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Argentina empieza a salir del abismo y vuelve al ruedo

El acuerdo con los holdouts es uno más de los retos económicos que enfrenta Macri. Ahora deberá lograr que entren inversiones. Las grandes diferencias con Brasil, eterno rival

Brasil y Argentina son dos de las tres mayores economías de Latinoamérica pero se están comportando completamente diferente. Mientras que Brasil parece estar cayendo en el abismo, Argentina parece estar saliendo lentamente de él.
Por supuesto existen grandes similitudes. Ambas economías sufren de la caída de los precios de las materias primas y del enfriamiento de los inversores globales en relación con las inversiones en mercados emergentes. Como resultado, ambas tienen crecientes déficit externos y brechas en sus presupuestos gubernamentales. Pero, incluso en cuanto a estos aspectos, Argentina no parece estar peor que su país vecino. Irónicamente, el aislamiento de la economía global por parte de Argentina significa que la cuenta corriente se ha contenido: nadie financiaría un enorme déficit.
Es la salida de Argentina de la sombra de la autocracia peronista después de la elección de Mauricio Macri la que sugiere que sus perspectivas a corto plazo pueden ser mejores que las de Brasil. En los planes que Macri presentó a los legisladores la semana pasada, lo que llama la atención es el contraste entre su punto de vista político y el de su predecesora, Cristina Fernández, y su enfoque mucho más gradual con respecto a la reforma económica.
El cambio más discreto es lo que parece ser una solución inminente a las deudas pendientes que Argentina dejó de pagar en 2001. La visión general de la negociación y de su contexto que presenta la revista The Economist es tan acertada como cualquier otra. La revista indicó que un "acuerdo con los tenedores de bonos no aceptantes es costoso, pero vale la pena", y es probablemente cierto, ya que les permitiría a los argentinos el tener acceso normal al sistema financiero internacional después del agresivo enfoque de Fernández en cuanto a los llamados acreedores "holdout".
Pero nadie sale de la negociación con una reputación particularmente intachable. No los litigantes –los fondos que se negaron a aceptar una restructuración junto con el 92% de otros tenedores de bonos que aceptaron la reestructuración en 2005 y 2010– que habían comprado bonos incumplidos a precios extremadamente bajos, y que ahora están obteniendo enormes ganancias (con rendimientos de entre 400% y 1000%). Ni tampoco Argentina, cuya conformidad es obviamente consecuencia de la inadecuada redacción de sus propios contratos de deuda y de un sistema financiero mundial que no está apto para un manejo racional de la deuda soberana.
Y menos aún Thomas Griesa, el juez de Nueva York quien, por cuenta propia, ha colocado el exorbitante privilegio de la dependencia del mundo en el funcionamiento financiero de EE.UU. para su transacción detrás de los reclamos de los acreedores "holdout", antes de ejercer presión sobre ellos para aceptar la negociación una vez que Argentina eligiera a un presidente más a su gusto personal. Él declaró que la elección lo "cambió todo". El resultado parece ser que Griesa va a permitirle a Buenos Aires que les pague a los fondos de cobertura que han aceptado la restructuración sin tomar en cuenta a unos cuantos acreedores de menor envergadura que aún no están satisfechos, lo cual es precisamente lo que él había argumentado previamente que la ley descartaba.
Pero, a decir verdad, el pago de la deuda es una digresión de los retos económicos más relevantes que Argentina y su nuevo presidente enfrentan. La necesaria liberalización de algunos precios y tipo de cambio – la medida más contundente tomada hasta ahora– expone la vulnerabilidad a corto plazo de la economía. A medida que la inflación se dispara (a sus verdaderos niveles) y el déficit fiscal se incrementa, el país se enfrenta al mismo reto que Brasil: el terrible dilema entre lograr la estabilidad macroeconómica y sostener el crecimiento y el empleo en medio de una situación mundial en la que es igualmente probable que el capital se fugue como que se invierta.
Sin entradas de capital, es difícil comprender cómo alguno de estos dos países podrá reducir la inflación o cuadrar presupuestos sin impulsar a la economía hacia un drástico deterioro. Argentina también necesita recaudar alrededor de uu$s 12.000 millones para pagarles a los tenedores de bonos una vez que se apruebe el acuerdo. De ahí el imperativo de continuar atrayendo capital.
Pero no todo es desalentador. Sorprendentemente, los mercados de valores de Argentina y Brasil se cuentan entre los de mejor rendimiento del mundo este año. Ambos han aumentado más del 14% en medio de un declive global de los precios de las acciones. Y Argentina tiene la ventaja de contar con unas oportunidades fáciles; con sólo el hecho de ser incluida en los índices de inversión globales y de eliminar algunas distorsiones en su economía puede que impulse la entrada de capital potencial.
Teniendo en cuenta todo esto, no es tan sorprendente que los inversores expresen interés en las oportunidades argentinas. En un continente en donde, durante siglos, la rivalidad nacional ha frustrado las obvias oportunidades para la integración económica supranacional, puede que Macri discretamente tenga la esperanza de que su país atraiga capital que anteriormente hubiera ido a Brasil.

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Comentarios2
Abdon Vega
Abdon Vega 13/03/2016 10:43:56

Cuanto pago el Gobierno Argentino por esta nota en el Financial Time

benedictodos800
benedictodos800 12/03/2016 06:52:44

SALIR DE DONDE ?, CON UNA DEVALUACION SANGRIENTA A MUY BUENO , MENOS TRABAJO MENOS SEGURIDAD SOCIAL , ESTMOS ENTRANDO EN EL MUNDO, MEJOR QUE INGRESE SOLO LOS VANCO Y EL EMPRESARIADO A LOS OBREROS DEJEN AFUERA NO QUIEREN ESE MARAVILLOSO MUNDO