La política paranoica de los republicanos no nació con Trump

Es de vital importancia para Estados Unidos que prevalezcan los miembros moderados del partido, cuyo principal problema para actuar es la profundidad y la edad de la podredumbre interna.  

Fue un republicano, el vicepresidente Mike Pence, quien más debio soportar a la multitud en el Capitolio de Estados Unidos  la semana pasada. Fue otro, el senador Lindsey Graham, quien se encontró rodeado y abucheado en un aeropuerto local. El empalagoso servicio que ambos hombres le prestaron a Donald Trump  durante cuatro años no sirvió de mucho cuando eligieron ratificar su derrota en las elecciones presidenciales del pasado noviembre. Por ese lapsus de pureza, ahora serán perseguidos “para siempre , para citar a un manifestante.

Un rasgo del extremismo es el entusiasmo con el que atacan a su propio bando. Los escépticos y los cismáticos incurren en más ira que los no creyentes. Y así, la mayoría de los republicanos están inmersos en una lucha viciosa y abierta con los extremos más salvajes de su propio movimiento. Si sólo el GOP, como se lo conoce también al Partido Republicano, estuviera en juego, la nación podría dejarlo. Pero ninguna democracia puede prosperar mucho tiempo sin dos partidos responsables. Es de vital importancia para Estados Unidos (y para el mundo que ayuda a anclar) que prevalezcan los republicanos moderados.

Qué trágico sería si no ocurre. Su primer problema es la profundidad y la edad de la podredumbre interna. Los republicanos tienen que deshacer décadas de coqueteo con elementos paranoicos, no sólo cinco años. Ya sea que en el tiempo lo ubiquemos en las elecciones intermedias del Congreso de 1994, o la candidatura de Barry Goldwater para la Casa Blanca en 1964, o los años ’50 de McCarthyite, el partido no ha vigilado su flanco derecho durante mucho tiempo. La descripción del gobierno republicano como intrínsecamente perverso no es nueva. Tampoco lo es la liviandad con la que se invoca la Revolución Norteamericana (como lo hicieron Richard Nixon y el ex líder del Congreso Newt Gingrich). La práctica de poner en duda la legitimidad de la oposición no comenzó con el presidente electo Joe Biden  este invierno boreal.

No muchos republicanos que hicieron la vista gorda ante este estilo de política esperaban que se saliera de control. Pero tampoco deberían fingir que es una aberración reciente, y eso incluye a los Never Trumpers. El rico género de comentarios sobre si habrá trumpismo después de Trump tiende a disimular el trumpismo antes de Trump.

Además de este peso de la historia, los republicanos moderados se enfrentan a los caprichos estructurales de la política estadounidense. La característica contramayoritaria del sistema permite al partido seguir siendo competitivo y poderoso sin atraer mucho fuera de su base. Habiendo ganado el voto popular sólo una vez desde 1988, los republicanos ocuparon la Casa Blanca la mitad de las veces que tuvieron oportunidad de hacerlo en ese tiempo. Las 600.000 personas de Wyoming neutralizan los 40 millones de California en el Senado. Nada de eso es incorrecto. La constitución nunca quiso privilegiar las toneladas de votos. Pero sí significa que los republicanos no enfrentan el mismo incentivo que mantiene a los partidos honestos en otras democracias. Para llegar a alguna parte, los republicanos reformistas deben apelar a la conciencia de sus colegas, y dejar de lado sus intereses.

Incluso si incurrieron en un costo electoral, los conservadores estridentes cuentan con una lujosa red de seguridad que los contiene. Lo que distingue a la derecha norteamericana de, digamos, la francesa o australiana, es que es una industria, no sólo una propuesta política. Un candidato puede auyentar a la amplia masa de votantes y aún así encontrar un trabajo lucrativo en los programas de cable o en el circuito de los libros. Tras fracasar en las elecciones de 2008 como protopopulista, Sarah Palin escribió memorias que superaron a Stephen King. Ninguna otra democracia tiene un mercado mediático lo suficientemente grande como para sostener algo como este ecosistema. Incluso se incentiva a los ex legisladores a mantenerse en buenos términos con la base enojada.

Por lo tanto, los republicanos que desean moderar a este partido rebelde constantemente se encuentran con problemas. Y lo han intentado antes. Hubo un brote de interés en hacer cambios hace poco más de una década. Gran New Party, escrito por Ross Douthat y Reihan Salam, esbozó un nuevo manifiesto. El entonces gobernador de Indiana, Mitch Daniels, sobresalió como mensajero creíble. Lo que siguió en su lugar fue el Tea Party y, con el tiempo, Trump.

Las circunstancias para la renovación son ahora aún menos prometedora. Parece que pocos senadores republicanos votarán para condenar al presidente si la Cámara de Representantes le inicia juicio político esta semana. Es poco probable que Pence active la 25ª enmienda. En un acto de insuperable grosería, un antiguo ayudante de Trump lamenta la pérdida de seguidores de las redes sociales. Aquellos que deseen salvar el partido de Lincoln y Eisenhower de este tipo de cosas deben enfrentar la lógica de la rigidez institucional. Es posible que una institución esté demasiado comprometida por demasiado tiempo para poder salvarla. Si tan sólo las implicancias pudieran afectar sólo al partido, o incluso a Estados Unidos.

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