Los recargos del FMI no son adecuados para su propósito

Es hora de repensar las cosas.

* Kevin P. Gallagher es profesor y director del Centro de Políticas de Desarrollo Global de la Facultad de Estudios Globales Pardee de la Universidad de Boston. Se desempeña como copresidente del Grupo de Trabajo Think 20 sobre Finanzas Internacionales del G20 presidido por Italia para este 2021. En el presente artículo, argumenta que, a fin de contribuir a que la economía mundial se recupere, se debe suspender la utilización del mecanismo actual del FMI para agregar sobrecargos a los costos de intereses de la deuda sobre sus préstamos.

La función más importante del FMI es brindar financiamiento de emergencia a los países en situación económica desesperada que no pueden pagar a sus acreedores. Como respuesta a la pandemia del Covid-19, el FMI ya aprobó 119 programas para 85 países a un costo superior a u$s 100.000 millones.

Sin embargo, resulta que los países que más necesitan del FMI tendrán que pagar más de u$s 4000 millones en recargos adicionales, además de los pagos de intereses y tasas, desde el comienzo de la crisis hasta fines de 2022. Además, el FMI estima que los recargos se han convertido en la mayor fuente de ingresos del Fondo; representarán casi la mitad de sus ingresos durante este período. Exactamente al mismo tiempo, los países en desarrollo necesitan cada centavo que puedan reunir para combatir el virus, proteger a los vulnerables y construir una recuperación inclusiva y ecológica. Algo ha salido tremendamente mal con la política.

La pandemia de Covid provocó la peor recesión económica desde la Gran Depresión. El Banco Mundial estima que más de 124 millones de personas cayeron en la pobreza extrema en 2020, y que 8 de cada 10 de los nuevos pobres viven en países de ingresos medios. La deuda federal es un problema que en estos países se agudiza todavía más. Por ejemplo, en Nigeria, más del 50% de los ingresos del gobierno se utiliza para el servicio de deudas externas en lugar de combatir el virus.

La región de América latina y el Caribe ha sido una de las más afectadas, con más de 500.000 muertes y una caída económica del 7,7% en 2020. En términos per cápita, la región ha retrocedido a los niveles de 2010, lo que ha provocado otra década perdida. Las Naciones Unidas estima que muchos países de la región están destinando entre el 30% y el 70% de sus reducidos ingresos públicos al pago de acreedores.

Aunque las naciones de ingresos medios se encuentran entre las más afectadas, la nueva arquitectura del G20 para ayudar a los países a aliviar el sobreendeudamiento (la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda y el Marco Común) solo ofrece suspender y aliviar el pago de deuda a los países de bajos ingresos. Además, los esquemas del G20 solo se aplican a los acreedores oficiales bilaterales, como los miembros del Club de París y China, a pesar de que dos tercios de la deuda de los países de ingresos medios son con instituciones financieras internacionales, como el FMI.

Los recargos funcionan de dos formas. Uno está relacionado con el tamaño del préstamo de emergencia (en base al nivel) y el otro con la duración del préstamo (en base al tiempo). Los recargos por nivel son de 200 puntos básicos sobre el crédito pendiente de pago que supere el 187,5% de la cuota del FMI asignada a cada país. Los recargos basados en el tiempo son de 100 puntos básicos adicionales cuando el crédito del FMI está pendiente de pago durante más de 36 a 51 meses, según la estructura del programa. Estos recargos a menudo pueden llevar a que los costos de la deuda se tripliquen.

Actualmente, el 30% de los países que cuentan con financiación del FMI enfrentan recargos en medio de la crisis, incluidos Angola, Argentina y Georgia. Y hay más que deben comenzar a pagar. Esto está sucediendo en un momento en el que muchos países de ingresos medios todavía no tienen acceso a las vacunas y seguirán sufriendo el dolor económico, financiero y sanitario de la crisis.

Estos recargos han sido un tema de tenso debate desde sus orígenes, cuando se aplicaron por primera vez después de la crisis financiera del sudeste asiático de fines de la década de 1990. Con ellos se busca limitar la demanda de programas del FMI, alentar a los tomadores de préstamos a pagar antes de lo previsto y generar ingresos para el FMI.

De más está decir que es importante que los países miembro no dependan demasiado del FMI para obtener liquidez, pero los recargos regresivos y procíclicos no son la forma de crear tales incentivos en medio de una crisis económica mundial.

Las consecuencias no deseadas se dan por partida doble. En primer lugar, los recargos afectan de manera desproporcionada a los países de ingresos medios con cuotas más bajas que, por definición, necesitan tanto un amplio financiamiento del FMI para pagar como períodos de reembolso más prolongados para recuperarse de las crisis. En segundo lugar, exigen que los miembros que toman deuda paguen más justo cuando están más lejos de acceder al mercado de cualquier otra forma.

Una mejor manera de garantizar que los países no acudan al FMI en busca de préstamos más grandes y a más largo plazo es mejorar el diseño de los programas y el asesoramiento para que los países puedan recuperarse de las crisis más rápido. Además, se necesita una nueva asignación de cuotas que sea debidamente distribuida.

Más allá de todo esto, el FMI debería suspender inmediatamente estos recargos para ayudar a los países a recuperarse del virus y dar al FMI el incentivo para repensar su averiado modelo de negocio.

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