Miércoles  18 de Octubre de 2017

La agenda del G20, ¿cada vez más verde?

El impulso a las energías limpias ha ganado espacio político en los últimos cónclaves, aunque el compromiso no es parejo entre los socios. De cara a la presidencia argentina, que asume el 1° de diciembre, el rol del país y la impronta que podría darle a la cumbre del próximo año.

La agenda del G20, ¿cada vez más verde?
La agenda energética del G20 está más verde que nunca. El impulso a las energías limpias ha ganado espacio político en los últimos cónclaves, al punto de institucionalizarse con el alineamiento del bloque a las Metas de Desarrollo Sostenible selladas en Naciones Unidas. Incluso, la última cumbre, en Hamburgo, dio luz este año al documento "Plan de acción climática y energética para el crecimiento", con foco en el financiamiento climático y la cooperación en pos de promover la eficiencia energética. Pese a ello, el compromiso no es parejo entre los socios y hasta hubo marcadas desinversiones en este campo a lo largo de 2016. La Argentina, por caso, es un fiel exponente de esa ambigüedad entre el impulso a las matrices renovables y cierta renuencia a despegarse de las viejas fuentes, con el añadido que será la anfitriona del próximo cónclave en noviembre de 2018.

"Por muchos años, la Argentina tuvo una política energética fallida, hasta que nos quedamos sin los recursos que usamos habitualmente para movernos, petróleo y gas, el 85% de nuestra matriz, y debimos importarlos", explica Gabriel Blanco, académico de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Unicen) y autor de los capítulos vinculados al tema energético dentro de las investigaciones del Panel de Cambio Climático de Naciones Unidas. Y añade: "La actual administración partió de una crisis muy profunda y avanza con pasos zigzagueantes. Su pretensión de integrarse al mundo la obliga a subirse al barco de las energías limpias y eso es positivo, aunque en simultáneo da pasos en sentido contrario, promoviendo con énfasis los hidrocarburos de Vaca Muerta".

En materia de inversiones, el cambio entre 2015 y 2016 es remarcable: el capital destinado a este rubro aumentó un 356% en solo un año, a través de dos licitaciones dentro del programa RenovAr que permitieron sumar 2,4 GW de potencia a la red. El número suena alto porque la Argentina partía de una base muy pequeña de inversiones en energía limpia durante 2015, como sucedió también con Perú (151%) y Bolivia. En términos relativos, el financiamiento sigue estando por debajo de países como Chile, México y Brasil aunque, en todos ellos, los fondos destinados a recursos renovables descendieron entre un 70% y un 80% en relación al año anterior. En América latina, solo Brasil, la Argentina y México forman parte del club de emergentes e industrializados, resucitado al calor de la crisis de 2008, aunque el panorama en la región bien vale como pincelada de una despareja realidad global en esta materia. Y no se puede cargar ese desencanto a la rentabilidad de las renovables.

Cuestión de ganancia

Un estudio de la Finnish Lappeenranta University of Technology echa por tierra cualquier argumento económico que disuada a gobiernos y empresas de avanzar en un cambio de matriz: la renovable no solo es menos contaminante, sino también más barata. Y en un futuro, se volverá aún más competitiva. Dentro de este espectro, la eólica se ha impuesto por sobre la solar como la opción preferida en la ecuación costo-beneficio a lo largo de los años en Europa, Brasil, la Argentina, los Estados Unidos, China y Australia. Esto también podría cambiar en la década y media por delante.

La revista Nature Energy publicó un sondeo del Mercator Research Institute on Global Commons and Climate Change que prueba que la energía fotovoltaica puede alcanzar una cuota de entre el 30% y el 50% de la matriz global para 2050. Ya en 2016, la capacidad de generación de gigavatios solares superó, en forma proporcional, a la de otras fuentes en el mundo. Hoy, la capacidad instalada a nivel global es de 308 GW, de los cuales 282 GW se encuentran en países del G20. Y dista de constituir un techo.

En los modelos diseñados por el Instituto de Investigación de Efectos Climáticos de Potsdam (PIK, por sus siglas en alemán), el precio de los módulos solares se reduce hasta una quinta parte de su valor si se duplica la cantidad fabricada y puesta en operaciones. Por supuesto, esto conlleva un nivel necesario e indispensable de inversión para desarrollar redes más estables y mayor capacidad de almacenamiento por parte de los países industrializados. Además de la voluntad política de someterse a las tensiones de la transición.

Tanto en generación solar como en eólica, la Argentina posee ventajas comparativas. Según el reporte "Comparing electricity production costs of renewables to fossil and nuclear power plants in G20 countries", de Greenpeace, la abundancia y estabilidad de ambos recursos es excepcional, lo que se traduce en un potencial muy alto para reducir los costos de generación. A la par, el país presenta una alta vulnerabilidad a los efectos del cambio climático. Basta ver lo que ocurre en los campos pampeanos, convertidos en lagunas infinitas, para entender a lo que refiere, y cuánto necesita el país de esta lucha mancomunada contra el aumento de la temperatura global.

