Lunes  11 de Marzo de 2019

Aprender un idioma es difícil: ¿todavía vale la pena?

Sólo si se alcanza la fluidez total en otra lengua se nota el beneficio

Aprender un idioma es difícil: ¿todavía vale la pena?

Mi hija de 13 años acaba de descubrir las declinaciones de los sustantivos en alemán. Lo que antes parecía un lenguaje amigable (‘el hombre’ es ‘der Mann’) de repente se quitó la máscara para revelar una gramática increíblemente complicada: ‘den Mann’, ‘dem Mann’, ‘des Mannes’ (todos también ‘el hombre’). Y como las escuelas son perversas, ella está iniciando este viaje exactamente a la edad en la que la capacidad innata de aprender un idioma de un niño comienza a disminuir. Le esperan muchos años de dolor en el futuro.

Yo me he pasado la vida luchando con los idiomas. Soy británico pero fui a la escuela en Holanda, estudié alemán e historia en la universidad y, en 2002, me mudé a París con mi mal francés aprendido en la escuela. No soy talentoso en materia de idiomas; en la universidad, presencié cómo mis compañeros podían separar la más complicada frase en alemán en sus partes gramaticales con darle sólo un vistazo.

Sin embargo, yo tengo suficiente experiencia para ayudarles a mis hijos a diseñar sus estrategias. En esta era de aplicaciones de traducción instantánea y de inglés global, ¿cuánto tiempo deberían dedicarle a aprender idiomas? Después de todo, cada minuto dedicado a la gramática alemana es un minuto en el que podrían estar aprendiendo algo diferente. Y, ¿en qué idiomas habría que concentrarse?

Mis hijos son angloparlantes nativos. Lo que sigue a continuación se basa en eso porque (nos guste o no), cuando se trata de idiomas, los angloparlantes se enfrentan a un análisis de costo-beneficio diferente al de todos los demás.

Lo primero que les dije a mis hijos: ya no vale la pena pasar años aprendiendo mal un idioma. Hace años, en la universidad, tomé ruso intensivo durante un año. (El primer día, la docente nos dijo que tomaría dos años alcanzar el nivel mínimo para mantener una conversación). El verano boreal pasado, en Rusia para la Copa Mundial de fútbol, pude leer algunas señales, saludar a las personas y pedir comida en ruso. Pero las aplicaciones para teléfonos inteligentes (que otros visitantes usaron desvergonzadamente) y el auge del inglés en Rusia hicieron que mis patéticas habilidades, aunque obtenidas con enormes esfuerzos, fueran casi superfluas.

Era como la broma de Woody Allen sobre el despido de su padre: "Lo reemplazaron por un pequeño dispositivo que hace todo lo que hace mi padre, pero mucho mejor. Lo deprimente es que mi madre salió corriendo a comprar uno". De todas maneras vale la pena aprender un poco de ruso como ejercicio mental, para ayudar a retrasar el inicio de la enfermedad de Alzheimer, para enriquecer la propia vida o para mostrar un espíritu de fraternidad internacional; simplemente no esperes usarlo mucho.

Para otros idiomas, como el holandés o el alemán, incluso los beneficios de hablarlos bastante bien se están reduciendo. La mayoría de los angloparlantes nativos te obligarán a hablar inglés, el cual han adquirido desde la infancia, gracias a la ubicuidad y a la necesidad. Y, a juzgar por una ventaja puramente cínica —por ejemplo, en situaciones de negocios—, si todos hablan inglés, los angloparlantes nativos en inglés tendrán una ventaja. Ésa es la dinámica estándar en las conferencias internacionales.

Es cierto que si aprendes árabe o chino aceptablemente, los nativos te darán numerosas oportunidades para hablar su idioma. Pero escalar esa montaña tiene sus desventajas. En Beijing, en una ocasión conocí a la pequeña comunidad de occidentales que había "descifrado" el mandarín. Su recompensa: tuvieron que pasar sus vidas laborales exiliados en la desagradable Beijing.

Claramente, todavía existen grandes beneficios cuando se logra una total fluidez en un idioma. Incluso teniendo acento y cometiendo errores, se puede entender todo y decir exactamente lo que uno quiere decir, en lugar de simplemente lo que se sabe decir. En resumen, se puede ser uno mismo en el idioma y tener amistades cercanas a través de él.

En el trayecto, se adquiere nuevas perspectivas acerca del mundo. En la universidad de Berlín, por ejemplo, cuando el sujeto era un alemán nacido entre 1880 y 1940, aprendí el significado de la palabra ‘Biografie’, la cual capturaba ampliamente las tribulaciones de la persona durante la depresión, el nazismo, las guerras y (si persistía la mala suerte) en Alemania Oriental. La palabra ‘biografía’ en inglés no conlleva el mismo peso.

Pocos estudiantes de idiomas alcanzan la fluidez total. Incluso Alice Kaplan, la distinguida profesora de estudios de francés en Yale, se lamenta en sus memorias ‘French Lessons’ (Lecciones de francés) de ‘realmente no poder expresarme‘ en francés. Dos rutas hacia la fluidez total requieren de una masiva inversión de vida: una inmersión en el idioma durante la infancia o durante años de vivir en el país objetivo desde comienzos de la edad adulta, idealmente con un compañero nativo: ‘L’école horizontale’ (la escuela horizontal), como lo llaman los franceses.

Sólo existe un atajo hacia la fluidez total: aprender un idioma que sea casi idéntico al tuyo. Pero los que hablan inglés nativo no cuentan con esa opción. Debido a que el inglés tiene tanto orígenes germánicos como franceses, los angloparlantes reconocerán muchas palabras en ambos idiomas: ‘Bett’ es alemán para ‘bed’ (cama) y ‘message’ es la palabra francesa para "message" (mensaje). Pero ellos se confundirán con muchas otras: ‘lit’ (encendido, en inglés) es el término francés para ‘cama’ y ‘Nachricht’ (sin significado en inglés) es la palabra alemana para ‘mensaje’.

La ventaja de mis hijos es que son bilingües en francés. Eso hace que aprender otras lenguas románicas sea relativamente fácil. El concepto de ‘similitud léxica’ mide la superposición entre conjuntos de palabras de diferentes idiomas. Según el trabajo de referencia Ethnologue, la similitud léxica entre el francés y el italiano es de 0,89 (donde 1 significa que es idéntica). El francés y el español tienen un coeficiente de similitud de 0,75, mientras que la similitud entre el español y el portugués es de 0,89. A modo de comparación, el coeficiente es de solamente 0,60 entre el inglés y el alemán, que es, supuestamente, su ‘pariente’ más cercano; pero sólo es de 0,27 entre el inglés y el francés.

Si mis hijos están dispuestos a trabajar arduamente para aprender la gramática italiana o la española llegarán rápido a la fluidez total. Y eso sí puede cambiar tu vida.

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