Lunes  15 de Junio de 2020

La abogada del Presidente

La Secretaria Legal y Técnica es de las pocas personas en las que Alberto Fernández confía ciegamente. Fue su pareja durante 10 años y es la única mujer de su mesa chica. Secretos y pasiones de una feminista que eligió el perfil bajo sin abandonar sus convicciones.

Vilma Ibarra, la abogada del Presidente Alberto Fernández

Capítulo 1: una militante de los derechos de las mujeres

Vilma Ibarra es una mujer de pasiones simples pero rotundas. Hacer un buen asado para su familia o sus amigas, leer muchos libros, ir a ver a San Lorenzo y andar en bicicleta -la misma que la llevó de viaje con uno de sus tres hermanos varones el año pasado al sur del país- se cuentan entre los placeres que la scretaria Legal y Técnica de la Presidencia debió suspender, no tanto por el aislamiento como por la enorme responsabilidad de redactar cada letra de los más de 20 Decretos de Necesidad y Urgencia dictados para enfrentar a la pandemia.

Quienes la conocen bien la describen como una trabajadora incansable, para nada obsesiva sino, más bien, minuciosa, y empecinada en no dejar nada librado al curso del azar. Su honestidad intelectual intachable y sus convicciones profundas son dos de las virtudes más valoradas por propios y extraños.

El presidente Alberto Fernández describió sus capacidades con admiración, el día que la presentó como integrante de su gabinete. Dijo que era una abogada excepcional y una legisladora única. “Cuando tuve que pensar en quién cuidaba mis espaldas, cuidando lo que firmo, no tuve ninguna duda en convocarla”, remarcó el hombre que fue su pareja durante 10 años. Pero, si hubiera que definirla con un hecho concluyente, sería, sin duda, por la actitud que describe su hermano mayor, Aníbal, ex Jefe de Gobierno porteño.

Cada vez que ve una situación de violencia de género en la calle, o cuando siente que alguien la quiere pasar por encima, abandona su bajo perfil y sale con las uñas afiladas a pelear por lo que siente como una injusticia”, le cuenta Ibarra a El Cronista. Vilma Ibarra es, por sobre todo eso, una militante de los derechos de las mujeres, una feminista de siempre, sin los oportunismos e ideologías prefabricadas de algunas dirigentes políticas que se acomodan al giro del viento. Sus palabras suelen tener un correlato con los hechos.

Fue la primera senadora que se enfrentó con la Iglesia al presentar un proyecto de ley para legalizar el aborto, en 2006, y es la autora de la Ley de Matrimonio Igualitario. Ese compromiso de género y con los derechos de las minorías no fue algo que heredó de su familia, sino producto de su temperamento.

Vilma, que acaba de cumplir 60 años, creció en una típica familia de clase media, como las de antes, comandada por su padre, Aníbal Ibarra, abogado y militante paraguayo de un partido revolucionario, que se exilió en la Argentina durante la guerra civil de 1947. Su mamá, Lidia Lozano, era hija de inmigrantes españoles. Sólo terminó la primaria y esperaba a su marido con la cena lista y sin chistar. Eran tiempos en los que muy pocas mujeres se atrevían a cuestionar los mandatos sociales. Pero Vilma ya se rebelaba desde adolescente, cuando militaba en la Federación Juvenil Comunista o participaba del consejo de delegados en el Colegio Nacional Bueno Aires y terminó expulsada junto a sus compañeros por sus vehementes reclamos.

Cuenta su hermano que ella no se amilanó: recurrió a su padre, presentaron un recurso de amparo y todos fueron reincorporados. Ese obstinado atrevimiento, que lleva encima desde pequeña, se sigue viendo en la mesa chica de Gobierno que integra con el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero; el Secretario General de la Presidencia, Julio Vitobello; el jefe de asesores, Juan Manuel Olmos; y el Secretario de Comunicación y Prensa, Juan Pablo Biondi. Es la única mujer en ese reducto de poder y no puede ver sino con espanto algunas decisiones machistas del Presidente. Son los momentos en que abandona su estricto bajo perfil, el mismo que la lleva a evitar las entrevistas con los medios desde que asumió su cargo, para compartir su mirada implacable.