En la actualidad, la Argentina depende un tercio de su energía, 34% según Cammesa, de sistemas de generación a partir de recursos renovables, si se cuentan las represas hidroeléctricas. Si no, el porcentaje es apenas una fracción de ello, entre un 2% y un 3%. Parte de los contactos comerciales llevados a cabo por la Cancillería y el Ministerio de Producción en el exterior apuntan a ganar inversiones en el área de las energías verdes. Tanto la eólica como la solar exigen de un importante capital para su puesta en marcha, que se compensan, a lo largo del tiempo, con un bajo costo de mantenimiento. De momento, la eólica se ha impuesto como la alternativa preferida con una capacidad instalada de generación de 300 MW que se pretende llevar hasta los 2.400 MW a mediano plazo.

Fabian Ruocco, presidente del Centro de Desarrollo y Asistencia Tecnológica (CEDyAT), remarca la importancia de avanzar en un plan de energía que combine dinamismo con las nuevas exigencias ambientales. "La Argentina debería tener listo un Plan Energético Estratégico dado que será anfitrión de la próxima cumbre del G20, debiendo, al menos, tener explicitado cuál será su rumbo en esa materia incorporando la nueva visión de los líderes del mundo respecto a la generación de energía", escribió en el editorial "Superar la energía vintage". Por ello, deberá incluir la incorporación y el aumento en la participación de energías limpias en la matriz eléctrica argentina y el apoyo a la investigación de biocombustibles, geotermia y mareomotriz, entre otras".

En septiembre, en los días previos a la apertura de sesiones ordinarias de la Asamblea General de Naciones Unidas, el canciller argentino, Jorge Faurie, participó de un desayuno de trabajo centrado en el cambio climático y la incidencia de la agenda energética en ese marco. Lo hizo junto a los cancilleres de Japón y Australia, Taro Kono y Julie Bishop, el secretario de Estado alemán para el Ambiente, Jochen Flasbarth, su equivalente chino, Chen Jining y el máximo referente de la Unión Europea en el tema, el comisario de Acción Climática y Energía, Miguel Arias Cañete. Allí se reafirmó el compromiso de avanzar en pos de instalar esta agenda como política de Estado universal aunque, en paralelo, se siguen incentivando inversiones en la vieja matriz hidrocarburífera.

Para el diputado Juan Carlos Villalonga, referente ecologista de Cambiemos, no hay contradicción en el desarrollo paralelo de viejas y nuevas fuentes energéticas, al menos, por ahora. "La convivencia entre la explotación de Vaca Muerta y las renovables no es una incompatibilidad. La Argentina arrancó con todo -y tarde- en este rubro, y el programa de energía limpia crece al máximo posible. Pero eso no alcanza para cubrir la demanda, lo que obliga a complementar con un menú de fuentes convencionales, tratando que sea lo menos danino posible, mientras logramos la transición hacia un sistema sustentable", afirma.

Matriz global

En el marco general, cerca del 55% de la capacidad eléctrica instalada en 2016 fue renovable, el doble que lo invertido en fuentes convencionales y una cifra récord que apunta a un lento cambio de paradigma. Esto pese a que los Estados Unidos, que por sí solo consume una cuarta parte de la energía disponible en el mundo, ha relegado las opciones verdes por el carbón y el crudo desde que asumió Donald Trump. En el último conclave del G20 en Hamburgo, la canciller local y anfitriona, Angela Merkel, le hizo sentir la presión a su par de dicho país. Los socios sellaron su declaración final enfatizando la irreversibilidad de la lucha contra el cambio climático, aunque -para evitar el papelón de una fisura- debieron tolerar la discrepancia de los Estados Unidos. Para compensar su renuncia al Acuerdo de París, el citado "Plan de acción climática y energética para el crecimiento" abre el juego a las ciudades como actores con peso real para torcer la voluntad de Washington y garantizar, a la vez, las promesas de los gobiernos nacionales.

El panorama es alentador. Desde 2015, en casi la mitad de los socios del G20, el precio de la electricidad renovable ha resultado igual o inferior a la nuclear y la que genera el carbón. Para 2030, Greenpeace Alemania calcula que se volverán aún más rentables que cualquier otra fuente en lo que al bloque respecta. Dado que el G20 concentra a dos tercios de la población mundial y el 85% de su PBI, la proyección encierra su cuota de optimismo.

Quizás la mayor mora entre los miembros repose en la ausencia de un cronograma común para la eliminación de subsidios a los combustibles fósiles ineficientes que refuerce el camino hacia las fuentes limpias. Lo que se avanzó en esta materia depende estrictamente de la voluntad de cada socio. Así, mientras Canadá, Alemania y Corea del Sur fijaron calendarios específicos, los Estados Unidos derivó esa decisión en el Legislativo -hoy con una mayoría republicana, donde subsiste, al menos en parte de ella, la idea de que el cambio climático es una conspiración china-, y la Argentina, Indonesia, México y Rusia solo se han fijado metas muy vagas, a "mediano" plazo, describe Henok Birhanu Asmelach, del Centro Internacional para el Comercio y el Desarrollo Sustentable (ICTSD), en "Phasing Out Fossil Fuel Subsidies in the G20". India. Italia y Turquía ni siquiera hicieron esto último.

