Jueves  04 de Junio de 2020

Malena Galmarini: “El desafío que tenemos las que llegamos es abrirle las puertas a las demás”

Primero, fue “la hija de”. Después, “la mujer”. Sin embargo, supo derribar puertas y hacerse un lugar propio. Impulsora de la Ley de Paridad de Género, desde chica se despojó de apellidos para que, en la política, con sólo mencionar su nombre se sepa bien de quién se habla.

Malena Galmarini: “El desafío que tenemos las que llegamos es abrirle las puertas a las demás”

Para muchos, se trata de la “esposa de Sergio Massa”. Para los más veteranos es, quizás, “la hija del Pato”, en referencia al ex Secretario de Deportes de Carlos Menem. Aun así, Malena Galmarini logró derribar puertas y hacerse de un lugar en la política. No sólo impulsó la Ley de Paridad de Paridad de Género en Ámbitos de Representación Política, que hoy está vigente. 

Fue Secretaria de Política Sanitaria y Desarrollo Humano de Tigre, concejal, diputada provincial y hoy, con 45 años, lidera una de las empresas más importantes del país, AySA. Madre de dos adolescentes, la hija de un matrimonio montonero que pasó sus primeros años de vida en la clandestinidad cuenta cómo fue su inducción en la militancia, cómo se las ingenió para “deconstruir” a su marido y cuáles son los desafíos para hacer de la empresa pública que lidera un lugar menos machista.

Malena Galmarini milita desde antes de nacer. A cuatro días de que su madre, la ex diputada nacional Marcela Durrieu, diera a luz a la primera de sus tres hijos, se subió a un camión con sus compañeros de militancia y fue desde Boulogne a Plaza de Mayo a conmemorar el Día del Trabajador de 1975.

La esposa del presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, no sólo lleva la militancia en la sangre por ser el fruto de un matrimonio montonero. Sino que su infancia y adolescencia quedaron marcadas por los asados; plenarios o acciones en algún barrio que sus padres emprendían junto a sus compañeros de militancia y a los que los hermanos Galmarini -Sebastián, ex legislador y actual director del Banco Provincia, y Martín, futbolista, capitán de Tigre- asistían. Incluso, más de una vez, les tocó “rajarse” cuando alguna fuerza de seguridad irrumpía en esos encuentros clandestinos.

Hasta los 8 años, vivió en la clandestinidad. “Vivíamos en una obra en construcción”, recuerda Malena. Su madre había sacado un crédito Evita para comprar un terreno en las afueras de San Isidro. Junto a su pareja, el histórico referente peronista, Fernando Galmarini, habían empezado a construir una casa. “Durante muchos años, vivimos en una obra. En un terreno que seguía siendo baldío”, retrata la hija desde el piso 20 del edificio ubicado en Tucumán al 700, donde queda su oficina de AySA.

En aquellos años, la vida de los Galmarini no fue fácil. El matrimonio no sólo estaba en la mira de los militares por “subversivos”. Haberse quedado en Plaza de Mayo, el día en que Perón echó a los “imberbes”, y firmar la solicitada titulada “Montoneros, leales a Perón”, que se publicó en La Razón el 15 de marzo de 1974, les valió el mote de “traidores”, entre sus compañeros de lucha que optaron por abandonar la plaza aquel día.

“Mis papás son de los que se quedaron para deponer la lucha, porque ya había vuelto Perón, que era el objetivo”, argumenta Galmarini. Pero, con la vuelta de la democracia, las cosas no cambiaron demasiado. “Mi mamá y mi papá seguían yendo a todos lados con nosotros a cococho. Eso fue una inducción a la militancia maravillosa”, subraya Galmarini.

“Más allá de mis compañeros del jardín, de la escuela y de los chicos del barrio, mis amigos eran los hijos de los compañeros y compañeras de mis viejos. Íbamos a la Unidad Básica de Leopoldo Marechal, en San Isidro, donde mi mamá y mi papá hacían análisis político, evaluaban la situación, se ponían de acuerdo en las cosas que había que hacer, cómo había que trabajar y militar. Mientras, nosotros correteábamos por ahí. Después, juntábamos dos sillas y una campera, y nos dormíamos ahí”, evoca.

A medida que fue creciendo, la hija de los Galmarini empezó a ser la encargada de preparar la chocolatada en Villa La Cava, en el barrio El Ombú o en el Bajo de San Isidro. Después, aprendió a hacer muñecas de trapo o se disfrazaba de payaso para jugar con los chicos. “Así, me fui metiendo en la militancia”, narra. Tras hacer ese repaso, dice que su debut en la política no tiene una fecha exacta. Y su afiliación al PJ, cuando cumplió la mayoría de edad, fue un “trámite más”.

