EST N ATERRADOS Y ENOJADOS CON LA CRECIENTE DELINCUENCIA Y LOS MALOS SERVICIOS PÚBLICOS

Los votantes brasileños ven a Jair Bolsonaro como un agente de cambio

El probable triunfo electoral del ultraderechista apodado "Trump tropical" refleja un genuino deseo popular de que Brasil sea objeto de grandes reformas

Se dice que éste es un buen momento para ser dictador. Es por eso que las conversaciones sobre las elecciones presidenciales de Brasil se centran tanto en el "quién" de una campaña a menudo sensacionalista.

Sin embargo, la comprensible preocupación por la personalidad de Jair Bolsonaro a veces llega a expensas de un análisis de los motivos por los cuales es casi seguro que el 28 de octubre ese candidato de ultraderecha será electo presidente de la octava economía más grande del mundo.

El ex capitán del ejército, a quien a veces se lo llama el "Trump tropical" o el "Duterte brasileño" es abiertamente misógeno, racista y autoritario. Señaló que quiere "carta blanca" policial para matar, le dijo a una legisladora que nunca la violaría porque "no te lo mereces", y admira la ex dictadura militar del país.

Aún así, los brasileños corren hacia él. Las encuestas indican que la intención de voto del legislador asciende a 59%, comparado con el 41% de su rival, Fernando Haddad del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT). Aún más sorprendente, el 47% de los brasileños sostiene que nunca votarán al amable ex alcalde de San Pablo. Bolsonaro tiene un índice de rechazo de "sólo" 35%.

¿Por qué Bolsonaro es tan popular? El partido de Haddad gobernó Brasil la mayor parte de este siglo. Por lo tanto, ese candidato representa la continuidad de un sistema que presidió la peor recesión y el mayor escándalo de corrupción de Brasil. Estos traumas abrieron el camino para Bolsonaro, quien muchos esperan que ponga fin a un sistema con el que están justamente enojados.

Brasil definitivamente debe cambiar. Empecemos por la economía. Desde que volvió la democracia hace tres décadas, los gobiernos sucesivos elevaron el gasto a un ritmo más rápido que el crecimiento de la economía del país. Por lo tanto, equilibrar las cuentas va a exigir una suba de impuestos. A fines de la década de 1990, Brasil cobraba en impuestos cerca del 20% del PBI. Hoy recauda 34% de su producto económico de u$s 2 billones.

Esa relación es similar a la de muchos países europeos, pero Brasil no brinda servicios públicos de calidad europea. Gran parte del dinero y de la atención administrativa se dedica, en cambio, a sectores privilegiados. Como Brasil no puede subir mucho más los impuestos, algo tiene que dar. ¿Deberían ser préstamos subsidiados para las grandes empresas que se expanden en el exterior, como quería el Partido de los Trabajadores, o para mejores escuelas en el país?

Que se planteen esas preguntas explica el por qué los mercados subieron con Bolsonaro. Algunos inversores ven su ascenso como reflejo de un incipiente debate interno sobre el tamaño del Estado. Un subgrupo hasta espera que su crecimiento en las encuestas sea una señal de que la socialdemocracia de Brasil está descubriendo a su Adam Smith interno.

Brasil también debe cambiar en el ámbito político. La Constitución de 1988 hizo maravillas en lo que se refiere a consolidar la democracia. El Partido de los Trabajadores representaba a los sindicatos, la oposición PDSB representaba a los empresarios. Mientras tanto, una multitud de partidos más chicos promovían intereses minoritarios.

Sin embargo, este sistema fragmentado de gobierno dio origen a una construcción compleja de coaliciones. A eso le siguió el uso de fondos estatales para conseguir votos y la corrupción. Además, cerca de 50 millones de brasileños, un cuarto del electorado, se incorporó a la clase media durante la década pasada. Interesados en proteger su endeble nueva posición, están aterrados y enojados con la creciente delincuencia y los malos servicios públicos. Al igual que muchos, ya no se sienten representados por los partidos tradicionales de Brasil. Y tienen razón.

Fernando Henrique Cardoso, el estadista de la política brasileña, lo admitió así: "El sistema electoral creado por la Constitución de 1988 está agotado", dijo hace poco el ex presidente. "Ahora estamos siendo testigos de la explosión de ese sistema... Será necesario repensarlo".

Brasil casi nunca necesitó un líder reformista tanto como ahora. Bolsonaro parece ser la persona que los brasileños elegirán para que sea ese agente de cambio. Si un político de segunda fila con ideas extremas es el adecuado para esa tarea, es otra tema. Pero el cambio positivo será el estándar contra el cual los brasileños lo juzgarán y también probablemente se decepcionen aunque sólo sea debido a las inmensas dificultades que conlleva la misión-.

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