Italia le da una oportunidad a la alianza antisistema

Italia está al borde de formar el gobierno más inexperto y poco convencional de una democracia de Europa occidental desde el Tratado de Roma que fundó a la Unión Europea en 1957. Estaría compuesto por el Movimiento Cinco Estrellas anti establishment y la Liga, que es de ultraderecha y se opone a la inmigración. Esos partidos consideran que el sistema político moderno de Italia es un terrible fracaso y que la gestión y las políticas de la UE están repletas de fallas.

Antes de las elecciones parlamentarias del 4 de marzo en Italia, en otras capitales de la UE y en los mercados financieros se opinaba que de todos los resultados posibles el más inquietante era el un gobierno formado por Cinco Estrellas y Liga. Ahora los bárbaros no se están simplemente congregando en las puertas de Roma. Están dentro de los muros de la ciudad.

Sin embargo, la Roma de 2018 no es la Roma de 410, y ni Luigi Di Maio de Cinco Estrellas ni Matteo Salvini de la Liga son el Rey Alarico de los visigodos. Los dos partidos cuentan con una incuestionable legitimidad democrática porque ganaron las elecciones. Está bien que tengan una oportunidad de gobernar Italia. Excluir del poder a los ganadores electorales no es una medida digna de una democracia madura, cuando los vencedores lograron su éxito con todas las de la ley.

Los partidos italianos prevalecientes tienen la culpa de que estos partidos tengan esta estatura política dominante. Durante al menos 20 años, Italia vivió estancamiento económico, reformas tibias y desgobiernos. Si Cinco Estrellas y Liga llegan al poder, deben demostrar que pueden gobernar Italia de manera más responsable que la oposición. Si fracasan, los votantes tendrán la oportunidad de castigarlos en futuras elecciones.

Dicho todo esto, las políticas de su llamado "contrato del gobierno del cambio para Italia" ofrecen muchas razones para estar preocupado. Los dos partidos son excesivamente rusófilos, se oponen a las sanciones que la UE le impuso a Moscú después de su anexión de Crimea y del apoyo militar de los separatistas en Ucrania oriental. La Liga está a favor de las deportaciones masivas de inmigrantes ilegales y parece no importale si esas medidas van en contra del derecho italiano y de las obligaciones internacionales del país.

Las dudas más serias están vinculadas a las propuestas económicas de los partidos. Sus programas incluyen la idea insignia de Cinco Estrellas de que los pobres deben cobrar un salario mensual garantizado de 780 euros y la exigencia de la Liga de recortar fuertemente el impuesto a las ganancias mediante un sistema tributario simplificado. También prevé una revisión de la reforma del sistema previsional que el gobierno de Mario Monti aprobó en 2011 para calmar los mercados cuando la crisis de la eurozona estaba a punto de sepultar Italia.

El costo de esas iniciativas será de decenas de miles de millones de dólares. Cinco Estrellas y la Liga proponen pagarlo achicando el gasto público, vendiendo propiedades estatales, aprobando una amnistía para las deudas fiscales, tomando represalias contra la evasión fiscal y elevando el crecimiento económico. Para dos partidos que pretenden representar algo nuevo, es sorprendente lo obsoletas que son la mayoría de esas ideas. Anteriores gobiernos italianos, especialmente aquellos encabezados por Silvio Berlusconi, las han probado. Nunca fueron más que parcialmente efectivas.

Como resultado, un gobierno formado por Cinco Estrellas y la Liga podría colisionar con la ortodoxia fiscal de otros gobiernos de la UE y de la Comisión Europea. La UE debería reconocer que el principal problema de Italia en las últimas dos décadas no han sido los déficits presupuestarios sino la falta de crecimiento económico y la insuficiente reforma institucional. Esas son áreas donde la UE puede y debería trabajar constructivamente junto con el próximo gobierno de Italia, incluso aunque eso signifique consentir la retórica iconoclasta de Cinco Estrellas y la Liga.

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