“Ninguna reunión de personas empresarias y sindicalistas con el Gobierno está completa sin mujeres. Somos imprescindibles para poner a la Argentina de pie”, escribe en la redes sociales cada vez que el Alberto Fernández sube una foto con representantes del mundo de los negocios y del trabajo en la que no hay una sola mujer. Si el Presidente se lo tolera, es porque, justamente, la necesita también para que saber qué decir y cómo actuar ante la ola feminista. Al fin de cuentas, confía en ella como en su sombra.

Capítulo 2: Mi jefe, mi ex pareja

Cuando se supo que Alberto Fernández tendría a su lado durante todo el día a su ex pareja, hubo un sinfín de rumores en los corrillos políticos. Para muchos, resultaba algo extraño. No eran amigos y hacía mucho tiempo que no se hablaban. “Ellos terminaron su relación en buenos términos y con un enorme respeto mutuo. No veo por qué no pueden trabajar juntos”, dice un hombre cercano a ambos. Aun así, Ibarra dudó en aceptar la oferta cuando Alberto la llamó para decirle que la necesitaba en el Gabinete.

Hacía cinco años que estaba alejada de la política, tras sufrir sinsabores y desencantos variados, y se sentía plena con su cargo de abogada en la Corporación América, el grupo empresario que comanda Eduardo Eurnekián. Pensaba que 30 años de trabajo en el Estado, con una carrera que empezó en la Justicia, tras recibirse de abogada en la UBA, y prosiguió en la Legislatura porteña y el Congreso, habían sido suficientes. Pero la admiración hacia su ex pareja y el lugar que, finalmente, le tenía reservado, sin una gran exposición y relacionado con su profesión, la entusiasmó en extremo.

Hoy es, como a ella le gusta decir, la abogada del Presidente. Todo decreto, veto, proyecto de ley y reglamentación que firma el mandatario pasa primero por ella. Y eso no es todo. Hasta poco antes de la pandemia, se le había encargado la elaboración del proyecto de legalización del aborto, así como su colaboración en la reforma de la Justicia.

En su entorno, cuentan que el contacto con Fernández es fluido: visita varias veces al día el despacho presidencial, con las carpetas listas para su firma. Como lo conoce desde el año 2000, cuando convivieron en la Legislatura porteña, suele saber de antemano cuál será su devolución. Y, siempre, está preparada para atajar sus preguntas y contenerlo. El costo es alto: “Llega a su despacho muy temprano y hay veces que puede seguir por WhatsApp hasta las 12 de la noche. El día de la última extensión de la cuarentena se quedó pendiente hasta que el DNU salió en el Boletín Oficial y eso fue a las 2 de la mañana”, relata uno de sus colaboradores.

Hace 20 años, Vilma y Alberto caminaban por veredas políticas opuestas. Él había sido electo legislador por la lista de la alianza entre Domingo Cavallo y Gustavo Béliz. Ella, en cambio, tenía su banca por el Frente Grande de Carlos “Chacho” Álvarez, espacio que integraba desde 1994. Las lenguas filosas de la política aseguran que vivió un candente romance con “Chacho” durante la presidencia de Fernando de la Rúa. Ambos siempre lo negaron.

En 2001, Vilma fue electa senadora por la Alianza y, en 2003, se reencontró con Fernández ya en las filas del kirchnerismo. El romance arrancó un año más tarde. Hacía meses que ella se había separado del diseñador gráfico Adrián Lebendiker, con quien tuvo tres hijos varones que, hoy, tienen 16, 21 y 28 años. A la Cámara de Diputados, llegó en 2007 con el partido Nuevo Encuentro, aliado del Frente para la Victoria. Pero, antes de terminar su mandato, en 2011, ya era crítica de la gestión de Cristina Kirchner, al igual que su pareja. “Cuando dejé el Congreso, me fui con una amargura importante, porque acompañé un gobierno y vi cómo la Presidenta empezaba a retroceder en algunas banderas”, decía Ibarra en una de las tantas entrevistas que concedía en ese tiempo. Por esas cabriolas clásicas de la política, ambos -Vilma y Alberto- volvieron a reencontrase en el poder el año pasado, por obra y gracia de Cristina Kirchner.