"Nuestro problema no es la escasez de recursos fósiles. En realidad, carecemos de una estrategia para abandonar el petróleo, carbón y gas natural como fuentes primarias de energía. La eficiencia energética y las renovables son una parte imprescindible de esa respuesta al cambio climático, pero no responden a la pregunta de por qué la economía debe renunciar a la explotación, la comercialización y el uso de los combustibles fósiles", señaló Rainer Baake, ministro de Energía y Asuntos Económicos de Alemania, en un artículo de su autoría. El problema de fondo es cambiar la mentalidad y, con ello, la planificación a largo plazo. "El avance de la eficiencia energética y las renovables incluso puede intensificar el problema. El exceso de oferta de fuentes fósiles se traduce en precios a la baja, que convierten el uso de los fósiles en algo todavía más atractivo. La tentación está ahí", concluyó.

En esta línea, si lo que se pretende es una transformación real, los expertos señalan que es indispensable planificar la infraestructura en clave verde y, con ello, el destino de los fondos que se invierten. Rubros como el inmobiliario y el transporte, de los que más consumen combustibles y generan contaminación, deben pensarse en función de plazos para llegar a 2050 con estándares aceptables. Caso contrario, toda obra que supere ese plazo con su vida útil, se volverá lo que Baake llama "activos bloqueados", bolsones imposibles de transformar sin pagar, a cambio, un costo elevado.

El grueso del transporte, por caso, depende de fósiles. Si se atiende el parque de los particulares, los automóviles tienen una vida de unos 20 años promedio. De pensar en avanzar hacia uno eléctrico para 2050, no deberían fabricarse vehículos a gasolina o diésel luego de 2030. Algo parecido ocurre con el sector inmobiliario, donde los edificios se listan entre las inversiones contaminantes de mayor duración: lo que debería definirse, para las construcciones futuras, es una norma de eficiencia energética mediante sistemas de aislamiento térmico y fuentes alternativas a los sistemas de calefacción por combustión fósil.

Modelos

La presidencia australiana del G20, en 2014, fue la primera en conducir el debate dentro de las economías emergentes y desarrolladas hacia una perspectiva alineada con el espíritu de las metas de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas sobre industria, innovación e infraestructura. Un año después, la gestión turca profundizó aquel camino a través de las problemáticas comunes a los países de bajo ingreso, el desempleo global y la desigual distribución de la riqueza. China, en 2016, plasmó este enfoque en tres propuestas: innovación a través de desarrollo tecnológico, crear una plataforma donde actores con intereses divergentes pudieran converger en torno a una estrategia e incluir, por primera vez, la cuestión de las energías limpias en la hoja de ruta de un crecimiento sustentable. La Argentina aún evalúa su aporte para la cumbre del año próximo, a realizarse en Buenos Aires en noviembre.

Mientras, dos casos en las antípodas, dentro del G20, ilustran el desigual compromiso entre letra y política: México y Alemania. En el primero, solo 8% de la energía es renovable. Hace dos años, cuando se adoptó el Acuerdo de París, el número era 7. O sea, el avance ha sido casi nulo. Lo opuesto ocurrió en Alemania, donde la energía verde -de por sí, superior- creció del 33 al 38% en el mismo período.

Descarbonización en la mira

Tras el desastre nuclear de Fukushima , en 2011, Berlín apostó a una reducción paulatina de su dependencia nuclear. Hoy, lleva cerradas 10 de sus 17 plantas y la energía nuclear totaliza el 12% de la matriz alemana. Para 2022, está planeado que cierre la última. Con todo, Alemania mantiene una deuda con su producción carbonífera, de la cual extrae el 41% de su energía y es señalada como una de las fuentes más contaminantes.

En este campo, ningún socio del G20 ha logrado tanto como el Reino Unido en el ritmo de descarbonización de su matriz productiva. De acuerdo al Índice de Economías Bajas en Carbón, de la consultora PwC, la intensidad carbonífera descendió un 7,7% en suelo británico en 2016. Esto significa más de un punto de diferencia con el desempeño chino -una de las economías que más fuerte ha invertido en sustentabilidad en los últimos años- y casi tres veces el promedio del G7 (2,9%) y del mundo (2,6%). El metamensaje se completa con sus índices de productividad: la menor dependencia en el carbón no ha afectado el crecimiento del PBI, en torno al 1,8%, aunque el 80% de este empuje provenga de los servicios, que dependen mucho menos de este recurso que la industria. En 2012, el Reino Unido consumía hasta un 12% de carbón. Hoy, apenas ronda el 7%, probando que sí se puede.

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