“Yo, primero, sentí el peronismo y, después, lo reflexioné, lo viví”, argumenta. A los 18, además de afiliarse, Galmarini empezó a estudiar Medicina. Pero tres años más tarde, la visita a un hospital del Conurbano que se caía a pedazos le hizo replantearse esa decisión. En ese momento, conoció a Massa y empezaron a militar juntos y recorrer la provincia. Fue entonces que notó que el hospital derruido al que había ido a hacer las prácticas era la norma y no la excepción.

“Hay un paso previo a ir al hospital: generar políticas públicas que resuelvan problemas anteriores a la enfermedad”, se planteó. Después de estudiar tres años Medicina, colgó el guardapolvo blanco y se embarcó en Ciencia Política, carrera que sí terminó. Pero su paso por Medicina no fue en vano. Años más tarde, ocuparía el cargo de Secretaria de Salud durante 10 años. “Me sirvió para lo que hice después”, se consuela.

Intrínsecamente feminista

“Soy intrínsecamente feminista”, afirma Galmarini, y argumenta que no sólo cree en los derechos de las mujeres, sino que está convencida de que ningún país puede desarrollarse si sólo se desarrolla la mitad de su población. El feminismo es otro rasgo que Galmarini parecería llevar en la sangre.

Es que no sólo define a su madre, abuela y bisabuela como “mujeres fuertes y empoderadas”. Se remonta más atrás: “Una línea de la familia viene de Hungría y era parte de la nobleza cuando Sissi era emperatriz, que ya es todo un símbolo. Era una de las pocas reinas que peleaban por sus propios derechos y, con eso, por los de las mujeres”. Esta militancia quedó plasmada, por caso, en la Ley de Paridad de Género, que ella misma impulsó, para que la mitad de las bancas del Congreso sean ocupadas por mujeres.

“Si entra una mujer sola, termina adaptándose al medio machista. En cambio, si entramos muchas, es más probable que el medio machista tenga que adaptar sus reglas”, resume. Dicho esto, insiste en que, con una ley, no alcanza. “Si entramos muchas, tenemos que mirar quiénes entran, porque es condición necesaria, pero no suficiente. Las mujeres, también, somos nacidas y criadas en el patriarcado. Y, muchas veces, replicamos esas reglas, normas y estructuras culturales, porque las tenemos naturalizadas”, argumenta. De paso, aclara que a ella “no le alcanza” con la paridad de género en el Congreso.

“Yo quiero tener la mitad de las bancas, la mitad de las comisiones, la mitad de las autoridades de la Cámara. Lo mismo en el Gobierno Nacional”, subraya. Se encarga de señalar que, en la pirámide de cualquier institución -no sólo en la política-, las mujeres suelen ocupar la base, mientras que la cúspide es copada por los hombres. Malena le atribuye este desequilibrio a que, en cualquier ámbito, “los varones suben sólo con el maletín y nosotras con el maletín, la mochila de la escuela, el pibe colgado de la cabeza, dándole la teta… Bueno, claramente, suben mucho más rápido”. Es por ello que la esposa del exintendente de Tigre insiste en la importancia de otra ley que quedó a mitad de camino: la de Educación Sexual Integral. “Hay que romper con pautas culturales desde el día en que nacemos”.

De todas formas, no se conforma con un puñado de leyes: “Tiene que ser una política de Estado. Tiene que ser una decisión política que toma una sociedad y que avance gobierno a gobierno. Si no, no hay forma”. La paridad empieza por casa “Mi marido era mucho más machista cuando lo conocí. Por eso, lo reivindico mucho. Realmente, pudo deconstruirse. Le reconozco enormemente ese esfuerzo a Sergio”, dice sobre su pareja. Y repasa: “Él viene de una familia tradicional. Su hermana fue a escuela parroquial, a la que sólo iban mujeres, y él, a uno de varones”.

Además, su madre era ama de casa, y su padre, albañil. Pese a esto, Galmarini asegura que ambos lograron formar una “familia paritaria”. “¿Absolutamente paritaria? No, claro. Entre otras cosas, porque quien hace las tareas domésticas en mi casa es una señora, no un señor”, aclara. Estar casada con un excandidato a presidente y actual presidente de la Cámara de Diputados, entre otros cargos relevantes que ocupó el tigrense, hace que, para muchos, Malena Galmarini sea “la mujer de Massa”. Pero, a ella, esa etiqueta la trae sin cuidado: “Yo elegí casarme con Sergio” y asegura que le produce una “profunda admiración”.

