Parte I

FT | La cárcel china del Covid: cómo se pasan los días en un centro de detención secreto

Thomas Hale, corresponsal del FT, cuenta su experiencia sobre cuando las autoridades chinas lo llevaron a un centro de cuarentena a mitad de la noche.

La llamada procedía de un número que no reconocí. "Tiene que estar en cuarentena", me dijo un hombre en mandarín. Llamaba del Centro Municipal de Control y Prevención de Enfermedades de Shanghai. "Vendré a buscarle en unas cuatro o cinco horas".

Salí corriendo de mi hotel para abastecerme de las cosas básicas. Basándome en los consejos de mis colegas y en mi experiencia previa de la cuarentena en China, éstas incluían: atún en lata, té, galletas, tres tipos de vitaminas, cuatro variedades de caramelos, tuppers, una esterilla de yoga, una toalla, material de limpieza, un cable alargador, unos cuantos libros, colirio para los ojos, una bandeja, una taza y un posavasos.

Cuatro o cinco horas después, recibí otra llamada telefónica. Esta vez era una mujer del personal del hotel. "Ha estado en contacto directo con un contagiado. No puede salir".

También me explicó que "el hotel está cerrado". Fui a la puerta de mi habitación y la abrí. Un miembro del personal estaba allí de pie. Los dos nos sobresaltamos.

- "No puede salir", me dijo.

- "¿Y al personal se le permite salir?" pregunté disculpándome.

- "No pasa nada. Acabo de empezar mi turno", respondió sonriendo.

Los hombres con trajes protectores llegaron un poco más tarde. Primero me hicieron un PCR con el mismo hastío que el hombre que me había llamado antes. Luego, uno me acompañó por el pasillo desierto. Pasamos los ascensores, que estaban bloqueados y vigilados, y tomamos el ascensor del personal. Fuera, la entrada también estaba acordonada. Habían cerrado un hotel con cientos de habitaciones sólo por mi culpa. Me estaban "retirando", como llaman en China a este proceso.

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En la calle vacía había un minibus parado. Era pequeño, un vehículo para viajes escolares o familias numerosas, quizá.

En marcha

Nos pusimos en marcha. "¿Vamos a otro hotel?" pregunté a uno de la docena de pasajeros a bordo. "No es un hotel", respondieron.

"Tian a", dijo otro pasajero. Esta expresión, que suele traducirse como "Dios mío", transmitía más bien un "Por Dios" en este caso.

El ambiente en el autobús era más de indiferencia que de temor. Como adulto, no deja de resultar una experiencia curiosa que te lleven a algún sitio sin tener ni idea del destino. 

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Nuestro conductor, enfundado en un traje protector hablaba frenéticamente por teléfono con algún superior. Al cabo de una hora más o menos, su forma de conducir pareció volverse más acelerada también y me vinieron a la mente las noticias recientes de la provincia de Guizhou en las que un conductor que trasladaba en autobús a pasajeros en cuarentena se había estrellado, matando a 27 pasajeros. Me abroché el cinturón de seguridad y volví a colocar mi valija, que bloqueaba el pasillo.

Finalmente, nos detuvimos en una pequeña ruta en medio del campo. El conductor recibió instrucciones, por walkie-talkie, de seguir adelante. Pero esto era imposible porque había varios micros delante de nosotros, y pequeñas multitudes de personas deambulaban en la oscuridad. "No puedo conducir", ladró en su auricular. Después salió, cerró el autobús y se alejó en la noche.

Bajé la ventanilla para ver si era posible salir. Estábamos en medio del campo y hacía muchísimo frío. Entonces, un pasajero que también llevaba un traje protector saltó al asiento del conductor. No intentaba escapar, sólo desbloquear la puerta. Fuera, la gente fumaba y se arremolinaba sin rumbo.

Habían cerrado un hotel con cientos de habitaciones sólo por mi culpa. Me estaban "retirando", como llaman en China a este proceso.

"¿De dónde eres?", me preguntó otro hombre. Llevaba el equipo de protección enrollado alrededor de la cintura. "De Reino Unido", respondí, lo que pareció dejarle estupefacto.

"¿Te han traído aquí con un pasaporte extranjero?", preguntó extrañado.

La cola de autobuses desapareció lentamente mientras avanzaba hacia una puerta iluminada al final de la carretera. El humo de los cigarrillos en el aire nocturno arrojaba una capa plateada sobre los campos. Esperamos. Ninguno de nosotros -ni yo, ni los demás pasajeros, ni nuestro conductor- había dado positivo en la prueba del Covid-19.

La idea es erradicar en lugar de cohabitar con el coronavirus, lo que implica la detención de un número desconocido de personas

Hacia las dos de la madrugada, nuestro conductor volvió a subir al autobús. Arrancó el motor y la radio se encendió. Era nuestro turno. Seguimos adentrándonos en el centro de cuarentena de China, el tipo de lugar que te encuentra a ti, y no al revés. Forma parte de un sistema que no se concibe en el mundo exterior. La idea es erradicar en lugar de cohabitar con el coronavirus, lo que implica la detención de un número desconocido de personas. Y es un lugar que los extranjeros pueden imaginar, pero en el que pocos han estado.

Tres semanas antes, en pleno aeropuerto de Heathrow, la cola de facturación de China Eastern Airlines estaba acordonada para aislar a los pasajeros del entorno. "Ahora no es un buen momento para entrar en China", me dijo un empleado, justo antes de cruzar el punto de no retorno.

"Es más fácil subir al cielo que salir del país", se decía a veces de las restricciones que regían en la China comunista anterior a los años noventa. Hoy, "es más fácil subir al cielo que volver". Técnicamente, mi ascenso comenzó a principios de 2020, cuando me nombraron corresponsal de Financial Times en Shanghai. Desde entonces, pasé los dos años siguientes esperando en Hong Kong, sin poder trasladarme al continente debido a los retrasos de mi visado. Tras 12 horas de vuelo, llegué al aeropuerto de Shanghai. Antes de entrar en la ciudad propiamente dicha, tendría que cumplir la cuarentena obligatoria de 10 días que espera a todo aquel que no tenga su residencia allí.

Las pruebas PCR en China son un ritual casi diario y los puestos de pruebas son habituales en cada esquina. Se parecen vagamente a los puestos de comida, salvo que son más grandes y tienen forma de cubo. Forman parte de un vasto sistema de vigilancia

El pase digital Covid de China se asemeja a los programas de seguimiento y localización de otros países, salvo que es obligatorio y funciona. Mediante Alipay o WeChat, las dos principales apps del país, se vincula un código QR con los resultados más recientes de las pruebas de cada persona. El código debe escanearse para entrar en cualquier sitio, con lo que se rastrea su ubicación. El verde significa que puedes entrar; el rojo, que tienes un problema.

Siga la crónica en La cárcel china del Covid: la cuarentena. 

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