Capítulo 3: Cristina versus Cristina

Apenas Vilma Ibarra dejó el Congreso en 2011, se puso a recopilar datos para una nueva idea, que no estaba alejada de la política: escribir un libro sobre las contradicciones del relato kirchnerista. “Cristina versus Cristina” se publicó en 2015 y analiza las intervenciones taquigráficas, discursos y notas periodísticas de la ex presidenta, antes y después de su llegada a la Casa Rosada. En síntesis, refleja de manera contundente cómo fue mutando su discurso a lo largo de los años en el poder.

Según contaba Ibarra, no fue otra cosa que la necesidad de “reflexionar sobre una etapa en la que había sido protagonista” lo que la llevó a escribir el libro. “Explicar es explicarse”, decía. Ni siquiera había votado a Néstor Kirchner en 2003. Pero se había sentido muy identificada con “su política de Derechos Humanos y con la mejora en los indicadores sociales que se vio a lo largo de su mandato”.

“Pero ese camino se fue desandando en el gobierno de Cristina y esto se ve claramente en los temas de corrupción. La Presidenta era una ferviente defensora de la transparencia durante los gobiernos de (Carlos) Menem y la Alianza, propiciando la renuncia o la destitución de funcionarios sospechados de malversación. Pero, hoy, con su silencio protege a (Amado) Boudou y a (César) Milani, con el argumento de que la justicia no se expidió sobre su culpabilidad”, decía en mayo de 2015 en declaraciones al suplemento 3Días, de El Cronista. No fue esa la munición más gruesa: “Su relato tiene una enorme falta de valor. Cristina armó un discurso épico y lo llenó de legitimaciones y, en realidad, uno encuentra que esto no es así”, le reprochaba a la ahora Vice.

En el medio de ese proceso, Vilma se acercó a la ex diputada nacional Margarita Stolbizer, que venía denunciando la corrupción del kirchnerismo desde hacía años. Primero, fue su colaboradora desde afuera del GEN y, luego, su asesora. Hasta llegó a ser candidata a legisladora del Parlasur en 2015 en la misma lista por la que Stolbizer se postuló para la presidencia de la Nación. Se habían conocido cuando Vilma era senadora y Margarita, diputada, en una actividad parlamentaria internacional. Ya en la Cámara baja, compartieron el trabajo en distintas comisiones, en especial, en la de Legislación General, que la ahora funcionaria presidía. Se reencontraron tiempo después de que Ibarra dejara el Congreso. Ya se había separado de Alberto y estaba escribiendo el libro, que Stolbizer presentó junto al periodista Luis Novaresio.

Tengo la mejor opinión de Vilma. La conocí en distintas facetas. Como colega, la vi trabajar en el Congreso, dialogando y construyendo acuerdos con todos los bloques desde una posición de muchísima humildad y equilibrio. Es una gran parlamentaria. Y, después, la conocí como asesora. Tiene un gran conocimiento técnico pero, en especial, es una persona excelente, de una integridad enorme”, le dice Stolbizer a El Cronista. -¿Y qué piensa sobre su cargo en el Gobierno? -Hoy, tiene un perfil muy bajo y, a mí, me da mucha tranquilidad que sea ella la que elabora los decretos y las cuestiones técnicas; no sólo por sus capacidades sino, también, por su integridad personal, responde la ex diputada.

La gran pregunta es si Vilma Ibarra cambió, como lo hizo Alberto Fernández, su parecer sobre Cristina Kirchner. En su entorno, dicen que no. Pero aclaran que ella es la Secretaria Legal y Técnica del Presidente. Ni siquiera se habla con la titular del Senado. Si Vilma molesta a CFK, es otra historia. Pero lo cierto es que no es la única funcionaria que la ha defenestrado. Qué lo digan si no Alberto Fernández, el Secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Béliz, o el titular de la Cámara de Diputados Sergio Massa. Quizá, lo único que le importe a Cristina sea otra cosa: a diferencia de Massa, Vilma no es una amenaza para sus planes futuros de posicionar al gobernador bonaerense Axel Kicillof y a su hijo Máximo para la futura sucesión presidencial.

La Secretaria Legal y Técnica no tiene estructura partidaria, ni construye poder territorial; nunca lo hizo y, tampoco, le importa. Su mejor capital, precioso e irremplazable, es, como dicen propios y extraños, su capacidad, su honestidad intelectual y su integridad personal. Pero es probable que, a esta altura, eso le interese a pocos dentro del lodazal de la política.


Este artículo es parte de la edición especial Mujeres que Hacen de mayo 2020

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