

La neurocientífica noruega May-Britt Moser, Premio Nobel de Medicina en 2014, investiga la existencia de un “GPS del cerebro”, un mapa interno que permite orientarnos antes de explorar el mundo y de tener las primeras experiencias con el entorno.
La investigadora recibió el premio Nobel junto con su marido, Edvard Moser, y el neurocientífico británico John O’Keefe por sus descubrimientos sobre el sistema de posicionamiento cerebral, informó la agencia de noticias EFE.
La investigación del “GPS del cerebro”
La investigación de May-Britt Moser busca determinar si el cerebro cuenta con una estructura previa que le permite organizar la información espacial antes de que un animal comience a desplazarse y aprenda cómo es su entorno. Para ello, la científica estudia ratas y trata de averiguar si esa arquitectura neuronal existe antes de las primeras experiencias.
La hipótesis recuerda a las ideas del filósofo Immanuel Kant, quien planteó la posibilidad de que la mente necesite estructuras previas para organizar aquello que percibe y experimentar el mundo. La incógnita que intenta resolver Moser es si una organización similar está presente en el cerebro antes de que el animal explore su entorno.
Una de las principales pistas procede de las llamadas “células de cuadrícula”, descubiertas por May-Britt Moser y Edvard Moser junto con los trabajos de John O’Keefe. Estas neuronas desempeñan un papel fundamental en la orientación espacial y se activan siguiendo patrones regulares a medida que el animal se desplaza.

Las neuronas que dibujan patrones geométricos y siguen activas durante el sueño
Cuando los investigadores representan los lugares en los que se activa una célula de rejilla mientras una rata recorre un espacio, observan un patrón que permite trazar triángulos equiláteros entre sus diferentes campos de actividad. Esta regularidad resulta especialmente llamativa porque el cerebro es un sistema biológico en el que cabría esperar variaciones y errores.
“Como el cerebro es un sistema biológico, cabría esperar muchos errores. Y si hubiera muchos errores, nunca veríamos un patrón como el que observamos en las células de cuadrícula, donde se pueden encajar triángulos equiláteros entre cada campo de actividad mientras el animal se mueve por el entorno. Es increíble”, insiste Moser.
La geometría se vuelve todavía más compleja cuando los científicos registran simultáneamente la actividad de numerosas células y emplean herramientas matemáticas para representarla en tres dimensiones. El resultado es un “torus”, una superficie con forma de dónut por la que parece desplazarse la actividad neuronal.
Además, este patrón no depende necesariamente de la información que llega del exterior. “Este mapa interno está activo incluso cuando el animal duerme, así que no necesita ninguna información del exterior para seguir funcionando. Es simplemente la forma en que están conectadas las células lo que hace posible este patrón”, explica la neurocientífica.
La gran pregunta sigue siendo si esa arquitectura neuronal está presente antes de que el animal empiece a explorar. Para avanzar, Moser confía en las nuevas tecnologías capaces de registrar miles de neuronas, en las teorías matemáticas y en los modelos computacionales que podrían ampliar considerablemente el conocimiento sobre el funcionamiento del cerebro.

May-Britt Moser reflexiona sobre la conciencia y los riesgos de la inteligencia artificial
Más allá de la orientación espacial, la investigadora considera que uno de los grandes desafíos científicos consiste en comprender la conciencia y la sensación de estar vivo. “Pero, como dijo el profesor Geoffrey Hinton (presente en Starmus y considerado padrino de la IA), entender cómo podemos llegar a tener esa sensación de estar vivos, de ser conscientes, puede ser bastante difícil”, reflexiona.
En ese campo, la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta para investigar cómo el cerebro y las máquinas resuelven funciones similares. Sin embargo, Moser advierte de que la tecnología también puede amplificar las consecuencias de las decisiones humanas, tanto positivas como negativas.
“Pero creo que necesitamos esperanza”, responde cuando le preguntan si es optimista o “doomer”, un término utilizado para describir a quienes mantienen una visión catastrofista sobre la inteligencia artificial. Para la neurocientífica, las herramientas pueden emplearse para hacer el bien o causar daño, y la IA no elimina esa característica humana.
“Se vuelve peligrosa si personas malvadas utilizan la herramienta para ser todavía más malvadas. Pero también pueden utilizar su cerebro para ser malvadas”, expresa.
Pese a los avances tecnológicos, la investigadora no considera que las máquinas hayan superado al cerebro humano. “Por ahora creo que el cerebro es la mejor herramienta que tenemos”, concluye.