Así, si bien no siente como un agravio que la traten de “la mujer de”, admite que “es una forma de cosificar a las mujeres”. Es por ello que sigue usando su apellido de soltera. Aunque, resignada, acota: “Galmarini es de mi papá. Ambos apellidos son la marca del patriarcado en una persona”. Por eso, cuando era chica y su padre ya era una figura relevante en el ámbito de la política, se encargaba de subrayarle a la gente que recién la conocía que su nombre era, simplemente, Malena y que su apellido importaba poco. “No quería que me conocieran por mi historia, sino por lo que yo podía construir para adelante”, resume.

Sortear el piso pegajoso Galmarini admite que, si pudo aceptar la presidencia de AySA, es porque sus dos hijos ya crecieron. “Son gente grande”, dice al referirse a Tomás, que ya bordea los 15 años, y Milagros, de 17. Es que la exdiputada provincial reconoce que, durante muchos años, ella también estuvo parada sobre “ese piso pegajoso” que le impedía trabajar lejos de casa o crecer profesionalmente, porque tenía dos hijos a los que cuidar. Y se ve reflejada en aquellas mujeres que les dijeron a sus maridos: “Vos andá y hacé lo que tengas que hacer, y yo me quedo con los chicos”.

Por eso, Galmarini admite que, muchas veces, son las propias mujeres las que se colocan ese techo de cristal. “Yo fui rompiendo ese techo de a poco. Y, ahora, mi hija, que es más feminista que yo, porque es la versión mejorada de la madre, de la abuela y de la bisabuela, colabora con mucha más intensidad para que su papá y su hermano también hagan las tareas domésticas”, cuenta.

Ahora bien, ¿cómo se las ingenia Galmarini en su actual función, para darle esta impronta feminista que logró en su casa a una empresa en la que apenas un 24% del personal son mujeres y ocupan cargos administrativos o son secretarias? Antes de responder, se ríe. Admite que no es una misión sencilla. El primer paso, enumera, es poner en evidencia aquello que tenga resabios machistas o, incluso, sea demodé. ¿Por ejemplo? Cuando alguien dice: “Este trabajo no lo puede hacer una mujer porque requiere fuerza”, ella les responde que, con la tecnología, mover una pala requiere apretar un botón.

Además, AySA está trabajando en una serie de capacitaciones para el personal, a fin de erradicar cualquier tipo de violencia. Más allá de que no haya casos dentro de la empresa, su titular está convencida de que los empleados de todos los niveles de la compañía transmiten el mensaje en sus casas, en el club, en la escuela; se lo traspasan a sus hijos o a sus padres. La cuarentena dictaminada por el Ejecutivo a raíz de la pandemia de Covid-19 fue otra oportunidad que tuvo AySA para impulsar políticas con perspectiva de género.

Puertas adentro, en la firma, hay muchos matrimonios. Y, por tratarse de un servicio esencial, debieron implementar guardias rotativas. A la hora de diseñarlas, tuvieron en cuenta que, en cada pareja, tanto el hombre como la mujer alternen sus días de licencia para que ambos queden al cuidado de sus hijos o familiares a cargo. “Una de las pequeñas oportunidades de esta crisis es que muchos varones se dieron cuenta de la ‘tortura’ que es estar todo el día con los chicos en la cabeza”, dice Malena.

Además de poner en el ojo en la cultura machista dentro de la compañía, la presidenta de AySA impulsa lo que llama políticas sustentables en el tiempo para empoderar a las mujeres. Por caso, están trabajando en un sistema que pondere a aquellas compañías proveedoras o contratistas que tengan políticas de diversidad.

Detrás de una gran mujer, hay... otra gran mujer

“Donde hay una mujer empoderada, una mujer que llega, que alcanzó un objetivo más lejano que el promedio, atrás, hay otra mujer”, sentencia Galmarini. “Ya sea una abuela, una tía, una prima, una amiga, la señora que te ayuda con los chicos, una hermana, tu mamá... Siempre, atrás de las mujeres, hay otra mujer empujando”, insiste. “Me imagino a las mujeres haciéndonos piecito para saltar la pared”, retrata.

Ahora bien, Galmarini plantea que no sólo debería haber una mujer haciéndole piecito a otra: el desafío es que, del otro lado del paredón, haya otra mujer ayudándola a saltar. “Este es el desafío que tenemos las mujeres que llegamos: abrirle la puerta a las demás. Hay un montón de mujeres que vienen empujando puertas. Cuando, finalmente, la abren y una pasa, esa tiene que poner el pie para que no puedan cerrarla y que el resto pueda pasar”, relata Galmarini. “No que, cuando pasemos, nos quedemos cómodas, nos adaptemos a ese nuevo mundo, y nos olvidemos de las que nos ayudaron a llegar”, remata.


Este artículo es parte de la edición especial Mujeres que Hacen de mayo 2020

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