Cuando se escriba la historia de los dos mandatos del presidente Barack Obama, es poco probable que ocupen gran espacio Benghazi, el Servicio de Rentas Internas de Estados Unidos (IRS) o el espionaje a periodistas de Associated Press. Ninguna de esas polémicas revelaron un camino nixoniano hacia la Casa Blanca. Tampoco parece probable que lo sean. Sin embargo, juntas amenazan con ahogar todo lo demás en la fiebre de las audiencias del Capitolio y prometen para las próximas semanas una hiperactividad en los canales de cable. Hasta ahora, la reforma inmigratoria, la única legislación seria en agenda, quedó aislada del torbellino. Pero eso podría cambiar fácilmente. Los republicanos y demócratas deberían recordar que su promulgación se merecería un capítulo entero de los libros de historia.
El bipartidista "Grupo de los Ocho" senadores hizo un buen trabajo la semana pasada: protegió el proyecto de ley de los daños políticos. Una mayoría de republicanos se unieron a los demócratas para rechazar por voto una enmienda republicana que habría fijado un tope para el número de inmigrantes que pueden ingresar a Estados Unidos. También se opusieron a otra propuesta de un senador republicano de exigir 100% de seguridad en la frontera entre Norteamérica y México antes de permitir que los trabajadores indocumentados soliciten el estatus legal. Todas las enmiendas fueron eficientemente quitadas del paso. Se mantuvo esa disciplina notablemente bien a lo largo de la etapa de debates en la Comisión Judicial. Pero el proyecto de ley está sólo a mitad de camino. Todavía no llegó al recinto del Senado ni a la Cámara de Representantes, que está controlada por los republicanos.
La semana próxima el meticuloso proceso de debates competirá con las audiencias de alto voltaje que tendrán lugar sobre los temas IRS y Benghazi. No hay premio para quien adivine cuáles atraerán la atención del público. Tampoco es difícil deducir cuáles ofrecerán apoyo tangible a la economía estadounidense. Los republicanos clave, como Marco Rubio, senador por Florida, y Lindsay Graham de Carolina del Norte la semana pasada se unieron a otros al comparar el trío de controversias con el Watergate. La comparación es absurda. Sin embargo, no se han desviado en su apoyo a la reforma migratoria. La esperanza es que los republicanos más destacados sigan tratándola como una cuestión de supervivencia. Hay argumentos para ser optimistas.
Sin embargo, no queda claro cuánto tiempo el egoísmo podrá resistir a la búsqueda del escándalo en Washington. A Obama se lo puede acusar de tres cosas. Sobre Benghazi, sus subalternos influyeron para diluir el relato del atentado de septiembre de 2012 (que se llevó cuatro vidas norteamericanas) porque era época de elecciones. En cuanto al IRS, podría haber despedido antes a su director interino. Con referencia al espionaje a AP, fue un tema que tomó desprevenido al presidente estadounidense. Son críticas legítimas a la manera en que Obama maneja su presidencia. Pero ninguna de esas tres cosas implican transgresiones, y menos aún un delito que merezca un juicio político. Cuanto más rápido entienda esto Washington, mejor.