Uruguay hace bien, legalizar el cannabis será beneficioso

No salta inmediatamente a la vista lo que tienen en común un muchacho de un pequeño pueblo minero del sur de Gales y el gobierno de Uruguay. Pero lo cierto es que: ambos queremos ponerle fin a la guerra contra la droga.


Esta semana, una votación en el Senado de Montevideo convirtió a Uruguay en el primer país del mundo que legaliza la producción, la venta y el consumo de cannabis. En mi caso, luego de graduarme en Oxford con honores en física nuclear y obtener varios títulos de posgrado, consideraciones éticas y financieras me persuadieron de dejar el mundo académico y seguir una carrera vinculada con los negocios: la exportación e importación de hierbas medicinales. Me atraparon y condenaron a 25 años de cárcel, de los cuales cumplí siete. Ahora soy escritor y comediante y mi orden del día incluye hacer todo lo que pueda para legalizar el cannabis.


La legalización tiene tres ventajas principales. Además de los beneficios para la salud para quienes padecen desde asma hasta SIDA, liberará a los consumidores de la necesidad de adquirir drogas de procedencia ilegal; y el delito que es la causa directa de la prohibición (asesinato, violencia, el secuestro, etc) desaparecerá.


La mayoría de las propuestas de legalización comparten el razonamiento de que no se puede reprimir el comercio. En el modo de regulación están los desacuerdos.


Algunos modelos proponen un monopolio del Estado sobre el suministro, y que toda publicidad se considere ilegal. Esto llevaría a una estructura relativamente estable, pero burocrática sin remedio. Un oligopolio, con algunas empresas que operen como cártel, posiblemente produzca una parálisis similar. Una tercera opción -la de mi preferencia- es que pequeñas empresas privadas competidoras se encarguen de la producción y la distribución conforme a las reglamentaciones del gobierno.


Cualquier reglamentación debe apuntar a evitar errores cometidos en el comercio ante de la regulación, más que a un razonamiento moralista. Los gobiernos solo deberían intervenir si ello aumenta la satisfacción del consumidor. Con el tiempo, el cannabis debe ser accesible tal como el té, el café o las hierbas medicinales. Desafortunadamente, es más probable que se lo regule del mismo modo que el alcohol y el tabaco, lo cual implica, equivocadamente, que es peligroso por igual.


Creo que es más eficaz y justo que personas con experiencia operen el suministro legalizado de cannabis. Sería una lástima no rescatar tantas relaciones establecidas, honorables y fructíferas entre cultivadores y otros participantes en los países de origen. Nada me gustaría más que trabajar de eso, pero cada vez me resigno más a ya no estar para cuando finalmente ocurra la legalización generalizada.


Algunos opositores de la legalización imaginan que supondrá una carga para los servicios de salud pública y quizás exijan medidas fiscales. También habrá otras resistencias. El consumidor duro está convencido de que la legalización arruinará la calidad del producto. El comercialismo puede convertir al producto en una no entidad producida e inútil, como la cerveza sin alcohol. Adoptar semejantes trampas de puritanismo pasadas de moda sería una farsa. Consumir drogas no está mal.

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