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MIÉRCOLES 23/01/2019
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Cuáles son las oportunidades y obligaciones de la cumbre

por  JORGE ARGÜELLO

director de la carrera de Gobierno y Relaciones Internacionales de UADE.

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La presidencia argentina del Grupo de los 20 (G20), que culminará este mes con la cumbre anual de sus líderes en Buenos Aires, pone a nuestro país en un lugar de atención internacional inédito en su historia y renueva las oportunidades que le da integrar el foro de gobernanza económica mundial más influyente desde la crisis de 2008, cuando sus reuniones y decisiones se elevaron al nivel de jefes de Estado y de Gobierno.

Pero ello conlleva también obligaciones para la Argentina, las impuestas por la membresía de este exclusivo club, con reglas fijadas por las grandes potencias tradicionales y emergentes (rule makers) que debe seguir el resto (rule takers).

En esta coyuntura se agregan otros compromisos. Unos inmediatos, derivados del reciente rescate de un organismo financiero multilateral afín al G20, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), que evitó un colapso que hubiera comprometido seriamente la posición del país en el grupo. Otros, de mediano y largo plazo: reconstruir e impulsar una agenda propia de la región en el grupo, que siente los términos de su lugar en el Siglo XXI.

El G20 llega a las deliberaciones en nuestro país en una franca fase de transición como instancia multilateral. Había nacido a nivel ministerial a fines de los 90, cuando la sucesión de crisis financieras en la Periferia -incluyendo Brasil y la Argentina- determinó a los países centrales a crear un grupo que coordinara respuestas para evitar que el contagio llegara a las economías de los países desarrollados y terminara en una desestabilización general.

En 2008, sin embargo, los papeles se invirtieron y la crisis se originó en el Norte. Entonces, los países emergentes y periféricos fueron convocados a Washington a una primera cumbre de líderes del G20 para consensuar decisiones económicas y financieras de alcance global, con una velocidad imposible para organizaciones más democráticas y representativas, pero también más deliberativas, como las de Naciones Unidas.

La Argentina, Brasil y México - parte del G20 por su importancia sistémica y su influencia regional, y no sólo por el tamaño sus economías- se comprometieron en esa tarea e influyeron en varias reformas globales como las del propio FMI. Pero, con los años, las consecuencias de la crisis y el fin del boom de los commodities los devolvió a la crisis.

La actual coyuntura global, caracterizada por guerras comerciales y un renovado endeudamiento mundial (220% del PIB global) complica a un país vulnerable como la Argentina, pero también le ofrece la oportunidad de convertir a la Cumbre de Buenos Aires en el escenario de la misma clase de consensos que hicieron posible limitar los daños de la crisis de hace una década, la cual hoy respetados economistas temen que puede repetirse.

Así, la posibilidad de que Estados Unidos y China -las dos potencias destinadas a disputar la hegemonía mundial de este nuevo siglo- pongan fin a su guerra comercial en el G20 de Buenos Aires probará la capacidad de los países menos poderosos (rule takers), como el nuestro, de influir en la agenda de los rule makers.

Para América latina será también la oportunidad de volver a instalar en el G20 algunas de sus prioridades comunes como región en desarrollo, aunque seguirá pesando la falta de coordinación en la que fueron cayendo sus diplomacias, ahondada recientemente por las características de los cambios políticos que se sucedieron en los tres países desde 2015.

Siempre será mejor estar dentro que fuera del G20, aun cuando el aislacionismo que abrazan ahora Estados Unidos y Gran Bretaña está bloqueando los consensos del grupo (85% del PIB global, dos tercios de la población mundial y 75% del comercio del planeta).

Pero esa misma pertenencia genera obligaciones que se multiplican riesgosamente para un país como la Argentina, cuando algunas políticas como un sistemático endeudamiento externo lo tornan más vulnerable ante el resto.

Lo mismo puede decirse si se desentiende -dentro y fuera del G20- del compromiso histórico de impulsar integración regional, económica, comercial y política.

La Cumbre del G20 en Buenos Aires puede convertir a la Argentina en escenario de un relanzamiento del grupo como nueva instancia de la gobernanza económica mundial.

Sin embargo, será realmente provechosa si nuestro país recupera, además, el nivel de influencia que supo tener, como parte de la región, con autonomía suficiente y sin otras obligaciones razonables que las que impone estar sentado a una mesa exclusiva de consenso global.

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