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MARTES 26/03/2019

La política económica “paciencia ante la tormenta”: cándida…, pero nada original

La política económica “paciencia ante la tormenta”: cándida…, pero nada original

John K. Galbraith afirmaba que “para muchas personas, la diferencia entre Keynes y el comunismo no era muy grande. Sobre el cierre de la Teoría General, Keynes resumía su propuesta como una forma gradual de eliminar en forma pacífica el aspecto rentista del capitalista – la eutanasia del capitalista. “Fuera de esto”, agrega, “no se aboga francamente por un sistema de socialismo de estado… No es la propiedad de los medios de producción la que conviene al estado asumir”. De esta forma, admitía que las consecuencias de su teoría eran “moderadamente conservadoras”.

Keynes arribó a esa propuesta luego de confrontar, durante más de una década, contra la visión económica dominante. A ésta le objetaba, en especial, que dejaba el destino de la sociedad dependiendo de lo que llamaba la teoría del poder económico ciego – particularmente, para determinar el nivel de salarios y empleos. Ese método afirmaba establecía que éstos deberían “determinarse por la presión económica, también llamada ‘los duros hechos’ – es decir, lo que los economistas de mercado y funcionarios del gobierno Macri demasiado fácilmente afirman que es “la realidad”. Lo que caracteriza esa postura, afirmaba Keynes, es que no prestaba "atención a las consecuencias en el trayecto sobre grupos individuales".

Inspirándose en el pensador conservador británico del siglo XVIII, Edmund Burke, Keynes cuestionó la visión del estadista que, en nombre de una promesa de un mayor bienestar futuro, imponía grandes sacrificios en el presente. Frente a la visión económica ortodoxa, que sin base más que su frágil construcción abstracta, asume un resultado final de sus políticas como ‘verdad indiscutible’, Keynes afirmaba que "nunca podemos saber lo suficiente como para hacer que valga la pena correr el riesgo", agregando que, adicionalmente, no era “suficiente que el estado de las cosas que procuramos promover sea superior al estado de las cosas que la precede; deber ser suficientemente superior para compensar los males de la transición".

El gobierno Macri decidió transitar ese camino riesgoso. Pocas veces se encontrará un gobierno que tan abiertamente lo admita. Será, quizás, por honestidad intelectual, incapacidad de ensayar otro discurso, o parte de la estrategia mediática de sus asesores a los que tanta atención presta. Lo claro es que no pueden quedar dudas: como han dicho sus integrantes reiteradas veces, este es “el camino”, “el único camino”, y punto.

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El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, dejó claro que se vienen “los males de la transición”, que Keynes alertaba que había que evitar, afirmando que aún vendrían “varios meses de crisis económica” porque "la Argentina va a estar en recesión por un tiempo" – aunque “luego saldremos adelante". Así el gobierno Macri hace el mismo pedido a la sociedad que hacían quienes tenían el mismo discurso en época de Keynes – a quienes les objetaba demandar “sólo un pequeño sacrificio” porque así “el mundo será dorado”.

Tanto en época de Keynes, como ahora, ‘un sacrificio’ era económicamente necesario. Que la Argentina que recibió Macri precisaba ajustarse es indiscutible. Lo que no lo era es ‘éste único camino’ para ajustarse. Lo que Keynes le cuestiona a esta visión es que su método de ajuste es socialmente injusto. La teoría ortodoxa, con su obsesión en el combate a la inflación, implementa restricciones monetarias que no afectan de igual manera a todos. Por eso afirmó:

“El objeto de la restricción crediticia, en este caso, es retirarle a los empleadores los medios financieros para tomar trabajadores al nivel actual de precios y salarios. Esta política sólo puede obtener su fin intensificando el desempleo sin límite, hasta que los trabajadores estén preparados para aceptar la necesaria reducción de sus salarios monetarios bajo la presión de los duros hechos”

Adicionalmente, es una teoría errada que nunca podrá alcanzar su meta declarada. El gobierno Macri afirma que es necesaria esta política que – admite -, será recesiva para que exista “credibilidad”. Pero la economía argentina tiene suficiente “credibilidad” para que los privados – de adentro y de afuera – inviertan en la actividad más rentable que la economía ofrece: la especulación financiera a corto plazo. El problema no está en la “falta de credibilidad”: está en una política económica que procura no “desilusionar al rentista” – que es precisamente lo que cuestionaba Keynes.

Al pedirle “paciencia” a la población, hace que esa “paciencia” se vaya convirtiendo en su principal fundamento económico. Es ante esa postura que Keynes expresaría su famosa frase: «el largo plazo es una guía confusa para la coyuntura. En el largo plazo estamos todos muertos”. Dujovne dice no ser posible otorgarle un bono de fin de año a los jubilados, pese reconocer que cobran “una mínima muy baja”, porque la “sensibilidad” que tiene el Gobierno lleva a contemplar que creció la cantidad de desempleados y que más del 40% de los menores de 14 años viven por debajo de la pobreza. La pregunta ineludible cae por peso propio: ¿cuánta paciencia?...

Porque el caudal de paciencia que demanda ya es grande, pero se hace mayor con su política de “secar de pesos” la economía. Su esperanza es “hacer ese algo” (fortísima restricción monetaria) para que se genere “un algo” (lo que llama ‘ambiente de certidumbre’) para que otros levanten la economía (las inversiones privadas). Es decir, se ata sus propias manos para ser quién movilice la actividad económica.

Al mismo tiempo, hace difícil que lo hagan los privados:

1) porque en un mercado recesivo, ¿cuál sería el atractivo de invertir o producir?;

2) porque lo único que hace el gobierno es sostener la restricción monetaria que hace atractiva a la inversión financiera, no a la inversión productiva.

En definitiva, su esperanza es que del ajuste pueda ganarse competitividad para impulsar las exportaciones. Por eso es una ‘recesión devaluatoria’. Y, el trayecto, es tormentoso – pero no producto de una tormenta natural, externa e inevitable. Es esta tormenta como opción política. Y usar su imagen como justificativa de una elección de política económica ni siquiera es original:

“Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen es que cuando pasa el temporal el océano está otra vez tranquilo” (Keynes)

Dujovne si bien afirmó “no tenemos que caer en el error de poner fechas”, declaró que “este programa necesita al menos cuatro años más para consolidarse”. Habrá que tener paciencia y también fe en que no hay tormenta que dure 100 años.