EL CONGRESO DE EE.UU. ES UNA F BRICA DE SALCHICHAS QUE OLVIDÓ CÓMO SE HACEN LAS SALCHICHAS

La costumbre republicana de bloquear proyectos pone en duda la reforma fiscal

Trump quiere una reforma fiscal pero le falta cintura política para llevarla adelante. Su partido se especializa en bloquear cada iniciativa presidencial

Hagámosle un pase a Donald Trump. La última vez que el Congreso promulgó una ley seria fue hace más de siete años, mucho antes de que Trump apareciera en escena. Fue la reforma de salud de Barack Obama, que se convierte en la pesadilla de Trump, quien no puede sacarse esa ley de encima.

El Congreso es una fábrica de salchichas que olvidó cómo se hacen las salchichas. Y ahora Trump quiere que se fabrique la salchicha más grande que pueda imaginarse: un gran paquete de reformas fiscales. Pero, ¿qué sabe Trump de salchichas?

La respuesta es corta. Aprobar proyectos de ley serios requiere la claridad de Ronald Reagan, las agallas de Lyndon Johnson y la paciencia de Job, cualidades que Trump no tiene. A diferencia de los ataques a sus detractores, y a lo que calificó de "medios de noticias falsas", las habilidades de promoción de Trump son limitadas.

Cuesta pensar en un tuit memorable de Trump sobre la reforma fiscal. Trump es mejor derribando a oponentes que formulando argumentos a favor de la reforma. Lo más probable es que no logre la aprobación de la reforma tributaria, como tampoco logró la derogación y el reemplazo del Obamacare.

Pero la culpa de esto no recae únicamente en sus hombros. Su elección vino después de los seis años más improductivos del Capitolio desde la época de la Reconstrucción tras la guerra civil. El Congreso es el primero de los tres poderes de Estados Unidos; no obstante, ya no funciona de manera seria desde 2010. El Partido Republicano que creyó que debía evitar que Obama aprobase cualquier propuesta, aun cuando Obama hubiese hecho mucho para acercar posiciones es el principal responsable. Entre las iniciativas fallidas hay una reforma inmigratoria y otra fiscal.

Habiendo adquirido la costumbre de bloquear, los republicanos olvidaron cómo anotar. Pero lo único que une a los republicanos de todas las clases, incluido Trump, es el fuerte deseo de recortar los impuestos. No importa tanto cómo se recortan o cuáles son el objetivo. La única amalgama ideológica del partido es el deseo de recortarlos. De otras cuestiones, como sanear presupuestos, se puede prescindir con facilidad. Por lo tanto, a Trump debería resultarle sencillo impulsar un gran recorte de impuestos sin importar las consecuencias. Sin embargo, las posibilidades de éxito son pocas. Esto se debe a dos motivos: el primero es que Trump no tiene ganas del intrincado tira y afloje que se requiere para ganar. Esto es así incluso en las mejores épocas. Pero éstas son las peores. Trump está cada vez más distraído por las investigaciones de Rusia, que ocupan la mayor parte de su ancho de banda. Según los asistentes, Trump pasa gran parte de la tarde viendo grabaciones de noticias por cable con la misma obsesión que tiene con Rusia. Luego llama a sus amigos de Nueva York, Florida y otros lugares para comentarles el trato injusto recibe. La obsesión de Trump con las críticas sobre las "noticias falsas" es su primera, segunda y tercera prioridad. A cualquiera que tenga dudas le basta con analizar los tuits y las altas horas a las que los envía. La reforma fiscal ni figura en su agenda.

El segundo motivo es que los republicanos ya no son un partido gobernante. Para ser justos, solo lo son a nivel federal. Hay numerosos alcaldes y gobernadores republicanos que hacen un buen trabajo para resolver problemas prácticos a nivel local. Pero el partido nacional solo sabe impedir que las cosas sucedan. En los últimos seis años, los republicanos votaron muchas veces a favor de revocar el Obamacare con la seguridad de que Obama vetaría el proyecto de ley. Ni una sola vez se sentaron a elaborar un plan propio. La salud es un tema aburrido para cualquier persona a la que no le interese la política. A los republicanos no les importa la política.

Más que en un grupo de fabricantes de salchichas, los republicanos se convirtieron en un grupo de vándalos. Palabras como "abolir", "derogar", "aplastar" y "eliminar" están en la punta de la lengua del partido. Eso es el resultado de la costumbre de cerrar el gobierno y llevar a los Estados Unidos al borde del default. Términos como "construir", "consultar", "negociar" y "proyecto" son realmente excepcionales.

Incluso algo tan simple como el recorte de impuestos requiere la formación de coaliciones. Además, los republicanos tienen que subir el techo de la deuda de EE.UU. antes de recurrir a recortes de impuestos. Trump, que sería el que más perdería en caso de un default de deuda soberana, no tiene claro cómo hacerlo. Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, quiere un "proyecto de ley limpio" para aumentar el tope de endeudamiento. Pero Mick Mulvaney, director de presupuesto de Trump, quiere sumar recortes de gastos, lo que no garantizaría votos demócratas. Trump no puede negociar ni consigo mismo.

Estudiantes de historia podrían decirle a Trump que Roma no se construyó en un día. Sin embargo, los vándalos lograron demoler Roma bastante rápido. ¿Es Trump un romano o un vándalo? Lamentablemente, esa pregunta lleva implícita su respuesta.

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