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La perversión de la grieta: el Estado es uno solo y somos todos

Imagen de HERNÁN DE GOÑI

por  HERNÁN DE GOÑI

Subdirector Periodístico
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En la década pasada, la administración kirchnerista instaló la creencia de que los sectores sociales menor favorecidos tienen más derechos que el resto. Este postulado va más allá de establecer que los que menos tengan reciban la asistencia del Estado en forma prioritaria.

Lo que ampara es la idea de que los reclamos de este sector merecen otro tipo de tolerancia, sin importar si al admitirlo así se cometen arbitrariedades o pasan por alto leyes y derechos de otros ciudadanos. Dicho de otro modo, el fin justifica los medios siempre que el objetivo sea una buena causa.

Dentro de este armazón pueden entrar varios de los conflictos públicos de las últimas semanas. Desde la protesta de los empleados de Cresta Roja, pasando por las desvinculaciones de personal en el Estado o el recorte de beneficios que recibía Milagro Sala en Jujuy.

Un punto es que haya necesidades legítimas, y otro muy distinto es que se acepten prácticas extremas en su defensa. Cuando la política social elude la institucionalidad, se transforma lisa y llanamente en clientelismo.

A la sociedad le cuesta discutir y encuadrar lo que entendemos como buenas causas. Los mismos que creen que el Estado debe dar empleos sin mirar los costos o sin evaluar si son necesarios o no, se enojan cuando aquellos que los perdieron reclaman con un corte total de un camino o de un servicio público.

O critican los impuestos que recortan el salario, como Ganancias, y cuestionan el endeudamiento necesario para cubrir los ingresos que se dejarán de percibir por esa decisión.

En este debate, no hay dos países, hay uno solo. La verdadera perversión que traduce la grieta, es que quienes la protagonizan no terminan de entender que las manos que se enfrentan pertenecen al mismo cuerpo. El Estado es uno solo y somos todos.