América latina enfrenta más incertidumbre

La alegría que sintieron los mexicanos después de que su equipo de fútbol derrotó a la selección alemana el domingo pasado fue tal que nadie dudó de los informes posteriores que aseguraban que el "salto masivo" había provocado un mini terremoto. No obstante, en otros lugares la mayoría de los latinoamericanos parecen infelices. Nicaragua está paralizada por las protestas contra el gobierno. México enfrenta el riesgo real de que Donald Trump anule el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta). Y toda la región, en medio de un debilitante año de elecciones, está asolada por la incertidumbre que enfrentan todos los mercados emergentes. Sin embargo, no todo es tan malo como sugieren los titulares.

La mitad de los problemas son externos. El alza de las tasas de interés en Estados Unidos, la fortaleza del dólar y la escalada de la guerra comercial de Donald Trump han trastocado los mercados a nivel mundial. Esto sucede especialmente en el caso de Argentina, país que este mes acordó con el FMI un paquete de financiamiento por u$s 50.000 millones y ahora está en la cuerda floja financiera. Sin embargo, en otros lugares resulta llamativo que las situaciones financieras y los precios de los productos básicos agrícolas más ajustados no hayan provocado crisis de balanza de pagos y de deuda como ocurrió en el pasado.

La Argentina acordó este mes un paquete de financiamiento por u$s 50.000 millones con el FMI y ahora está en la cuerda floja financiera.

Problemas internos

La otra mitad de los problemas son internos, la mayoría de ellos políticos. Comencemos por Colombia, donde acaba de ganar las elecciones presidenciales Iván Duque, un senador de centroderecha. Fue una contienda amarga, la primera desde el polémico acuerdo de paz de 2016 con el grupo guerrillero marxista de las FARC. Pero mayormente no hubo violencia. Duque, de 41 años, también obtuvo un mandato inequívoco, con el 53% de los votos, y su oponente Gustavo Petro, un izquierdista que fue previamente alcalde de Bogotá, concedió la victoria, de forma poco elegante, pero sin discusiones. Ahora encabezará una oposición energizada. Eso demuestra que la democracia liberal está funcionando como debe. El desafío de Duque ahora será unificar el país, consolidar el proceso de paz que criticó y demostrar que puede gobernar independientemente de su mentor, el ex presidente y autócrata Álvaro Uribe. Nombrar un gabinete joven, con puntos de vista modernos, sería un buen comienzo.

Luego está México, que celebrará elecciones presidenciales el 1 de julio. Andrés Manuel López Obrador, un inconformista de izquierda, probablemente sea el ganador. Esa posibilidad genera nerviosismo en las empresas y ha llevado a los mercados a aumentar el riesgo mexicano aunque nadie argumenta en contra su política distintiva de acabar con la corrupción. El reto de López Obrador será armar un gabinete convincente que pueda implementar sus ideas. Comienza con una buena ventaja: la macroeconomía mexicana está esencialmente en buenas condiciones. Siempre que Trump no cause demasiados problemas y López Obrador mantenga su reciente postura moderada dos grandes interrogantes a México podría irle bien.

La democracia liberal es frágil, y está sujeta a una constante presión sobre sus controles y equilibrios.

Y por último, está Brasil. La ira popular provocada por la corrupción ha destruido la clase política tradicional y ha producido un campo fragmentado de candidatos de cara a las elecciones del 7 de octubre. Los populistas, especialmente Jair Bolsonaro, de extrema derecha, han explotado las frustraciones de la gente. La economía, con su creciente deuda interna, necesita atención urgente incluso aunque aparentemente nadie puede hacer frente a los problemas. Muchos inversores y la mayoría de los brasileños se muestran muy pesimistas. Sin embargo, si Brasil sigue el manual de las elecciones colombianas, la cantidad de candidatos se asentará a medida que se acerque el día de la votación, se formarán coaliciones y se despejará la incertidumbre que tanto paraliza.

La democracia liberal es frágil, y está sujeta a una constante presión sobre sus controles y equilibrios. Sólo la mitad de los latinoamericanos dice creer en ella, la cifra más baja en una década. Sin embargo, la mayor parte de la región todavía sigue procesos constitucionales. La minoría de los países que no lo hacen las naciones revolucionarias de Nicaragua y Venezuela en particular le brindan un servicio triste pero muy valioso al resto. El ejemplo de las crisis en esos países representa una advertencia gráfica sobre qué es lo que se debe evitar.

Tags relacionados