Coronavirus: por qué el uso obligatorio del barbijo quizás sea el camino a seguir

Si bien los científicos no están de acuerdo con su utilización, ponerse una máscara puede tener un impacto social importante

A principios de esta semana, Austria dio un llamativo paso en la lucha contra el brote de coronavirus  cuando su gobierno anunció que no se permitiría el ingreso de personas sin barbijo a lugares como supermercados.

"Está claro que el uso de esas máscaras será un gran cambio, pero es necesario reducir aún más la propagación", declaró Sebastián Kurz, el canciller del país, explicando que los barbijos se distribuirán gratuitamente en las entradas de los comercios.

Algunos bien podrían no tomarlo a bien -incluyendo muchos científicos. No se ponen de acuerdo sobre si el uso de barbijos de mala calidad impide a las personas inhalar el virus, aunque reduce las posibilidades de que lo propaguen al estornudar o toser.

Austria distribuirá únicamente los barbijos comunes, no los N95 (que sí reducen los riesgos de inhalación). Algunos médicos de Estados Unidos y Europa creen que su uso es tan inútil para quienes no suelen estar expuestos a los riesgos directos, como sí lo está el personal médico, que han pedido a los consumidores que los donen a hospitales si es que ya habían comprado.

Sin embargo, creo que sería un error burlarse de la medida que tomó Austria por dos razones. Primero, el uso de la máscara tiene un beneficio personal práctico: te recuerda que debes evitar tocar tu cara.

Esto es importante, como explica David Price, médico de cuidados intensivos del Centro Médico Weill Cornell de Nueva York, en un convincente video sobre sus experiencias en el tratamiento de pacientes con Covid-19.

"En los próximos meses tenemos que entrenarnos para no tocarnos la cara y decirle a la gente que nos lo tomamos en serio", explica, señalando que como la mascarilla brinda una protección limitada, un pañuelo puede ser igual de eficaz para "entrenarse".

La segunda razón es que el uso del barbijo no sólo tiene que ver con la psicología o el comportamiento individual, sino que también tiene implicaciones sociales. Los científicos a veces ignoran eso porque están entrenados para confiar en las estadísticas y en los resultados de los experimentos científicos.

Éste es un momento en que la cultura -y el análisis cultural- tiene gran importancia. Y no sólo en lo que respecta a la respuesta de las sociedades a la crisis del coronavirus, sino también en lo que se refiere a cómo se propagan las enfermedades.

Peter Baehr, un sociólogo holandés que estudió la aparición de la llamada cultura del barbijo en Hong Kong durante el brote de Sars en 2003, la describe muy bien en un reciente libro.

Tal como contó Baehr, cuando comenzó el brote las discusiones sobre el uso de los barbijos inicialmente se daba sólo en términos médicos. Pero pronto tomaron otra dinámica, porque al llevar máscaras "las personas comunican sus responsabilidades al grupo social al que pertenecen".

Sería un error burlarse de la medida que tomó Austria por dos razones. Primero, el uso de la máscara tiene un beneficio personal práctico: te recuerda que debes evitar tocar tu cara.

Como expresó Christos Lynteris, antropólogo médico de la Universidad de St. Andrews en Escocia, en una columna de opinión publicada en el New York Times: "Los miembros de una comunidad usan barbijos no sólo para defenderse de la enfermedad [en una pandemia]. También para mostrar que quieren mantenerse unidos y sobrellevar la pesadilla del contagio".

Esta dinámica está ahora tan arraigada en Asia que, como escribe Gideon Lasco, un antropólogo que ha estudiado en profundidad la cultura de los barbijos, en la publicación de ciencias sociales Sapiens: "Los valores culturales, las percepciones de control, la presión social, el deber cívico, las preocupaciones familiares, la autoexpresión, las creencias sobre las instituciones públicas, e incluso sobre la política, están todos incluido en la 'eficacia simbólica' de los barbijos".

Algunos europeos y americanos se burlarán. La cultura anglosajona tiende a apreciar el individualismo, no el tipo de colectivismo que en general se valora en Asia.

Y en una ciudad como Nueva York, el uso de barbijos es una práctica tan minoritaria que casi se ha asociado a un sentido de estigmatización, especialmente en los últimos tiempos, ya que algunos lo ven como un signo de enfermedad.

El punto sobre el uso masivo de máscaras es que este estigma tiende a desaparecer si todos se ponen una. De hecho, ahora no llevar barbijo es casi una fuente de vergüenza en lugares como Japón.

Y aunque puede ser difícil imaginar que eso se traslade a EE.UU., no hay que descartar nada dada la rapidez con que el Covid-19 ha reformulado nuestras ideas en cuanto a los riesgos, y llevado a Occidente a apreciar los valores colectivistas. De hecho, el presidente Donald Trump  ahora dice que podría adoptar el uso generalizado de barbijos cuando haya stock suficiente. Algunos de sus asesores médicos agradecerían esto.

Como señala Lynteris, las epidemias deben entenderse no sólo como "acontecimientos biológicos sino también como procesos sociales", ya que eso "es clave para el éxito de su contención . Si los rituales o símbolos -como los barbijos- nos ayudan a darnos cuenta de esto, mucho mejor.

Para decirlo de otra manera, vencer a Covid-19 no sólo requerirá de la ciencia médica, sino también de una dosis de ciencia social.

Traducción: Mariana Oriolo

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