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Coronavirus: por qué las regulaciones para viajar podrían durar más de lo que se cree

Es posible que todos estos certificados covid se unan a la lista de medidas de emergencia que terminaron siendo permanentes, como los pasaportes o el impuesto a la renta

Viajar hoy en día requiere un montón de papeleo. En un viaje reciente a Italia, tuve que presentar una prueba de vacunación, una prueba de tres exámenes distintos de flujo lateral negativo, la reserva de otro examen PCR, un formulario de localización de pasajeros para la Unión Europea y un formulario de localización de pasajeros para el Reino Unido. Algunos de los formularios estaban mal diseñados. 

No podía reprochar la burocracia. Estaba intentando dar la vuelta al mundo en medio de una pandemia. Pero mientras trataba de completar otro formulario más, surgió un pensamiento sombrío: ¿y si todo este papeleo no desaparece nunca? Después de todo, el SARS-CoV-2 no está en peligro inminente de ser erradicado, y la burocracia puede ser pegajosa.

Para contextualizarme, retomé la animada historia de Martin Lloyd y sólo me tranquilizó un poco. En la época premoderna, se asumía por default que nadie podía viajar a ningún sitio -a menudo ni siquiera a la ciudad de al lado- sin permiso oficial. Con el tiempo, y de forma desigual, se hizo posible una circulación más libre.

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En Inglaterra, en 1215, la Carta Magna incluía una cláusula que proclamaba que "será lícito para cualquier hombre salir y volver a nuestro reino ileso y sin miedo", lo que Lloyd caracteriza como "un primer intento de abolir el sistema de pasaportes". Ese intento no duró, pero los británicos desdeñaron durante mucho tiempo la idea de los pasaportes y en el siglo XIX los documentos que expedían, firmados personalmente por el secretario de Asuntos Exteriores, no proporcionaban ninguna descripción física.

En 1835, el recién independizado país de Bélgica pidió a "todos los gobiernos extranjeros" que facilitaran detalles como la edad, la estatura y el color del pelo en los pasaportes que emitían. El secretario de Asuntos Exteriores británico, Lord Palmerston, calificó el sistema de pasaportes de "repugnante", la petición de datos personales de "ofensiva y degradante", y le dijo a los belgas que si querían destruir su industria turística era su propia elección.

Los belgas dieron marcha atrás. En las discusiones con Bruselas de aquellos días, el gobierno británico tenía realmente todas las cartas.

En cualquier caso, la opinión se inclinaba por el enfoque británico. El emperador Napoleón III de Francia señaló con admiración: "En Inglaterra la primera de todas las libertades, la de ir a donde uno quiera, nunca se ve perturbada, pues allí no se pide pasaporte a nadie". Estados Unidos y la mayoría de los países europeos habían abandonado los pasaportes a finales del siglo XIX. En muchos países sudamericanos, la libertad de viajar sin pasaporte era un derecho constitucional.

Entonces, ¿cómo volvió a surgir el pasaporte? La respuesta fue la Primera Guerra Mundial. No sólo había espías que interceptar, sino que los documentos de identidad y otros similares permitían a los gobiernos vigilar a sus ciudadanos, y encontrar más reclutas para sus ejércitos. Lloyd escribe: "Al final de la guerra, en 1918, el movimiento a favor de la abolición de los pasaportes volvió a cobrar fuerza, pero ahora luchaba contra gobiernos que habían descubierto lo estrechamente que se podía controlar a una población y lo fácil que era justificarlo".

Los pasaportes no son la única medida en tiempos de guerra que se convirtió en permanente. En el Reino Unido, el impuesto a la renta se introdujo en 1799 como medio temporal para financiar la guerra contra las fuerzas de Napoleón Bonaparte. Ha resultado ser menos temporal de lo anunciado.

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¿Qué pasará entonces con todos estos certificados y formularios de localización? ¿Se unirán al pasaporte y al impuesto sobre la renta como medidas de emergencia que de alguna manera duraron para siempre?

El cínico que hay en mí teme que este papeleo dure mucho más de lo necesario, pero la evidencia sugiere que las fuerzas contrapuestas se reunirán para oponerse a las regulaciones. El proyecto Doing Business del Banco Mundial hace un seguimiento del costo y el tiempo necesario para cumplir con regulaciones como el registro de un negocio o la obtención de un permiso de construcción. Entre los lugares con las normas más sencillas se encuentran Nueva Zelanda, Singapur, Dinamarca, Corea del Sur, EE.UU., Reino Unido y Suecia, y las principales economías suelen estar a la caza de nuevas mejoras.

Existe un escenario esperanzador -al menos en mi opinión- en el que los gobiernos consigan reforzar y agilizar sus sistemas de información de salud pública, de modo que los ciudadanos comunes puedan moverse con facilidad en tiempos normales, pero en el que la información sobre pruebas, vacunas e incluso cuarentena pueda obtenerse rápidamente cuando se necesite. Tener que mostrar un certificado de vacunación puede resultar opresivo para algunos, pero durante una crisis sanitaria, poder hacerlo sin esfuerzo puede ser mucho más preferible. El impuesto a la renta también puede parecer opresivo, pero pocos se oponen a su principio.

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Quizá la historia del pasaporte pueda enseñarnos una lección. Dado que no vivimos en un mundo en el que cualquiera puede cruzar cualquier frontera, el pasaporte se ha convertido en una herramienta para agilizar y democratizar los viajes, e incluso para defender los derechos humanos.

Una conferencia de la Sociedad de Naciones celebrada en 1920 inició el proceso de acordar normas internacionales para los pasaportes y garantizar que cualquier ciudadano pudiera tener uno por un precio razonable. Los pasaportes "Nansen", llamados informalmente así por su promotor, el explorador polar Fridtjof Nansen, fueron expedidos por la Liga en la década de 1920. Se entregaron a los refugiados tras el caos de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Los pasaportes Nansen permitieron, en lugar de restringir, las libertades de esos refugiados. No eran una burocracia, sino un pasaje a la libertad.

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