Socios de EE.UU. deberían evitar una confrontación

La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de aplicar polémicos aranceles al comercio les creó un dilema a los grandes países exportadores de acero y aluminio. Esos países se están sometiendo a uno de las preguntas más espinosas de la política comercial: cómo lidiar con una superpotencia fundamentalmente irracional.

 

El anuncio de Trump sobre los aranceles de emergencia al acero y al aluminio hizo que países como Japón, Canadá, México, Brasil y la UE se vean en una disyuntiva. Los derechos aduaneros entrarán en vigencia la semana próxima y, mientras tanto, Europa como las otras naciones analizan cuál es la mejor manera de reaccionar.

Hasta ahora sus respuestas son mayormente de manual: tratar de negociar exclusiones de los aranceles (con éxito por ahora para Canadá, México y Australia) o contraatacar con aranceles propios en áreas políticamente sensibles (los actuales planes de la UE). Pero los riesgos de que esas medidas vayan legalmente por mal camino o provoquen una guerra comercial mayor son mucho más altos que en décadas anteriores. Los países afectados deberían pensar en mantener abierto el sistema de comercio y seguir funcionando entre ellos.

La respuesta estándar a una provocación como la de Trump sería elevar el caso a la Organización Mundial de Comercio (OMC) y, mientras tanto, contemplar contramedidas. Pero la decisión de Trump de invocar la "seguridad nacional", una excepción a las normas de la OMC muy rara vez utilizada, complica ese recurso.

Es muy fácil de ver la irracionalidad y la incoherencia del plan. El principal adversario a la seguridad nacional de Estados Unidos, China, apenas se ve afectado por los aranceles. Trump mismo frecuentemente se aleja del guión cuando asegura que los aranceles en realidad apuntan a corregir el comercio injusto.

Pero el evidente disparate de la justificación no necesariamente garantiza que los socios comerciales ganarán un caso ante la OMC o que efectivamente permita a la UE clasificar los aranceles como "salvaguardas" diseñadas a lidiar con los aumentos de las importaciones y fijar contramedidas unilateralmente. Las normas de la OMC otorgan gran discreción a los gobiernos para invocar excepciones ligadas a la seguridad nacional.

Es bastante posible que, suponiendo que los casos puedan avanzar a través del congestionado sistema de resolución de disputas de la OMC, Estados Unidos gane y la UE pierda. Eso le entregaría a Trump una victoria política.

Además de las represalias o como opción alternativa, las grandes potencias de la economía mundial deben analizar cómo hacer para que el sistema siga funcionando sin EE.UU. La rebaja de aranceles o alguna otra medida que facilite el comercio entre ellas, lo más posible dentro de las normas de la OMC, sería una manera de demostrar al país norteamericano que sus exportaciones podrían verse perjudicas por sus propias acciones.

Los admirables esfuerzos que hicieron las otras once economías de la Asociación Transpacífico de Cooperación Económica (TTP) para revivir las negociaciones después de que Trump retiró a Estados Unidos del tratado son una manera de hacerlo. A nivel más general, con respecto a la salud del sistema de comercio multilateral, otros países han estado analizando la posibilidad de crear su propio sistema de resolución de disputas patrocinado por las normas de la OMC.

Nada de eso es fácil, especialmente porque cualquier esfuerzo efectivo para aislar a Estados Unidos requerirá que se incluya a China, que viene alejándose del enfoque hacia el comercio abierto basado en normas.

La UE y otras grandes economías deben que pecar de cautelosas. Los aranceles al acero afectarán a sólo cerca de 2% de la producción siderúrgica de la UE: no es insignificante pero tampoco dramático. La lenta y dolorosa tarea de seguir las vías legales y construir un sistema que evite a EE.UU es mucho menos agradable que fijarle aranceles al whisky. Pero bien podría dar mejores frutos en el largo plazo teniendo en cuenta la mercúrica administración estadounidense.

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