya están exigiendo esas consultas en Francia y los Países Bajos.
"De ahora en más, el relato versará sobre la desintegración, no la integración", afirma Charles Grant, del grupo de expertos del Centre para la Reforma Europa. "Eso no quiere decir que la UE se desintegrará, o incluso que otro país se irá, que es muy poco probable en un futuro previsible. Pero los políticos centristas que dirigen casi todos los estados miembros de la UE, a partir de ahora, estarán a la defensiva contra las fuerzas populistas que se oponen a ellos y la UE."