Oportunidad perdida para reformar los impuestos a las sociedades en Estados Unidos

Trump tendría que hacer un cambio drástico en la tributación de las corporaciones: de la territorial hacia una de destino

El "marco unificado para corregir nuestro inservible código tributario" que presentó la administración del presidente Trump es un documento impresionantemente corto. Pero se pueden sacar conclusiones: es regresivo; las reducciones en los impuestos a las empresas son enormes; y se ha perdido la oportunidad de lograr una reforma deseable al régimen tributario corporativo.

El Centro de Políticas Tributarias estima que las propuestas reducirían los ingresos federales en u$s 2,4 billones en los primeros 10 años: unos u$s 2,6 billones en recortes impositivos para las corporaciones y otros u$s 240.000 millones perdidos a través de la eliminación de los impuestos a las sucesiones y donaciones, compensados por u$s 470.000 millones en mayores ingresos provenientes del impuesto a las ganancias individuales.

En total, el Centro estima que "los contribuyentes incluidos en el 1% superior (con ingresos por encima de los u$s 730.000) recibirían alrededor del 50% del beneficio fiscal total; su ingreso después de impuestos aumentaría en promedio 8,5%". Los que se encuentran en el 0,1% superior experimentarían ganancias de un 10,2%. Pero "los contribuyentes comprendidos en el 95% inferior de la distribución de ingresos verían sus ingresos medios después de impuestos aumentar entre un 0,5% y un 1,2%". Éste es un plan regresivo malinterpretado como lo contrario.

El cambio más importante, lejos, se halla en la tributación corporativa. En la actualidad, EE.UU. grava los ingresos mundiales de las corporaciones estadounidenses a una tasa de 35%, aunque con numerosas deducciones y lagunas fiscales (así como un impuesto estatal medio del 9%, en sí deducible del impuesto federal). estas alícuotas son más altas que las de cualquier país significativo de altos ingresos. Pero las compañías estadounidenses pagan esta tasa por los ingresos obtenidos en el extranjero (con una deducción por el impuesto extranjero pagado) sólo cuando son repatriados. Según el Tesoro de EE.UU., como resultado de esta política hay en el exterior u$s 2,5 billones en utilidades de subsidiarias estadounidenses.

En el lenguaje de los expertos en tributación corporativa, EE.UU. cuenta con un sistema de impuestos corporativos basado en la residencia. Pero tiene (deliberadamente) "fugas". Una forma de arreglar esto sería bajar la alícuota, pero aplicarla a los ingresos mundiales, a medida que se generan. Puesto que la administración propone recortarla a 20%, parece ser un camino razonable. La propuesta, en cambio, es pasar a un sistema "territorial" o "basado en la fuente": sugiere una "exención del 100% para los dividendos de subsidiarias extranjeras (cuya casa matriz estadounidense es dueña de al menos una participación del 10%)". Pero conserva aspectos de un sistema basado en la residencia, ya que continuará gravando las ganancias extranjeras de las compañías multinacionales norteamericanas con una alícuota rebajada.

Queda claro que es necesario hacer una reforma. A pesar de tener un impuesto marginal tan alto, EE.UU. no genera mucho ingreso comparado con otros grandes países de altos ingresos. La combinación de alícuotas elevadas, recaudación débil y enormes incentivos para dejar el dinero en el extranjero es imposible de defender.

Sin embargo, se está perdiendo una oportunidad para mejorar la tributación de las corporaciones de manera más radical. Por el contrario, Norteamérica reforzará el giro global, altamente problemático, hacia la tributación territorial. En una economía globalizada, este tipo de impuestos crea un enorme incentivo para trasladar la supuesta producción a jurisdicciones que pagan poco o ningún impuesto. Pero cuando se pagan impuestos sobre los ingresos internacionales en base a la residencia, existe el incentivo para que las empresas muden su residencia. Eso ha dado origen al cambio artificial de domicilio corporativo.

Para ser justos, la globalización ha complicado enormemente la tributación de las corporaciones: es difícil determinar dónde se genera la ganancia; facilita los cambios del lugar de producción y del domicilio empresarial; y separa la ubicación de las compañías de la de sus accionistas. Todo esto promueve la competencia entre los gobiernos para captar inversión extranjera. Además, los avances tecnológicos han creado enormes empresas que poseen poco capital fijo y cuya producción apenas puede localizarse. ¿Dónde está un motor de búsqueda?

Por estas razones, los expertos propusieron la idea de un "impuesto de destino", en lugar de uno basado en la fuente o en la residencia. De hecho, esto sería un impuesto sobre el valor agregado (IVA) generado por el capital mediante las ventas en una jurisdicción dada.

Paul Ryan, el presidente de la Cámara de Representantes, apoyó esta novedosa idea a principios de año. Desafortunadamente, desde aquel entonces ha sido desechada. Sin embargo, tiene grandes ventajas. Eliminaría las ventajas fiscales de situarse en paraísos fiscales y colocaría a las grandes economías de nuevo al mando. Además, EE.UU. podría imponer el cambio por sí mismo. Un negocio puede producir donde quiera, pero pocos de los grandes países pueden evitar vender en EE.UU.

Una objeción a esta propuesta es que el impuesto se impondría sobre las importaciones, con una deducción paralela sobre las exportaciones. Algunos argumentan que esto sería ilegal según las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), ya que legalmente, el impuesto de sociedades es un impuesto directo y no, como el IVA, indirecto. También existen interrogantes acerca del tratamiento de los costos laborales, los cuales estarían exentos del impuesto nacional, pero no del de las importaciones. Estas dificultades podrían haberse resuelto. Pero la oposición política interna al impuesto sobre las importaciones, principalmente por parte de las empresas de venta minorista estadounidenses, parece haber resultado decisiva.

Eso es una verdadera lástima, ya que el principio de destino es atractivo. Una alternativa podría haber sido inclinarse por la tributación sobre los ingresos mundiales, sin exención para los ingresos no repatriados, pero a la alícuota de impuestos reducida. Esto haría que el mudarse a los paraísos fiscales fuera infructuoso para las compañías residentes en EE.UU. Y Norteamérica también es lo suficientemente poderoso como para impedir que las compañías cambien su domicilio solamente por razones fiscales.

Sin embargo, el cambio que planea EE.UU. a un sistema territorial seguramente reforzará la espiral global hacia impuestos corporativos cada vez más bajos, alentada por la competencia proveniente de países con bajos impuestos y de paraísos fiscales. Cuando la desigualdad de ingresos y la "equidad" son cuestiones tan importantes, la percepción de que las utilidades corporativas están cada vez más exentas de impuestos está destinada a ser políticamente provocadora. Desafortunadamente, la oportunidad de un cambio radical parece perdida.

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