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La lección que Chile le puede dar a los otros países emergentes de la región

La carrera por el hidrógeno demuestra que los combustibles fósiles no son el único camino hacia la prosperidad

Brasil se anuncia como el principal productor mundial de petróleo en alta mar, el presidente de México está empeñado en aumentar la producción de crudo, la empresa petrolera estatal de Argentina está invirtiendo miles de millones en la extracción de petróleo de esquisto de las rocas y el nuevo líder de Ecuador se ha comprometido a duplicar la producción de petróleo.

A juzgar por este frenesí de los combustibles fósiles, uno podría ser perdonado por pensar que los gobiernos de América latina no han oído hablar de la emergencia climática global. La adicción de la región al petróleo y al gas, preferentemente extraído por empresas controladas por el Estado, es fuerte. Es algo natural para los líderes cuyas economías llevan mucho tiempo ligadas a la exportación de recursos naturales.

Sin embargo, hay una notable excepción a esta carrera por los hidrocarburos en América latina. Chile ha puesto en marcha uno de los planes más ambiciosos del mundo en materia de energías renovables, con la esperanza de aprovechar la abundancia de fuertes vientos en el sur de la Patagonia y el intenso sol del norte del desierto de Atacama para generar electricidad verde a precios mínimos.

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Los inversores se han dado cuenta. El año pasado, más del 40% de la inversión extranjera directa en Chile se destinó a las energías renovables, y el país ha sido clasificado como el más atractivo del mundo por el Climatescope de Bloomberg.

La visión chilena no se limita a la electricidad verde. El gobierno espera convertir a la nación del Pacífico en un exportador mundial líder de hidrógeno verde, un combustible producido sin emisiones, que ha entusiasmado a algunos expertos por sus credenciales medioambientales.

El argumento de Chile es que los electrolizadores necesarios para fabricar el hidrógeno bajarán mucho de precio a medida que se incremente la producción y se construyan modelos más grandes (ya hay proyectos piloto en marcha en varias partes del mundo). Puede acceder a una energía renovable y limpia a un costo muy bajo, lo que le permitirá superar a rivales potenciales como Arabia Saudita y Australia como el productor de hidrógeno verde más barato del mundo.

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Estos argumentos son plausibles, ya que se basan en una tecnología ampliamente probada y en tendencias que ya están en marcha. (En Australia, la abundancia de energía solar ha hecho que el precio de la electricidad al por mayor sea inferior a cero en los momentos de máximo sol). Algunas aplicaciones de alto consumo energético, como la alimentación de camiones mineros pesados, grandes barcos o aviones, son difíciles o imposibles de atender con la tecnología de baterías existente.

Lo que es mucho menos seguro es si el hidrógeno verde es la mejor solución y, por tanto, si surgirá un mercado mundial de exportación para él. Elon Musk se ha burlado de la idea de las pilas de combustible de hidrógeno, mientras que un multimillonario rival, el magnate australiano del mineral de hierro Andrew Forrest, espera demostrar que está equivocado convirtiendo su explotación minera Fortescue en un exportador de hidrógeno verde.

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Aun suponiendo que el hidrógeno libre de carbono pueda producirse a gran escala y de forma barata -Chile aspira a que el kilo esté por debajo de u$s 1,50 en 2030, una fracción de los u$s 4,30 actuales-, uno de los principales obstáculos es cómo transportarlo. A diferencia del gas natural, el hidrógeno debe licuarse a temperaturas cercanas al cero absoluto, un proceso costoso, que consume el 30% del valor energético del gas, antes de ser trasladado. Sólo pueden hacerlo camiones o tuberías especialmente adaptados; el primer barco del mundo construido para transportar hidrógeno está en fase de pruebas en el mar. Una alternativa puede ser convertir el hidrógeno en amoníaco, que es más fácil de despachar.

A pesar de estos considerables obstáculos, el gobierno chileno merece ser elogiado por la determinación y la minuciosidad con la que persigue las energías alternativas, tanto para uso doméstico como para la industria de exportación. Los adictos a los combustibles fósiles de otros países en desarrollo deberían tomar nota.

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